Y la siguiente es Francia

Marine Le Pen tiene dos semanas para intentar su milagro. Los sondeos le auguran una derrota el 7 de mayo contra Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Diferentes sondeos señalan una clara victoria de su rival, en torno al 62% contra un 38%. Macron parece destinado a ser el próximo presidente de Francia sin siquiera haberse definido políticamente. No tiene ningún partido político y nunca ha ocupado cargos electivos, pero es uno de los dos candidatos a la presidencia francesa. Hay algo magníficamente personal, además, en el caso de Macron. Nada importante de lo que de él se sabe parece alineado estrictamente en la simetría de la vida. Ambos candidatos están fuera del tradicional paradigma político francés por primera vez desde la segunda guerra mundial. No pertenecen a los partidos tradicionales que han formado gobierno desde entonces, ni son republicanos ni socialdemócratas. El repliegue socialdemócrata es otro asunto preocupante que habrá que analizar en otro momento. No sólo en Francia, sino en toda Europa.

Marine Le Pen es una mujer con muchas aristas: para vislumbrarla hay que referirse a unas declaraciones que realizó antes de las elecciones, a 12 días antes de la primera vuelta, sobre la redada del Velódrome, conocida en todos los manuales de historia como ‘La rafle du Vél d’Hiv’ y que han sido muy mal encajadas por parte de la opinión pública francesa pero sobre todo fuera de Francia: ha negado la responsabilidad de Francia, de sus gobernantes, de su policía, de su diplomacia y servicios de seguridad en la más famosa de las redadas de judíos para ser deportados en la Segunda Guerra Mundial, desenterrando siniestros fantasmas nacionales. Para entender estas declaraciones hay que ubicarlas en un contexto muy francés, el de la dificultad con la que ese país ha gestionado la idealización de la Resistencia francesa, la omisión del colaboracionismo y, en definitiva, todos los acontecimientos derivados de la ocupación nazi que, a partir de Vichy y del llamamiento de De Gaulle del 18 de junio, partió Francia en dos mitades que se disputaban la legitimidad oficialista. La realidad fue que la mayoría de la población fue indiferente o colaboracionista con el régimen de Vichy. Son historias ya antiguas, cierto. De hecho, la reflexión de Le Pen, aunque deshonesta, es típicamente gaullista, característica del gaullismo fundacional, cuando el general, obligado por la tarea de construir una república nueva sobre los escombros, los resentimientos y las derrotas de la anterior, exageró la narrativa del buen francés resistente y atribuyó a su pueblo una pureza moral necesaria para potenciar el orgullo de pertenencia. La reflexión de Le Pen es un anacronismo sin fundamento histórico en la que se inventa una Francia hipotética que no existió, la que ella querría recrear si gana las elecciones.

Por otro lado, está su reciente visita al Kremlin: cuando el presidente ruso Vladimir Putin se sentó a la mesa con la candidata ultraderechista francesa, y se le rompió el traje de adalid antifascista eslavo. Lo que la Segunda Guerra Mundial separó, lo empieza a unir los ataques yihadistas, así como el anhelo de Putin y Le Pen de ver una Europa dividida. Le Pen se ha convertido de manera oficiosa en la candidata favorita del Kremlin. Su partido recibió un préstamo de nueve millones de dólares del First Czech-Russian Bank, con sede en Moscú, cuando todas las entidades europeas le daban la espalda. El Frente Nacional (FN) se opuso siempre a las sanciones contra Rusia por su injerencia en Ucrania. Moscú lamenta los males que afectan a la UE, pero los efectos secundarios del ‘medicamento’ del FN son los que mejor vienen. Le Pen es escéptica sobre la OTAN y ha prometido un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE. Lo mismo que todos los populistas proponen, nada nuevo. Un ‘Frexit‘ dejaría desarbolado el poder político de la UE. Tal vez por eso el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, definió a Le Pen como “realista, o antiglobalista si lo prefieren“, un piropo que hizo extensible a Donald Trump, y a todos los miembros de dicho club. Anti-UE, anti-Euro, anti-OTAN, contra las élites, contra el mundo de las finanzas, por las nacionalizaciones, contra los acuerdos de liberalización del comercio internacional…Si es escogen párrafos de los programas de las formaciones populistas, muchos votantes no sabrían diferenciarlos ni a qué país se están refiriendo.

Marine Le Pen tiene quince días para intentar captar a los cabreados franceses. Ya tiene su eslogan para la segunda vuelta: “Yo soy la candidata del pueblo“. Nada original y típicamente populista. Sabe que debe ir a por todas e intensificar los ataques que ya viene lanzando contra Macron desde hace meses: ‘la candidata del pueblo’ contra el favorito de las finanzas, de los bancos, del CAC 40, de la prensa, del ‘establishment’… La jefa del Frente Nacional FN no puede rendirse sin intentar todavía un nuevo ‘efecto Trump’. El FN ha obtenido más de siete millones de votos en la primera vuelta. Es el partido que posee la base de votantes fieles más sólida. La volatilidad no es una enfermedad que afecte a Le Pen.

 Para Marine, como le gusta que le llamen, el enfrentamiento con Macron opondrá al menos argumentos bien diferenciados: nación contra Unión Europea; protección contra liberalismo; patriotismo contra internacionalismo; identidad contra diversidad; el pueblo contra las élites. Al igual que Donald Trump, la líder del Frente Nacional (FN) ha encontrado el cauce perfecto para llegar al gran público, para transmitir sus mensajes y consignas políticas y, al mismo tiempo, esquivar las críticas y ataques que lanzan contra ella numerosos periódicos y cadenas de televisión. Su arma secreta son las redes sociales. Los medios tradicionales, también en la muy cívica y culta Francia, se enfrentan a un desprestigio cada vez mayor.

La derecha y la izquierda tradicionales, viejas y sarnosas, de Fillón y Jean-Luc Mélenchon, se han quedado esta vez fuera.  Se han quedado compartiendo la representación de una ciudadanía melancólica que reniega del riesgo, la duda y las fricciones de una sociedad abierta. Le Pen piensa que ella es otra cosa. Voto desencantado, voto cabreado, es a lo que el FN puede aspirar. Marine Le Pen puede haber agotado el voto de adhesión en la primera vuelta. Ni el ‘efecto Trump’ ni la ayuda moral de Putin parecen suficientes para vencer a Emmanuel Macron. La destrucción del viejo paradigma político acaba de empezar y, por descontado, la renovación no será fácil.

Turquía: Se consumó el golpe

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha felicitado este martes a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, por su “pírrica victoria” en el referéndum del pasado domingo pese a las críticas de los observadores internacionales. Los turcos aprobaron el domingo por la mínima victoria una reforma constitucional impulsada por Erdogan que le permitirá extender su mandato hasta 2034 y sustituirá el sistema parlamentario que ha caracterizado la democracia turca por uno presidencialista. Las grandes ciudades como Estambul, Ankara, Bursa, Izmir rechazaron la reforma de forma contundente, que fue más apoyada en las zonas rurales, donde se prefería ‘un liderazgo fuerte’.

Esta cita electoral ha sido la gran ocasión del presidente Recep Tayyip Erdogan durante años, era para él posibilidad de hacerse con un poder tan grande como desconocido en Turquía desde los tiempos del mitificado fundador de la República, Mustafá Kemal Atatürk. Erdogan dispuso todo a su favor no solo para conseguir la aprobación de su reforma constitucional, sino también para lograrlo con un gran resultado. La seriedad de su rostro durante la primera intervención pública tras conocerse los resultados no dejaba lugar a la duda. “El referéndum se ha ganado, pero no se ha obtenido ninguna victoria”, escribía ayer Abdulkadir Selvi en el diario «Hürriyet», columnista muy cercano al Gobierno del islamista AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo). Y no ha sido por falta de recursos. Erdogan ha explotado hasta la saciedad el pasado intento de golpe de Estado: Las masivas purgas posteriores, con cerca de 50.000 encarcelados, parecían allanarle el camino hacia la victoria absoluta.

El Partido Republicano del Pueblo (CHP), la principal formación opositora de Turquía, de ideología socialdemócrata, ha anunciado este lunes que pedirá la anulación del referéndum del domingo, en el que un 51,4 por ciento de los votantes dijo «Sí». El analista político Semih Idiz ha declarado, que “Al final Erdogan se ha salido con la suya y ha conseguido el sistema que quería, pero no es la victoria que esperaba. Erdogan pedía un apoyo al sí de al menos un 60% durante la campaña, lo que habría dado legitimidad a su presidencia ejecutiva”. Al final se ha quedado en el 51,41%, y la oposición no ha reconocido los datos y ha anunciado que los impugnarán ante el Tribunal Constitucional.

El referéndum sobre la reforma constitucional en Turquía ha desencadenado además una oleada de reacciones en toda Europa. La idea de que Erdogan camina en dirección contraria a los valores europeos es la tesis más repetida y aunque en esta reforma no aparece nada referido al re-establecimiento de la pena de muerte, que es el límite que todos los países e instituciones han señalado como infranqueable, la forma en la que se ha llevado a cabo el referéndum y las consecuencias políticas que se desprenden del resultado son vistas desde Europa con mucho escepticismo, como un mal asunto. El síntoma más evidente ha sido la conclusión de los observadores electorales de la OSCE y del Consejo de Europa, que han señalado formalmente que el referéndum que ha decidido el reforzamiento de los poderes del presidente Erdogan, no ha tenido lugar bajo condiciones de la requerida imparcialidad democrática. No es frecuente que una misión de observadores electorales haga un señalamiento tan drástico sobre un proceso electoral, sobre todo tratándose de un país miembro del Consejo de Europa, como Turquía.

Desde países como Bélgica y Holanda se han lanzado ya advertencias a Erdogan sobre el uso que pueda llegar a hacer del resultado y se han empezado a pensar en la posibilidad de limitar la posibilidad de mantener la nacionalidad turca a los emigrantes que han adquirido la de los países donde ahora residen: deberán renunciar a la nacionalidad turca o perderían la nacionalidad adquirida, es decir, la belga o la holandesa. Por si no fuera suficiente, Erdogan se refirió a la posibilidad de convocar un referéndum sobre la adhesión de Turquía a la UE con la evidente intención de pedir a los turcos que voten en contra. Además de la idea de otra votación sobre el restablecimiento de la pena de muerte

 Recep Tayyip Erdogan se quitó la máscara democrática y desde el fallido ‘golpe’ o mejor, ‘auto-golpe’, asistimos al espectáculo de una Turquía autocrática y amenazante. Empezó chantajeando a la Unión Europea con la crisis de los refugiados, mientras se abrazaba ante las cámaras con otros líderes autocráticos o dictadores. Desde entonces miles de personas fueron detenidas, cesadas y expulsadas de sus trabajos por su presunta implicación, sin aportar ni una sola prueba. Toda una purga para afianzar el poder de Erdogan. Las luces rojas de la alarma hace tiempo que se encendieron alrededor de Erdogan, especialmente después de los incidentes con las autoridades de los Países Bajos y Alemania el pasado mes de marzo. Con esta nueva vuelta de tuerca autoritaria, el presidente de Turquía ha consumado la traición a quienes lo eligieron a través de las urnas y a los miles de ciudadanos que se lanzaron en su día a las calles para preservar el orden democrático.

Erdogan planea desmontar el régimen democrático y toda la pluralidad que había alcanzado la nación transcontinental, y reducir al mínimo la oposición. Quiere una Turquía Islamista solo para él: un país al que pueda manejar como ese imperio otomano con el que lleva soñando toda su vida. Bye-bye Atatürk!

 

Brexit & Gibraltar

Tras la toma de posiciones de Reino Unido, de las otras 27 capitales y del Consejo Europeo, la Euro cámara ha impuesto sus propias condiciones y exigencias de cara a la negociación del Brexit. Una lista de condiciones entre las que destaca la ausencia de cualquier referencia a Gibraltar. Es más, la Unión Europea determina que el futuro estatus de Gibraltar ha de ser acordado entre el Reino Unido y España. Y no es una casualidad. En el del borrador de las directrices del Consejo Europeo, la ya famosa cláusula 22 que dice que “ningún acuerdo entre la UE y Reino Unido podrá ser aplicado en el territorio de Gibraltar sin un acuerdo entre España y Reino Unido“. El discurso de líderes como Manfred Weber, ha recordado una y otra vez que los intereses de España son los de la UE en esta disputa. Por fin han admitido un hecho cierto: el Peñón es una posesión inglesa de ultramar y su estatus ha de ser negociado entre la potencia colonial, el Reino Unido, y la colonizada, España.

La roca fue ocupada por tropas del Reino Unido el 4 de agosto de 1704, cuando una flota angloholandesa mandada por el almirante George Rooke se apoderó del peñón. Rooke, consciente de la importancia estratégica del istmo, mandó izar la bandera inglesa. La conquista fue ‘legalizada’ por el Tratado de Utrecht. El documento, firmado por Ana Estuardo, reina de Inglaterra, y Felipe V rey de España, establece: «El Rey Católico, por sí y por todos sus sucesores, cede por este tratado a la Corona de Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, y las defensas y fortalezas que le pertenecen».

El Tratado de Utrecht no hace ninguna referencia a los límites fronterizos ni a las aguas jurisdiccionales. Sólo concedió a Inglaterra el poblado de Gibraltar y los fuertes españoles construidos para su defensa. Los ingleses expulsaron a la población local que se refugiaron en las inmediaciones, formando los que hoy es el pueblo de San Roque. Y repoblaron posteriormente el peñón con personas traídas de Malta, Chipre y norte de África. En 1830 Inglaterra concedió unilateralmente a Gibraltar el estatuto de colonia de la Corona. Hoy, Gibraltar es casi el único símbolo colonial del antiguo Imperio británico. A juicio de la ONU, la situación colonial de Gibraltar destruye la unidad y la integridad territorial de España, y su mantenimiento es contrario a la Carta de Naciones Unidas. Por eso ha instado en repetidas ocasiones al Reino Unido a poner fin a su presencia en el peñón.

Me extraña el asombro inglés ante todas estas circunstancias, incluido el del progresista diario ‘The Guardian’, tras la decisión europea de reconocer algo tan elemental como que Gibraltar es una colonia. Esto no lo dice España sino el propio Reino Unido, ya que por acta del Parlamento, la soberanía del Peñón está en Westminster y su condición jurídica es la de ‘overseas territory’, algo similar a otros pequeños territorios bajo soberanía inglesa dispersos por el mundo, sin más diferencia que la cláusula de reversión de Gibraltar a España, prevista en el Tratado de Utrecht. Lo dice también la ONU, que coloca a Gibraltar entre los territorios a descolonizar, lo que no ocurre con Ceuta ni con Melilla, por ejemplo.

El periódico tabloide ‘The Sun’, haciendo gala de la xenofobia hija del Brexit, ha decidido lanzar su vomitiva campaña en defensa de Gibraltar, pintando en portada el Peñón con la Union Jack y regalando en el interior un póster bilingüe donde señala “Hands off Our Rock/Nuestra Roca no se Toca”. Su columnista Kelvin Mackenzie ha llamado “follaburros” a los españoles, incitando a sus compatriotas a prepararse para una buena vieja lucha y se atrevió a sugerir la expulsión de los españoles residentes en el Reino Unido (“Say adiós, Manuel”). La portada del martes recoge el testigo con un provocador titular a toda página: “Up yours senors!”, que se puede traducir como “A tomar por culo, señores” dirigido a los “entrometidos líderes” españoles y europeos ante el futuro de Gibraltar. Mackenzie parece haber olvidado que en España residen más de 300.000 ciudadanos británicos. Absolutamente lamentable, especialmente viniendo de un pueblo que se cree tan civilizado.

 Gibraltar era una de las múltiples razones por las que el Reino Unido no debía abandonar la UE. Cabría esperar de un país maduro y responsable que, en lugar de alimentar el populismo, tanto de Gibraltar como de la opinión pública, recordase estas evidencias. Gibraltar es un contencioso tan viejo como enrevesado que tiene que resolverse por negociaciones hispano-británicas. Está claro que los gibraltareños están muy nerviosos, mientras la vieja guardia tory redobla los tambores de guerra. Pero la posición de Theresa May es débil. Se comprende su nerviosismo, como el belicismo de la vieja guardia tory, que sueña con revivir las glorias imperiales enviando la Navy a Gibraltar, como hicieron en las Malvinas.

A Gibraltar no hay que invadirla, ni siquiera cerrar la verja. Bastará con aplicar las normas que le corresponden ya que, según las ventajas que Londres le negoció, no está incluido en el Tratado de Schengen como fronteras interiores dentro de la UE, lo que le ha permitido tener la cuarta renta per cápita del mundo y ser como el resto de las colonias británicas, auténticos paraísos fiscales. Bastaría la estricta aplicación de ese tratado para que tales ventajas desapareciesen. Falta que Reino Unido asuma esta evidencia. No debería de ser difícil en un país que tuvo imperio tan inmenso. Al fin y al cabo, si pudo devolver India a los indios bien podría devolver Gibraltar a los españoles. Que los gibraltareños quieran mantener eternamente una colonia inglesa sobre territorio español es comprensible, les va en ello un nivel de vida privilegiado. Pero que Europa aceptase y defendiese el mantenimiento de un orden colonial sobre el territorio de un país miembro resultaba inaceptable y ofensivo.

Los gibraltareños dicen que quieren ser británicos y europeos. Hasta ahora fue posible. Ahora deberán elegir. Respecto a los ingleses, sabemos que, para ellos, lo único que cuenta son sus intereses, y eso es precisamente lo que más temen los gibraltareños. Aunque ahora no les valdrá la xenofobia, ni sus insultos abyectos, ni sus amenazas ridículas, ni su pretendida superioridad ante el resto del mundo. En lo que a mi respecta, ¡viva el Brexit!