Una luz para la paz

 

 

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El expresidente de Israel Shimon Peres falleció el 29 de septiembre a los 93 años de edad tras no poder superar la hemorragia cerebral que sufría. Israel perdió con él a un padre fundador y “una luz por la paz”, según la Agencia de noticias de Israel. Nacido el 2 de agosto de 1923 en la localidad de Visnieva, parte de Polonia en aquel momento y ahora integrada en Bielorrusia, con el nombre de Szymon Perski, emigrando con su familia a Tel Aviv con 11 años. Después de que su familia emigró a Palestina en 1934, se unió a un movimiento juvenil socialista y se inscribió en una escuela agrícola en Ben Shemen para rehacerse en el ideal sionista: como agricultor. Cuando era joven, cambió su nombre por el hebreo ‘Peres’ que significa buitre. Con 17 años, fue parte del grupo de fundadores del kibutz de Alumot, en el valle del Jordán.

Tras su primera experiencia como fundador del kibutz de Alumot, donde trabajó como pastor, ganadero y secretario de la organización, Peres entró con poco más de 20 años en la política israelí de la mano de David Ben Gurion, quien le designó como miembro del secretariado de su partido, el Mapai, y le envió como delegado juvenil al Congreso Sionista celebrado en Basilea (Suiza) en 1946. Su dilatada carrera en la administración pública comenzó cuando fue nombrado director general del Ministerio de Defensa en 1953 y concluyó tras haber ejercido de 2007 a 2014 como presidente de Israel, cargo al que llegó cuando estaba a punto de cumplir 84 años.

Peres trabajó como diputado de la Knesset, el Parlamento israelí, durante 48 años (1959-2007) y fue ministro en doce gobiernos distintos, además de ejercer en dos ocasiones como primer ministro (1984-1986 y 1995-1996). En sus más de 60 años dedicados a la política, Peres tuvo oportunidad de trabajar bajo las órdenes de David Ben Gurión, el primer ministro que proclamó oficialmente la independencia del estado de Israel; también para Golda Meir, Isaac Rabin y Ariel Sharon, entre otros.

Después de más de medio siglo de involucrarse en los acontecimientos más importantes de la historia de Israel, Peres se había convertido en el “venerado anciano de la política israelí”, como dijo Chuck Freilich, miembro del programa de seguridad internacional de Harvard y ex diputado nacional Consejero de seguridad de Israel: “Su influencia se siente en todas partes.”

Sin embargo, Peres dejó un complejo legado. En todas las etapas de su carrera política, Peres, nacido en Europa, tuvo que luchar contra la sensación de que no era demasiado sincero, demasiado político y oportunista. Nunca pasó por un sabra israelí y siempre parecía estar ligeramente alejado del país que dirigía.

Su hebreo estaba marcado por un fuerte acento polaco, y su estilo retórico algo barroco estaba en total discordancia con el estilo directo de los israelíes. Estos comentaron que incluso su pelo cuidadosamente peinado parecía de un europeo. Nunca fue un soldado de combate ni oficial del ejército israelí, aunque más tarde se convertiría en ministro de Defensa. El fallecido y antiguo rival Yitzhak Rabin, lo calificó como ‘intrigante empedernido’.

Peres fue una figura contradictoria para muchos. Aunque fue primer ministro tres veces, nunca fue elegido, lo que le causó una gran impopularidad entre los votantes. Se proyectó al exterior como una figura intelectual, aunque tuvo poca educación académica. Siempre hablaba de moderación y compromiso, pero era conocido por sus causticas disputas con otros políticos.

Como ministro de Asuntos Exteriores, el Sr. Peres compartió el Premio Nobel de la Paz en 1994 con Rabin y el líder de la Organización de Liberación de Palestina, Yasser Arafat, después de ayudar a crear un programa para negociar con los palestinos que luego se estancó. Conocido internacionalmente por promover la paz comenzó muy joven su carrera pública en la adquisición de armas. En la década de 1970, como ministro de Defensa, Peres alentó a los colonos judíos a reclamar tierras en la Cisjordania ocupada, la Franja de Gaza y las Alturas de Golán.

A comienzos de los años noventa, un número creciente de israelíes rechazaba la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza por ser moralmente errónea, alegando que violaba los principios de democracia e igualdad; que era demográficamente indeseable, y que era militarmente impracticable, porque comprometía a las tropas israelíes a enfrentar a civiles palestinos en lugar de la amenaza potencial de enemigos extranjeros. Y Peres se retractó, de acuerdo con los nuevos tiempos.

En junio de 2007, cuando el Knesset eligió a Peres presidente de Israel, ganó una popularidad sin precedentes, disfrutando del estatus de gran estadista. Trabajó como consultor de Netanyahu cuando este volvió a ser primer ministro en 2009 situación fue vista como fuerza moderadora contra las políticas de línea dura de Netanyahu: “Expresé siempre mi opinión, y ese era mi deber“, dijo Peres. En 2007 el presidente Obama otorgó a Peres la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor a civiles de los Estados Unidos, calificándole como “la esencia de Israel mismo: un espíritu indomable“.

Peres vivió una vida idéntica a la de su país, luchando por encontrar un equilibrio entre la seguridad y la paz. “El trabajo de mi vida aún no ha terminado. Los últimos capítulos de mi biografía aún se escriben en este momento. Ellos tratan del tema más cercano a mi corazón: la paz.“, escribió Peres en sus memorias.

En su discurso al recibir el Premio Nobel, declaró: “Las guerras que luchamos no las buscamos, nos fueron impuestas. Gracias a las Fuerzas Armadas de Israel, las ganamos todas, pero no hemos ganado aun la mayor victoria a la que aspiramos: liberarnos de la necesidad de obtener victorias “. El legado de Peres puede resumirse en esta frase: “El mensaje del pueblo judío a la humanidad es que la fe y la visión moral pueden triunfar sobre toda adversidad “.

El traidor a su pueblo

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Veo en la televisión las manifestaciones de inmensa alegría de los cubanos de Miami y tengo sentimientos contradictorios. Comparto esa alegría, estoy plenamente con ellos, con todos los cubanos del exilio. También estoy con los cubanos del exilio interior, que son muchos más de lo que piensan los políticos cubanos, pero siento una inmensa tristeza por el todo el tiempo perdido, y por las consecuencias devastadoras que ha tenido el castrismo.

Fidel Castro (1926-2016) ya es lo que siempre quiso ser, un sujeto para el juicio de la historia, un ser transcendente, un personaje que puso a su país en los periódicos de todo el mundo, un mito para algunos, un ser inventado por quienes quisieron ver en él un mesías, y un furibundo dictador para la gran mayoría. La Nueva Trova forjó con sus notas el canto épico rebelde, hasta que la Nueva Trova dejó de ser tan nueva y se empezó a vislumbrar algo más de rancio que de fresco en la revolución cubana. Al principio de los años 60, Castro discutía con los estudiantes universitarios sobre qué hacer con la revolución. Discutió con ellos hasta que se cansó de que le discutieran y entonces se acabó la diversidad ideológica que llevó a los críticos a los campos de trabajo, y a la isla al socialismo real, hasta quedarse en un pensamiento totalitario y dogmático.

Ya desde la adolescencia Castro mostró los rasgos autoritarios y egocéntricos que los especialistas describen como «narcisista». Fidel era narcisista pero, además, se sentía alguien especial capaz de intentar y realizar las mayores hazañas. Esa era su grandiosa autopercepción. Era un revolucionario radical, anticapitalista y anti-americano, con temperamento y de ademanes fascistas. Con ese carácter en medio de la Guerra Fría, sólo se podía desembocar en el modelo del comunismo soviético, porque solamente la URSS podía darle sentido a la banda desorganizada y caótica que había tomado el poder en Cuba, y protegerlos frente a Washington.

Tras el triunfo revolucionario Castro prometió al entonces Vicepresidente de los EEUU Richard Nixon, que su Gobierno no era comunista, pero tras el intento de invasión en Bahía de Cochinos declaró el carácter socialista de la revolución. Desde entonces, sus diatribas contra los presidentes y políticas estadounidenses, sus injerencias y sus contradicciones le granjearon un sinfín de simpatías. “Si se me considera un mito, es mérito de los Estados Unidos“, dijo Castro en 1988, con su habitual cinismo.

Yo conozco bien Cuba, desde Viñales a Santiago. He visitado la isla en multitud de ocasiones, y quiero mucho a Cuba y a los cubanos. Tuve amores y conservo grandes amistades, de las de toda la vida. Son gente emprendedora, brillante y entrañable cuyo ingenio, sabiduría y sentido del humor es algo muy grande que llevan dentro y como española supe reconocer. Tienen mucho ellos de español dentro. Al principio me llamó la atención la idea romántica de un lugar, un país donde el tiempo parecía haberse detenido. Eso unido al exotismo caribeño tenía un halo atractivo. Ese encanto duró hasta que empecé a conocer en profundidad la vida de los cubanos, la miseria, la falta de libertad, el miedo, la “angustia diaria por resolver”, como ellos dicen.

En la isla y en el exilio se dice que todo cubano tiene en su familia a un preso, un exiliado o una víctima mortal de la dictadura de Fidel Castro. Un balance de cientos de miles damnificados en un país de poco más de once millones de habitantes. Nadie que conozca con esta tragedia puede negar la magnitud y el horror de los últimos 57 años. Según el expreso político Juan Carlos González Leiva, secretario ejecutivo del Consejo de Relatores de Derechos Humanos, el balance de víctimas es «incalculable debido a los que han fallecido en el mar, pero puede superar los 50.000 muertos». Mientras que durante la dictadura de Fulgencio Batista había unas quince prisiones, ahora hay alrededor de doscientas, cincuenta de ellas de máxima seguridad. Nunca se conocerán las cifras exactas, pero la utopía tropical arroja un saldo de al menos 25.000 asesinados y dos millones de exiliados. Un balance estremecedor que anula cualquier justificación de la dictadura. Castro se ha retratado como un tirano, desprovisto de cualquier épica.

Castro convirtió la revolución cubana en una traición perpetrada a los cubanos a lo largo de 57 años. Entre la violencia, la delación y la mentira, hay estela maloliente de dolor, desencanto y frustración. Cuba es una isla deshecha, en donde se han apagado ya todas las hogueras de la leyenda. Lo que pudo ser Cuba a partir del 1 de enero de 1959 se frustró porque Fidel torció el rumbo de las ilusiones de un pueblo que había creído y confiado en él. Sacrificó la democracia. Silenció y encarceló a todos los que se opusieron a sus designios, a pesar de que había prometido. Casi 60 años después, Cuba es hoy día el paradigma de la opresión. Una isla ruinosa desprovista de libertad y alimentos, administrada por una oligarquía que lleva camino de convertirse en dinástica, al estilo de Corea del Norte. Una dictadura con mayúsculas que ha logrado la destrucción colectiva de cualquier esperanza. Cuba es la memoria de una deslealtad hacia los sueños de un pueblo que creyó en el mito barbudo surgido de la Sierra Maestra. El mismo mito que no quería salir de la isla desde el 2000, por temor a que le pasara lo mismo que a Pinochet.

Es difícil aventurar cuál será el futuro de la isla. El régimen parece apostar por un régimen capitalista al estilo chino. Capitalismo sin libertad. El futuro de Cuba tendrá que pasar por buscar la reconciliación de todos los cubanos, de la isla y del exilio, los del partido comunista y los que lo sufrieron. Cuba tiene por delante la difícil responsabilidad de redimirse a sí misma y mirar hacia adelante. Para ello tiene antes que apostar con ambición por la sociedad abierta y democrática que nunca pudo ser por culpa de una traición que ahora, por fin acabará, gracias a la voluntad inquebrantable de un pueblo maravilloso que sabrá estar a la altura del gran reto histórico.

Fidel ha muerto. ¿Acaso hay alguien con un mínimo de decencia política que pueda llorarlo? El daño y la decepción colectiva que ha provocado son irreparables y constituyen su legado más personal. No, definitivamente la Historia no le absolverá.

 

Elección presidencial en EEUU: Cambio del paradigma político?

 

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Se acabó el espectáculo electoral: intrigas, presuntas conspiraciones, sexo, violencia verbal, algo definitivamente para olvidar. El mundo está en shock por el resultado, la victoria de Trump, aunque quizás los norteamericanos no lo estén tanto. En la carrera hacia la Casa Blanca, por encima de la pirotecnia electoral, existen factores objetivos que suelen señalar al ganador. En este caso, nos hemos equivocado muchos analistas al considerar que determinados factores como el dinero, experiencia electoral y política, apoyo de los medios y de las minorías étnicas, apuntaban inequívocamente a Hillary como vencedora.

Un factor importante en la victoria de éste es su hábil instrumentalización del populismo. A ambos lados del Atlántico han surgido como plantas exóticas los populismos de izquierda y derecha. Ambos se parecen mucho y Trump ha sido su héroe, sabiendo explotar las angustias subterráneas de los norteamericanos sobre inmigración, terrorismo, economía, etcétera. En especial, las angustias de las clases medias y populares blancas. A su vez, ha sabido encauzar los sentimientos contrarios a la dictadura de lo políticamente correcto, que suele considerar intolerantes o fundamentalistas a los que no se pliegan a sus planteamientos jurídicos, políticos o morales.

Trump ha hecho lo único que podía hacer: convocar a la mayoría silenciosa frente al corrupto establishment. Era él solo frente a todos. El mensaje de Trump ha calado porque han visto en él a alguien que habla su idioma, sin importarles si lo aderezaba de exageraciones, mentiras, misoginia, racismo y xenofobia… quizás porque lo comparten o no les molesta como debería. Sus principios básicos son el derecho de cada uno a hacer lo que le dé la gana, su reivindicación de la masculinidad, y su rechazo a la inmigración. Para sus enemigos, tanto a la izquierda como entre el conservadurismo más clásico, sus únicos fundamentos son la defensa del derecho inalienable de cada uno de hacer lo que le dé la gana. Es la nueva ‘derecha alternativa’ quienes encontraron en el nuevo presidente electo a su candidato de ensueño. Y éste vio en ellos a un grupo movilizado y con una enorme maestría de las redes sociales. Otro componente de esta corriente es el rechazo frontal de la ‘corrección política’. La frase que Trump repite “no podemos seguir permitiéndonos ser políticamente correctos” suena como celestial para la ‘derecha alternativa’. Eso incluye el cierre de fronteras, el final de la discriminación positiva, y algo muy marcado en este grupo: la defensa de la masculinidad.

Trump reivindica los buenos viejos tiempos, el orden wasp. El 70% de los estadounidenses cree que el país va en la dirección equivocada. Trump y sus estrategas han tenido la visión estratégica de preocuparse y centrarse en esas clases medias vulnerables por los efectos de la globalización y de la apertura comercial. La parte más brillante de su victoria es precisamente esta: que ha ganado diciendo lo que piensa, sin seguir los dictados de la corrección política: ignorado a las feministas, ha cuestionado la creencia medioambientalista, y ha ridiculizado el multiculturalismo con elocuentes e inequívocos discursos, tal vez estridentes, pero auténticos. Y no ha temido presentarse al margen de la maquinaria de su partido o casi “contra” su partido, con una candidatura muy personal. A través de Trump, América parece haberse reconciliado con el individualismo. Y quieren que Trump lleve a cabo los cambios que ha prometido. Ya veremos si es posible.

Todos estos anhelos han sido canalizados políticamente por Donald Trump y otros líderes populistas conservadores, como Nigel Farage,  líder del UKIP en funciones y el líder del ‘Brexit’, quien ha apoyado a Trump públicamente y demostró su gran alegría por su triunfo. También Marine Le Pen en Francia o Geert Wilders en los Países Bajos, líderes políticos encabezando las encuestas en sus respectivos países y que comparten muchos de los principios políticos que han llevado a Trump a ser presidente electo: hastío de lo políticamente correcto, hartos de los políticos a quienes no comprenden y de la burocracia tradicional; más preocupados por las minorías (Afroamericanos, LGTB, latinos, musulmanes,..) que por la mayoría de los ciudadanos, aunque estén desprotegidos; hartos de la inmigración masiva que no se integra, les genera inseguridad y que les está borrando su identidad; hartos de que se deslocalice su industria y se queden sin trabajo. También está Putin, quien finalmente ha reconocido los contactos con Trump y su equipo, muy contento y satisfecho. Pero esa es otra historia.

Trump ha tenido enfrente a sí una candidata con pocas raíces en el corazón de los electores. Si el rubio millonario teñido era un candidato algo grosero y muy agresivo, Hillary Clinton es una mujer fría y distante, controvertida, cuya carrera política había estado flanqueada por el dinero y el sexo. Hillary no logró movilizar a las minorías étnicas agraviadas por el presidente electo, como los hispanos. Tampoco concitó el interés masivo de las mujeres, a pesar de ser mujer y su contrincante, un misógino declarado. Y por el otro lado, Trump se llevó de calle a la mayoría wasp de todas las clases sociales, y a la Norteamérica rural que han marcado la diferencia. Trump ha arrasado a Clinton entre los blancos del interior de Estados Unidos, y los miembros de la comunidad cristiana que más se identifica con el Partido Republicano.

Parece que el paradigma político está cambiando en el mundo. Eso quiere decir que, si el Brexit fue el primer referéndum sobre la libre circulación de personas, capitales y mercancías, las elecciones de EEUU han sido el segundo plebiscito sobre la globalización y la inmigración. Los políticos tradicionales deberían tomar nota de las causas verdaderas y profundas de estos cambios sino quieren ser borrados del espectro político y dejar de preocuparse de los asuntos menos importantes y empezar a ocuparse de la gente y de sus problemas. Y solucionarlos, porque para eso están, no para ser políticamente correctos, y desde luego, no para crear más problemas.

Respecto a Trump y tal vez para tranquilizarme a mí misma, tiendo a pensar que los enrabiados y agresivos de ayer serán son los moderados de hoy y de mañana, en cuanto reciben el poder.

 

El nuevo paradigma político

 

 

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Buena parte de las grandes citas con las urnas en distintos rincones del planeta se han saldado con la victoria de las opciones más inesperadas, con un bofetón a los poderes establecidos, a los gobernantes acomodados en los despachos desde los que rigen los destinos de millones de personas, al status quo. Los analistas políticos están alarmados, si bien no todos, aunque la mayor parte de los análisis del fenómeno electoral sean incompletos.

Los expertos suelen destacar diferentes causas: la aparición de personas fuertemente carismáticas que irrumpen en política, que construyen su liderazgo sobre asuntos culturalmente importantes en cada país y que aprovechan las crisis económicas para lanzar propuestas utópicas; los votantes que se dejan seducir por esas promesas; y los defectos del sistema que llaman ‘neo-liberal’, y que, a su juicio, se ha mostrado incapaz, por ser corrupto y plagado de desigualdades. El líder no tiene un programa político propiamente dicho, sino que promete romper con las prácticas del pasado, terminar con la corrupción y otorgar su poder al pueblo. También abunda el discurso sensacionalista, las opiniones muy ruidosas y estrepitosas, que se producen en su mayoría a través de las redes sociales.

Días antes de las elecciones en EE.UU., Ileana García, mujer e hispana, presidenta de la organización ‘Latinas for Trump’ explicaba por qué prefería al magnate neoyorquino: No se sentía ofendida por Trump y, lo apoyaba porque se trataba de “una guerra en contra del establishment de los dos partidos, el demócrata y el republicano, que no han hecho absolutamente nada por este país”. Ese desafío a las élites podría servir para interpretar la rebeldía expresada en otras recientes votaciones con resultado sorpresa. Hay que señalar de nuevo el gran fracaso de las encuestas.

La gente está satisfecha con la democracia, pero descontenta con sus líderes políticos, con el funcionamiento de las instituciones. Se percibe que los grupos en el poder, los partidos, no están a la altura, pareciera que las élites han secuestrado la democracia y que para los políticos su fin es el poder, y el programa fuera secundario. Se une a ello la corrupción, así como la figura del político profesional, el que hace carrera en el partido, que nunca ha trabajado fuera de ese entorno, de modo que su único horizonte es la lucha partidista y la intriga, como ya dijo Montesquieu, “Cuando un gobierno dura mucho tiempo se descompone poco a poco y sin notarlo”.

Parece que el mundo está cambiando y que lo sucedido en Reino Unido con el Brexit, en Estados Unidos con la victoria de Trump, la victoria de Tsipras en Grecia, el ascenso de Marine Le Pen en Francia, Wilders en Holanda y de los partidos populistas en Italia y España, tienen puntos en común y que ya no se deben ver como hechos aislados. En la mayoría de los casos coincide un rechazo hacia la clase dirigente combinado con un aumento de la desigualdad tras la última crisis económica, que ha provocado que ciertas capas de la sociedad hayan perdido poder adquisitivo y se rebelan contra ello.

En Francia, el Frente Nacional (FN, extrema derecha) de Marine Le Pen defiende el cierre de fronteras, la ruptura con Europa, el ultra nacionalismo económico, la xenofobia y la expulsión de inmigrantes desde hace treinta años. Marine Le Pen consiguió una sólida implantación entre los trabajadores que en otro tiempo votaban al Partido Comunista. El 30% de los obreros franceses votan extrema derecha desde hace dos décadas. Según el catedrático de Harvard Michael Ignatieff, “El miedo y la fobia europea a la inmigración son una vergüenza propiciada por una Europa mediocre, pequeña y provinciana sin cabida en la economía global”.

En los EEUU ha habido un claro cambio de voto de la clase media-baja de los estados industriales de los EEUU, tradicionalmente demócratas y muy decisivos, y que ha sido una de las principales causas del triunfo de Trump, cuyas promesas proteccionistas y nacionalistas han calado en los más castigados por la desindustrialización. Un mensaje de culpa al extranjero, (China y Japón) que combinó con el anuncio de medidas duras contra la inmigración. Con enorme intuición, hizo del muro en la frontera con México un ariete electoral que incluso conectó con parte de los inmigrantes.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las pensiones públicas, salud gratuita y educación subvencionada se generalizaron. Era de esperar que, al cabo de los años, entraran en profunda crisis. Cuando la gente cree que todos esos servicios sociales son gratis, la demanda se revela infinita. Para cubrir los gastos de un Estado del bienestar inevitablemente deficitario, los gobiernos caen en dos malas prácticas. La primera es cuadrar los beneficios sociales con una deuda pública que no hace sino crecer. En consecuencia, serán necesarias masivas subidas de impuestos, que reducirán el crecimiento, o grandes recortes de servicios sociales, que provocarán la ira del ciudadano. Es un mito que el neoliberalismo haya sido el causante de la crisis de 2007/8. El capitalismo siempre ha mostrado ciclos de expansión y contracción. Las políticas equivocadas los agigantan.

Los partidos tradicionales del siglo XX y sus correlatos ideológicos, socialdemocracia, democracia-cristiana, liberalismo, identificados despectivamente como establishment, continúan dentro de unas coordenadas culturales e ideológicas de un mundo que ha desaparecido o está en una fase acelerada de desaparición. La gente está aburrida de lo ‘políticamente correcto’, de la mayor protección a las minorías frente a las mayorías. De perder su identidad, de la desaparición de ‘lo conocido’, frente al riesgo de lo desconocido. El populismo promete certidumbre, aunque sea engañosa y los ciudadanos, aunque en el fondo no se crean esas promesas, de momento castigan al establishment.

La victoria de Donald Trump, el Brexit, la subida de los populismos en Europa, … da la impresión que el mundo va contra corriente. Sin embargo, dijo Francis Bacon, “En materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para mejorar.” La izquierda y la derecha ya no son una categorización adecuada de las diferencias políticas: significaba estabilidad y diferencia política desde la revolución industrial, donde tenía todo el sentido. En la era post-industrial, ya no lo tiene. No es casualidad que los movimientos políticos que desafían esta categorización estén ganando. Se ha iniciado un cambio de paradigma.

El punto de vista de un europeo

 

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Si hay una buena noticia esta semana que entra es el fin de la campaña presidencial en los Estados Unidos. Los insultos, escándalos, teorías conspirativas, enfrentamientos personales, partidismo periodístico, no son ajenos nunca al proceso electoral más largo, sonoro y espectacular del mundo, pero en esta ocasión se ha elevado a la enésima potencia en la campaña más atípica, desagradable y pobre en argumentos que se recuerda en los EEUU.

Concluye una campaña marcada por los candidatos más rechazados de la historia reciente, entre un ‘outsider’ de la política (diríamos de fuera de la ‘casta’) con demasiadas acusaciones de acosos y abuso sexual, y la prepotencia de la candidata demócrata, con el clímax del uso de su servidor privado. También ha tenido elementos de la guerra fría con pirateos informáticos insospechados que han traído de cabeza a los servicios secretos; con el goteo de correos de WikiLeaks que busca la derrota de Clinton, y, por último, con la llamada de Trump a Putin para hackear a Hillary Clinton.

En Europa nos asombramos todavía de muchas circunstancias de esta elección. Personalmente y en mi papel de analista politica, por defender a la mujer en un artículo, ante los supuestos ataques de Trump, se me calificó de ser de extrema izquierda, algo muy alejado de mi naturaleza. Existe una auténtica confusión en Europa ante lo que representan cada uno de los dos grandes partidos: El partido republicano o GOP, (Great Old Party), no es más conservador que el Partido Demócrata, es sólo más individualista. Su filosofía principal es evitar el pago de impuestos para que no haya ‘más estado’, hasta tal punto que no está mal visto que un señor multimillonario haga pública su descarada renuncia a pagar impuestos durante muchos años, algo extremadamente grave, y no tenga ninguna importancia para sus votantes.

El hecho de que haya “menos estado” implica que este no tendría el monopolio de la violencia a través del ejército y fuerzas de seguridad, sino que los ciudadanos se pueden tomar la justicia por su mano. Aquí topamos con otro de los Tótems del GOP, la Segunda Enmienda, sobre el derecho de los ciudadanos a la posesión de armas, el derecho de portar armas y milicias estatales, para facilitar a los ciudadanos el derecho natural de defensa propia y del estado. Algunos de estos propósitos fueron explícitamente mencionados en algunas constituciones antiguas de los primeros estados; por ejemplo, la Constitución de Pennsylvania de 1776, afirmó que, “la gente tiene derecho a portar armas por la defensa de ellos mismos y el estado”.

Esto tenía su explicación en la época en la que fue creado y ratificado, 1776, tiempo de la expansión de los pioneros hacia el oeste. Hoy no la tiene en absoluto, ni explicación ni sentido. El acceso a las armas de cualquiera convierte a los EEUU en una especie de Wild wild west, totalmente anacrónico y que sólo da lugar a matanzas de adolescentes y atrocidades, como podemos ver cada cierto tiempo en las noticias.

En “menos estado” también explica la obsolescencia de la obra pública en los EEUU, con unas infraestructuras viejas e indignas de ese país, sin una red adecuada de transporte público local ni interestatal. Por último, el individualismo del GOP apela a que aquellos que son pobres, que no tienen seguro de salud, ni otros servicios sociales dignos, es quizás porque se lo merezcan, porque no han luchado en la vida como se debería, o porque no tienen lo que hay que tener para triunfar, como apunta Max Weber en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, donde se fortalece el concepto del individualismo desilusionado y deshumanizado. Curiosamente son los defensores de esta particularidad, aquellas personas que se tienen por mas religiosas en sus comunidades.

En los EEUU se identifica al Partido Demócrata como “liberal” y hasta con el marxismo. Algo que, si no fuera demasiado serio, provocaría hilaridad. El partido demócrata es ideológicamente similar a todos los partidos europeos de corte conservador, o liberal conservadores. Nada que ver con la izquierda y ciertamente muy alejada de la misma, y desde luego en el otro extremo del marxismo.

Si es cierto que apoyan la existencia de un cierto estado del bienestar para aquellos menos afortunados, como sanidad y educación universal, inversiones en infraestructuras estatales. Para lo que se necesitan los impuestos, y que paguen más aquellos que más tienen, lo que me parece razonable y ético. Y desde luego abolir la segunda enmienda, o al menos restringirla al máximo, de forma que sea muy complicada y restringida la adquisición de armas, acabando con la venta libre a cualquier persona. Así habría realmente más seguridad en los EEUU.

El partido demócrata cree en la igualdad de oportunidades e igualdad social. Los liberales creen que el gobierno es necesario para proteger a los individuos de ser dañados por otros; Pero también reconocen que el propio gobierno puede representar una amenaza para la libertad. Y de acuerdo con el nuevo liberalismo, la principal tarea de un gobierno debería ser el remover obstáculos que impidan a los individuos vivir libremente o realizar plenamente su potencial. Tales obstáculos incluyen la pobreza, la enfermedad, la discriminación y la ignorancia. Eso no es comunismo, ni siquiera es izquierda política.

La confusión ideológica entre los votantes americanos, el intento de destrucción del adversario, rival o incluso enemigo, también del que piensa diferente, del que se atreva a opinar siendo extranjero, ha constituido un exceso en esta campaña presidencial, algo para olvidar en ambas partes. El cuestionamiento de la limpieza de las elecciones va a dejar una gran herida en la democracia en América. También en la prensa norteamericana se habrá dejado muchos pelos en la gatera, haciendo campaña por uno u otro candidato a base de revelaciones en momentos clave.

Lo siento por aquellos votantes desesperados en un momento en el que más americanos que nunca están conmocionados y desconcertados con sus dos opciones. También por las implicaciones que dicha elección tenga en un futuro en el resto del mundo, ya que hoy por hoy los EEUU siguen siendo el Hegemón. ¡Para que luego nos sea dicho que no tenemos derecho a opinar a los que no somos norteamericanos!

Del comunismo al populismo y la tolerancia de los intelectuales

 

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En los últimos años en un número de países que sigue aumentando, han surgido líderes populistas y partidos políticos que han ido ganando influencia en la sociedad. Algunos académicos han analizado el auge de este tipo de movimientos en cada país. Hay muy pocos estudios académicos que hayan analizado la evolución desde el  comunismo a estos partidos populistas, tanto de uno u otro sentido del espectro ideológico.

Su pilar común se sustenta sobre una ideología de significante vacío en el que almacenar temas de izquierda o derecha a conveniencia del líder o del partido. Pero más importancia que al cuerpo doctrinario, incluso que el líder carismático, tiene la comunicación. Se define el populismo como “un marco de comunicación que apela a y se identifica con la gente a la que dice representar. Alude a mensajes simples, en un código binario ‘buenos y malos’, y que se han reproducido en los medios de comunicación de audiencias rápidas, especialmente en “tabloide televisiones” o periódicos digitales. Pero analizando seriamente su ideología y trayectoria, a quienes más se parecen es a los partidos comunistas.

Su absurdo discurso de barra de bar o de mitin universitario, rememora uno de los puntos más vergonzosos del pensamiento del siglo XX: la tolerancia de los intelectuales occidentales ante el comunismo, culpables últimos de esta gran quiebra moral con sus ensoñaciones sobre el bienestar social.

Hace ya algunos años vi por televisión una entrevista que fue grabada mientras Franco aún vivía, a Aleksandr Soltzhenitsyn el autor ruso que escribió ‘Archipiélago Gulag’ donde relataba su experiencia personal en estas ‘instituciones de reeducación soviéticas’. El escritor ruso y Premio Nobel de Literatura dijo, «Vosotros habéis escapado a esa experiencia, no sabéis qué es el comunismo, tal vez para siempre o tal vez por ahora. Vuestros círculos progresistas llaman dictadura al régimen político existente en vuestro país. Llevo diez días viajando por España. Viajo desconocido por todos, observo la vida, miro con mis ojos. Me asombro: ¿Sabéis acaso qué es una dictadura, a qué se aplica tal palabra? ¿Comprendéis qué es una dictadura?». Y empezó a dar ejemplos y comparar: los españoles no están atados a su lugar de residencia, los españoles pueden salir libremente al extranjero, en los quioscos hay periódicos extranjeros, funcionan las fotocopiadoras…

El escritor español Juan Benet escribió como reacción a esa entrevista: «Yo creo firmemente que mientras exista gente como Aleksandr Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración. Tal vez deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como Aleksandr Solzhenitsyn, en tanto no adquieran un poco de educación, no puedan salir a la calle». Y así pensaban muchos intelectuales en una época no tan lejana.

El admirado poeta chileno Pablo Neruda, premio Nobel de literatura en 1971, fue amante del más terrible totalitarismo del siglo XX. Supongo que los responsables del Premio Nobel de Literatura, los mismos que negaron el premio a Borges por recoger un galardón en el Chile de Pinochet, debieron valorar que calificar a la Unión Soviética como Madre de los libres, que considerar a Occidente como un basurero y que hacer un llamamiento al asesinato de todos aquellos que denunciaran el bolchevismo, significaban méritos a la hora de su elección. Supongo que entre los pueblos bendecidos con la paz estaliniana que se refería Neruda se incluían Corea, Lituania, Letonia, Estonia, Rumania, Grecia, Bulgaria, Polonia o Finlandia.

Al igual que a Neruda, no puedo dejar de mencionar a Jean-Paul Sartre, Günther Grass, José Saramago, Simone de Beauvoir, Darío Fo o Rafael Alberti. Muchos de ellos tuvieron un rol de agentes de propaganda de Stalin como Ernest Hemingway, Lillian Hellman, André Malraux, Maxim Gorki, and André Gide entre otros grandes escritores e intelectuales.

Stalin, con su paso tranquilo, entró en la Historia acompañado de Lenin y del viento. (…) Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos”. Oda a Stalin, de Pablo Neruda. 

Por hacer una comparación se me ocurre mencionar a Vasili Grossman. Grossman no pudo escribir una autobiografía con el pomposo título “Confieso que he vivido” porque, al contrario que el otro, su vida fue un dolor: de campo de batalla en campo de batalla, de campo de exterminio a campo de exterminio, con su madre desaparecida en una matanza de los nazis en Ucrania y mal pagado cuando le pagaban.

Pero Grossman tenía conciencia y sus dos últimas novelas: “Vida y destino” y sobre todo “Todo Fluye” son una confesión escrita en tercera persona de su propia ceguera al no haber reconocido el mal. Vasili Grossman en “Todo Fluye” nos da una lección de conciencia cuando compara los crímenes cometidos contra los kulaks con los de los nazis, a pesar de que era judío y fueron los nazis quienes mataron a su querida madre. Su memoria me suscita compasión y dolor y admito que ha sido un guía para no cerrar los ojos a la verdad.

La victoria del estalinismo infligió un sufrimiento y una represión continuos en Europa central y del este durante los 40 años siguientes, además de la URSS. Al estallido de la revolución, en 1917 Lenin necesitaba una élite que ayudara a crear un nuevo estado y durante los primeros años del siglo XX, los intelectuales entusiasmados, pusieron en marcha una potente maquinaria de propaganda. El Estado soviético utilizó su ingenio hasta que Stalin ordenó silenciar cualquier veleidad creativa. A partir de ahí, se segó la vida de personas bajo la cruel sentencia de palabras claves como, enemigos del pueblo, espías, agentes de los servicios de inteligencia extranjeros.

Los intelectuales que apoyaron a Stalin emprendieron sin saberlo el camino hacia su desaparición, como Boris Pliniak, Boris Pasternak, Isaak Babel o Mijaíl Bulgakov, entre otros. A finales de los años treinta, las purgas de Stalin, los procesos que tuvieron lugar en Moscú entre 1936 y 1938, dejaron cinco millones de presos, siete millones de detenidos y 23 millones de muertos. Solamente en las hambrunas de Ucrania (1936-1938) murieron más ucranianos que judíos en los campos nazis. La lista de las víctimas del terror de Stalin es demasiado larga.

 ¿Recuerda alguien dónde están los poetas o los intelectuales que escribieron algo similar de Hitler o Mussolini? ¿Recibiendo homenajes y recuerdos o en el estercolero de los olvidados? Esta hipocresía cultural, o esta estúpida nostalgia de izquierdas mal entendida, mueve a risa, pero también a llanto. ¡Como es posible que se haya prohibido el partido Nazi en Alemania y no se hayan prohibido los partidos comunistas en demasiados países!? Esta pregunta debería avergonzar al mundo.