LOS AMIGOS SE VISITAN

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Cuando el 23 de junio de 2016 los británicos decidieron apoyar el Brexit y dar la espalda al proyecto europeo, Donald Trump vio respaldada su iniciativa proteccionista en el momento más conveniente durante su campaña electoral.  En plena euforia, el primer candidato anti-establishment de la historia reciente norteamericana pronosticó que otros países europeos seguirían la estela del Reino Unido. A su entender, estábamos asistiendo al proceso de desintegración de la Unión Europea. Idénticos sentimientos que comparte con el presidente ruso, Vladimir Putin.

Puede que Trump confundiera entonces el deseo con la realidad, pero, cuatro meses y medio después de llegar a la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos dio un giro a la tradicional política exterior norteamericana intentando poco a poco deshilachar los principales lazos trasatlánticos. Pura continuidad de lo que se proponía en campaña. Primero fue el puñetazo en la mesa de la OTAN: cuestionó su sentido actual y exigió a los aliados que cumplieran con su obligación de aportar el 2% de su PIB al gasto militar. El neo nacionalismo estadounidense, alimentado por el extremista diario digital Breitbart News propiedad del asesor de Trump y hombre de confianza, Stephen Bannon, ha respaldado las opciones populistas europeas que podrían haber contribuido a poner patas arriba el orden establecido, apoyando a la francesa Marine Le Pen y al holandés Geert Wilders. Igual que su amigo Putin, que incluso los ha apoyado económicamente.

Después vino el carpetazo a las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y la UE que produjo de una manera casi natural. Por último, la salida del Acuerdo del Clima de París ratificó el alejamiento de Trump de cualquier colaboración multinacional. El acuerdo de París, o COP21, fue firmado en diciembre de 2015 tras décadas de negociaciones. Técnicamente no es un tratado vinculante, precisamente por la cerrada oposición del gobierno estadounidense (entre otros) a que fuese de obligado cumplimiento: según el acuerdo los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero son establecidos por cada país de forma independiente.  Según las estipulaciones firmadas sólo puede iniciarse el proceso de salir del acuerdo en noviembre de 2019 y el proceso incluye un año de demora, por lo que la salida no será efectiva antes de 2020.

Trump se ha planteado desde el principio sustituir los grandes pactos transnacionales en los que participa Estados Unidos por acuerdos bilaterales, con el objetivo de rebañar el mayor beneficio a cada uno de ellos.  Ya lo ha intentado con Theresa May, y hasta se lo propuso a Merkel, quien lo rechazó, lo que le valió algún que otro improperio.

Donald Trump y Vladimir Putin mantendrán esta semana una reunión bilateral durante la cumbre del G-20 de Hamburgo. Al final los amigos se verán las caras.  El momento tenía que llegar. Parece que comparten muchos intereses y tienen muchas cosas en común. Habrá bastante tiempo para la conversación y discusión. Nunca se han visto y entre ellos fluye una electricidad insólita, casi mutua fascinación. Un encuentro que en cualquier otro caso entraría en la normalidad diplomática, pero que ante los dos machos alfa de la política mundial adquiere aires inquietantes.

El cara a cara con Putin ha sido desaconsejado por los asesores. El poderoso sector militar de la Casa Blanca desconfía abiertamente de Rusia. Y los servicios de inteligencia consideran sin asomo de duda que el Kremlin es un enemigo hostil que orquestó una campaña de desprestigio contra Hillary Clinton durante las elecciones. Una injerencia destinada a favorecer a Trump y que alimenta hasta la actualidad un gran escándalo en Washington: la trama rusa.  Trump, ya mostró eufórico esa debilidad, comunicando al ministro ruso de exteriores información secreta sobre terrorismo durante su visita en mayo. El desliz no se ha olvidado y es por ello que la Casa Blanca teme el espinoso escándalo ruso.

Para el presidente Trump, el punto neurálgico debería ser Siria y la lucha contra el terrorismo del Daesh. Ahí espera lograr avances. A su favor juega que los rusos buscan un diálogo estable e insisten en que se les retiren las sanciones, incluidas las impuestas por Obama por injerencia electoral. No es algo que esté en manos de Trump después de la decisión casi unánime del Senado de blindarlas. Pero no cabe duda de que a Putin le conviene tener acceso a un personaje que públicamente le ha manifestado su admiración. Alguien que en plena campaña electoral pidió que continuara jaqueando los correos de su rival. En Hamburgo, frente a frente, lo podrán recordar divertidos.

Parece que por ahora se les resiste el objetivo europeo, aunque hayan logrado convencer a la mayoría de su electorado que la UE es algo negativo para los intereses de los EEUU.  Detrás de la aspiración antieuropea del presidente norteamericano, Donald Trump, que desafía décadas de alianza y fiel colaboración surgida del status quo tras la II Guerra Mundial, han estado siempre presentes la estrategia y la ideología: el presidente desea dirigir el país como una empresa, y para ello aplica el mismo criterio en política que en la culminación de un buen negocio: debilitar y dividir, para después vencer. Igual que su amigo Putin.

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