La grieta se agranda

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La reunión que mantuvieron en junio de 2016 el hijo mayor de Donald con una abogada rusa que le prometió información tóxica sobre Hillary Clinton vino marcada por el mismo Kremlin. En un correo electrónico, el hijo mayor del entonces todavía candidato republicano fue informado de que el material que se le iba a proporcionar formaba parte de un esfuerzo del Gobierno ruso para apoyar a Trump. La revelación, adelantada por el New York Times y sostenida por tres otras fuentes, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú.

Esta supuesta colusión es la piedra de toque de la investigación que encabezan el FBI y el fiscal especial Robert Mueller. Su base es el informe elaborado por las tres principales agencias de inteligencia de los EEUU (CIA, FBI y NSA), informe que establece que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó a su servicio secreto una operación para interferir en los comicios estadounidenses, dañar la imagen de Clinton y facilitar el triunfo de Trump. El ataque supuso el saqueo de los ordenadores del Partido Demócrata y de los correos del jefe de campaña de Clinton. El material fue posteriormente filtrado a WikiLeaks.

La reunión con la abogada rusa se celebró cinco meses antes de las elecciones, justo en el apogeo de ataque ruso. Trump Jr. mantiene que su padre jamás fue informado de la reunión, pese a que asistieron en plena contienda electoral su hijo mayor, su yerno y su jefe de campaña. También levanta sospechas la facilidad con la que decidieron recibir información tóxica del Kremlin contra un rival. Trump Jr. ha intentado salvar este escollo señalando que actuó como cualquier político en campaña.

Mientras tanto, la semana pasada durante la cumbre del G-20, la cumbre del jueves entre Donald Trump y Vladimir Putin en el G-20 tuvo el mismo sentido desde el punto de vista económico que si el presidente de Estados Unidos se hubiera reunido durante dos horas y 16 minutos con el presidente de Bolivia. Ósea, ninguno. Una superpotencia militar con un país de economía tercermundista. Eso es Rusia.  Y sus perspectivas económicas son muy malas porque su estructura económica es la de un país del Tercer Mundo. Exporta petróleo, gas natural y otras materias primas, e importa todo lo demás. Lo único que rompe esa dinámica son las ventas al exterior de material militar, en gran parte heredado de la industria de la antigua Unión Soviética, por lo que cada vez tiene menos mercados y depende de compradores menos fiables que estén interesados en sus antiguallas. Ahora venden mucho en Nicaragua, por ejemplo.

Que un país con la esperanza de vida de Bolivia y la riqueza por habitante de Grecia juegue el papel de Rusia en el mundo debería ser motivo de tesis doctorales. Porque la comunidad internacional sigue aceptando a Rusia como una gran potencia, heredera de la Unión Soviética. La influencia de Moscú se debe precisamente a esa herencia de la URSS. Una herencia que incluye un formidable aparato de defensa, espionaje y seguridad, en el que Vladimir Putin hizo su carrera. El resto, es prácticamente nada. Sin esa militarización de la economía, ese país es etéreo, como el gas natural que exporta. Rusia es hoy un país en vías de desarrollo, armado hasta los dientes, y con un Gobierno de ideología ultranacionalista. Un país con 7.000 bombas atómicas que combina el hipernacionalismo político y tercermundización económica es, claramente, un peligro. Y lo es porque los tres factores se retroalimentan. Sin nacionalismo, el status quo económico y el militarismo no tienen sentido. Pero sin embargo Trump le da importancia, la que no tiene.

El encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump, que iba a durar media hora, duró dos horas y media y no hubo ninguna queja estadunidense por la intervención rusa en las elecciones de noviembre. No se esperaba otra cosa a ese respecto. Importante es el acuerdo de alto al fuego en Siria que los demás miembros del resto del G20 no saben en qué consiste ya que no fueron informados; también decidieron crear una suerte de nube protectora en el ciberespacio que le da a Putin un enorme triunfo político, ante el desconcierto europeo general. En la declaración final sobre medio ambiente, la votación fue de 19 a uno: todos difirieron de los Estados Unidos respecto al calentamiento global. En temas comerciales, Trump se mostró el más proteccionista de todos los demás participantes. Mientras se reunía el pleno del G20, Trump se levantó una y otra vez de la mesa y su lugar no lo ocupó el secretario de estado, Rex Tillerson, sino su hija Ivanka, que no tiene ninguna función de representatividad gubernamental: es una grosería y una falta de sentido diplomático, político y de respeto a los demás participantes.

Por el momento no existe un análisis demasiado sofisticado de qué es la administración Trump, de sus usos y costumbres para hacer política. No lo comprendemos, como tampoco entendemos los intereses que están detrás de ella. Se puede intuir que las provocaciones y tuits de Trump sirven para su agenda interna, para ajustar cuentas personales y para ocultar sus verdaderas políticas. Dejarse guiar por los tuits y los excesos es un error y es, paradójicamente, lo que más conviene a los intereses que lo llevaron a la Casa Blanca. Pero seguimos sin entender lo que ocurre entre Trump y Putin, y lo que vamos sabiendo no huele bien. Lo ocurrido con su hijo, la reunión larguísima con Putin, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú. La grieta se agranda, así como el escándalo.

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