España y la deslealtad catalana

 

Hoy voy a escribir sobre mi país. Recientemente ha visitado Madrid el ministro de Arte y Cultura de Sudáfrica, Nathi Mthethwa. El objetivo de esa visita ha sido preparar una exposición de artistas sudafricanos que tendrá lugar próximamente en el Museo de arte contemporáneo Reina Sofía, reunirse con el gobierno español y participar en un homenaje a Nelson Mandela, que se celebra en Madrid. Mthethwa ha declarado, “Queremos aprender de los españoles, quienes han logrado que su cultura sea una marca reconocible en todo el mundo, la cultura española es mundialmente conocida y reconocida. Nosotros queremos conseguir lo mismo.”

Mientras desde fuera admiran nuestra cultura y herencia histórica, en España seguimos a vueltas con la cuestión catalana. Mientras la causa del denominado “Proceso para la independencia” cuenta con el apoyo de Yoko Ono, !gran personaje!, quien así lo ha manifestado recientemente, un número importante de intelectuales y artistas catalanes se manifestaron en los últimos días sobre el Proceso. Todos ellos han tenido una gran influencia en la literatura, la música o el teatro español de las últimas décadasy por lo tanto gozan de una gran influencia social. Es interesante conocer lo que dicen, porque ayuda a comprender las razones de que en España esté a punto de desencadenarse una grave crisis institucional y civil. De las 15 personas entrevistadas, solo la escritora Núria Amat alude correctamente al nacionalismo, a su capacidad de manipulación y a sus mentiras, y a su tóxica responsabilidad. Los demás eluden su señalamiento.

También el actor y dramaturgo catalán, Albert Boadella, ha escrito un interesante artículo sobre esta cuestión esta misma semana. En dicho artículo manifiesta como en España desde los 80 se había iniciado un proceso descentralizador único en Europa. La Constitución española ha estructurado el Estado en forma de Autonomías y concretamente Cataluña, tiene traspasadas la mayoría de competencias del Estado. Un Estado que declara el catalán como lengua oficial de Cataluña, marginando al español y a la cultura española y la dota de parlamento propio con las atribuciones de enseñanza, policía, sanidad, obras públicas, urbanismo, radio, televisión, entre otras. El Gobierno nacionalista catalán ha utilizado sus atribuciones en materia educativa para adoctrinar a dos generaciones de jóvenes en el odio a todo lo español. Bajo la tergiversación de la historia y la exaltación de la superioridad catalana frente a España, se ha inculcado desde la infancia el virus de la xenofobia. El dinero público se ha manejado también para subvencionar los medios de comunicación privados catalanes con la finalidad de obtener su adhesión a la causa nacionalista.

El nacionalismo crece siempre creando un enemigo común. Su propagación se realiza mediante la creación de una paranoia general, en este caso, contra España. También lo hace contra el disidente interior que rápidamente es acusado de traición. Esta persistente política de enfrentamiento, ha provocado además la división entre la propia sociedad catalana en la que una parte de ésta desprecia y margina a los que se atreven a manifestarse contrarios a la deriva separatista. La discordia entre organizaciones, familias o amistades, se ha convertido en algo común durante los últimos tiempos.

Es casi un lugar común de los constitucionalistas catalanes y del resto del España la acusación a los dos grandes partidos españoles, tanto de izquierda como de derecha, por no haber afrontado desde hace años, un combate intelectual y político de deslegitimación del nacionalismo. Desde luego.  ¿Pero qué decir de la ´intelligentsia´ más directamente afectada por él? Lo que hoy hacen algunos de los intelectuales es lo que han hecho siempre: contemporizar con una ideología siniestra, justificarla de alguna manera. Lo que la gran mayoría de ellos no quiere advertir en el Proceso es, justamente, esta elementalidad radical: una parte considerable de los catalanes, liderados por un gobierno moralmente corrompido, han elegido el camino xenófobo y se niegan a convivir con el resto de españoles. Es probable, además, que el hecho de reconocer la implícita xenofobia nacionalista les obligaría a dejar de ser equidistantes.

El presidente francés Mitterrand afirmó que el nacionalismo es la guerra. Lo describía así porque Europa ha conocido en su propia carne las trágicas consecuencias de instigar este impulso alienta la insolidaridad, la xenofobia y la destrucción den contrario. La Unión Europea nació para evitar en el futuro los brotes disgregadores que acaban conduciendo irreversiblemente al enfrentamiento. En los últimos tiempos, la extrema derecha europea reaparece bajo la incitación ultranacionalista que impulsa cerrar las fronteras propias para filtrar cualquier intrusión foránea. En este sentido, el nacionalismo catalán se equipara con esta extrema derecha emergente: es la región rica que no quiere el lastre de territorios españoles menos prósperos. Ese es el núcleo de sus objetivos, el separatismo insolidario y disgregador intentando romper y poner fronteras a una España democrática organizada bajo un sólido principio de libertades.

Nuestra joven democracia española ha tenido que soportar el lastre del nacionalismo vasco y catalán a lo largo de su camino de progreso y libertad. Un lastre teñido de mucha sangre y dolor, y de la presión constante para sacrificar la igualdad de los españoles en aras de unas falsas diferencias étnicas. Aunque en el trasfondo planea siempre la sombra del chantaje para la obtención de privilegios económicos, en realidad lo único que les importa.

Prohibido olvidar

 

Los venezolanos demostraron de forma masiva el domingo pasado al presidente Nicolás Maduro que no es posible solucionar el desastre económico e institucional que vive el país si no es mediante una solución dialogada que pase por el respeto a la legalidad. Que más de 7,5 millones de personas vencieran el miedo a la violencia y volvieran a convertir las calles en una manifestación contra el régimen es una señal clara del momento que se atraviesa. La oposición a Maduro anunció la creación de un gobierno paralelo de Unidad Nacional y una huelga general que se está celebrando en el día de hoy y que está paralizando el país

Desgraciadamente hay que contabilizar otras dos víctimas mortales que cayeron cerca de un centro de votación por disparos de escuadrones paramilitares. Estos operan habitualmente en el entorno del chavismo. Las dos personas fallecidas acercan a 100 el número de muertos desde que comenzaran las protestas diarias contra Maduro y su gobierno por su decisión de convocar elecciones para crear una asamblea que, dado el sistema de candidaturas y de designación, sería completamente dócil al gobernante chavista y acabaría de una forma definitiva con cualquier atisbo de democracia.

Mientras tanto, es una alegría haber conocido que un centenar de congresistas colombianos y chilenos han presentado esta semana ante la Corte Penal Internacional con sede en La Haya, una denuncia contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro.  El Tribunal de La Haya juzga delitos que afectan a la comunidad internacional: genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

El escrito, dirigido a la fiscal Fatou Bensouda, se basa en informes de organismos internacionales, entre los que se encuentran algunas agencias de Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, informes de varias ONG e información oficial de la propia Venezuela. Dicho informe aporta pruebas que acusan al sucesor de Hugo Chávez de haber sido partícipe de graves violaciones al derecho internacional a partir de 2008, cuando era ministro de Exteriores del gobierno de Hugo Chávez. Se le atribuye también la comisión de crímenes de derecho internacional más concretos, desde que fue elegido en 2013. La iniciativa ha sido respaldada por representantes de formaciones de distintos colores políticos y busca que la Fiscalía de La Haya abra en primer lugar, una observación en Venezuela. Venezuela firmó el Estatuto de Roma en 1998 y por tanto acepta la jurisdicción de la CPI.

Las acusaciones que formula la denuncia son ocho:  En primer lugar, el crimen de asesinato por instigación directa e indirecta: “Entre los años 2013 y 2017, se ha dado muerte en Venezuela a personas que se manifestaron en situaciones concretas, o mediante el ejercicio de sus derechos humanos, en contra de políticas, medidas u omisiones imputables al gobierno venezolano”.  En segundo lugar, los denunciantes le imputan una “imposición de ciertas condiciones de vida, entre otras la privación del acceso a alimentos o medicinas, con la intención de causar la destrucción de parte de una población”. Un delito que califican como exterminio y que entienden “estrechamente relacionado con el genocidio, ya que ambos se dirigen contra un gran número de personas”.

En tercer lugar, deportación o traslado forzoso de población, llegando a utilizar la fuerza física o a través de amenazas. Los otros cargos recogidos en el escrito de 56 páginas, sin incluir los documentos aportados para la prueba, son encarcelación de opositores; tortura; persecución de un grupo o colectividad con identidad propia, en referencia a los críticos con el chavismo; desaparición forzada de personas e incluso el crimen de apartheid, es decir, actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión contra una parte de la población.

La crisis institucional y humanitaria que atraviesa el país, se recrudeció cuando el Tribunal Supremo de Justicia suspendió a finales de marzo de forma arbitraria y propia de una dictadura que es lo que se ha convertido prácticamente ya Venezuela, las competencias del Parlamento, de mayoría opositora. Ese parlamento fue fruto de la última ocasión en que se ejerció la democracia en Venezuela. Esa decisión originó una ola de protestas que aún no se ha detenido. En los últimos tres meses y medio han fallecido alrededor de cien personas, ha aumentado la presión de la comunidad internacional, el chavismo está dividido, la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, se ha convertido en un símbolo de la resistencia al Gobierno. Pero Maduro no está dispuesto a renunciar a las elecciones de una Asamblea Nacional Constituyente, convocadas para el 30 de julio con unas reglas del juego arbitrarias que, ideadas y organizadas por la inteligencia cubana, favorecen al oficialismo. Todo lo que sucede en Venezuela tienen origen e inteligencia en La Habana. Y Venezuela se convertirá en otra Cuba sino se detiene a su todavía presidente.

Los hechos que están ocurriendo en Venezuela espero que obliguen a la Fiscalía de la Corte Penal Internacional a poner a Venezuela en observación. El segundo objetivo es que la fiscalía pueda abrir una investigación formal a Nicolás Maduro. Los Gobiernos de América Latina se han quedado en las formas de condena multilaterales, pero ninguno ha realizado ninguna acción para acabar con la situación, de hecho, algunos países han apoyado a Maduro, véase Cuba, Nicaragua, Bolivia, Argentina durante el gobierno de los Kirchner, o Ecuador.

Hay que hacerle saber a Maduro que, si sigue adelante, su régimen sufrirá sanciones internacionales. No debe ser el pueblo venezolano el único que pague los platos rotos. Como dijo recientemente en Madrid el cantante y político panameño Rubén Blades, ¡Venezuela no olvidará!

La grieta se agranda

La reunión que mantuvieron en junio de 2016 el hijo mayor de Donald con una abogada rusa que le prometió información tóxica sobre Hillary Clinton vino marcada por el mismo Kremlin. En un correo electrónico, el hijo mayor del entonces todavía candidato republicano fue informado de que el material que se le iba a proporcionar formaba parte de un esfuerzo del Gobierno ruso para apoyar a Trump. La revelación, adelantada por el New York Times y sostenida por tres otras fuentes, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú.

Esta supuesta colusión es la piedra de toque de la investigación que encabezan el FBI y el fiscal especial Robert Mueller. Su base es el informe elaborado por las tres principales agencias de inteligencia de los EEUU (CIA, FBI y NSA), informe que establece que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó a su servicio secreto una operación para interferir en los comicios estadounidenses, dañar la imagen de Clinton y facilitar el triunfo de Trump. El ataque supuso el saqueo de los ordenadores del Partido Demócrata y de los correos del jefe de campaña de Clinton. El material fue posteriormente filtrado a WikiLeaks.

La reunión con la abogada rusa se celebró cinco meses antes de las elecciones, justo en el apogeo de ataque ruso. Trump Jr. mantiene que su padre jamás fue informado de la reunión, pese a que asistieron en plena contienda electoral su hijo mayor, su yerno y su jefe de campaña. También levanta sospechas la facilidad con la que decidieron recibir información tóxica del Kremlin contra un rival. Trump Jr. ha intentado salvar este escollo señalando que actuó como cualquier político en campaña.

Mientras tanto, la semana pasada durante la cumbre del G-20, la cumbre del jueves entre Donald Trump y Vladimir Putin en el G-20 tuvo el mismo sentido desde el punto de vista económico que si el presidente de Estados Unidos se hubiera reunido durante dos horas y 16 minutos con el presidente de Bolivia. Ósea, ninguno. Una superpotencia militar con un país de economía tercermundista. Eso es Rusia.  Y sus perspectivas económicas son muy malas porque su estructura económica es la de un país del Tercer Mundo. Exporta petróleo, gas natural y otras materias primas, e importa todo lo demás. Lo único que rompe esa dinámica son las ventas al exterior de material militar, en gran parte heredado de la industria de la antigua Unión Soviética, por lo que cada vez tiene menos mercados y depende de compradores menos fiables que estén interesados en sus antiguallas. Ahora venden mucho en Nicaragua, por ejemplo.

Que un país con la esperanza de vida de Bolivia y la riqueza por habitante de Grecia juegue el papel de Rusia en el mundo debería ser motivo de tesis doctorales. Porque la comunidad internacional sigue aceptando a Rusia como una gran potencia, heredera de la Unión Soviética. La influencia de Moscú se debe precisamente a esa herencia de la URSS. Una herencia que incluye un formidable aparato de defensa, espionaje y seguridad, en el que Vladimir Putin hizo su carrera. El resto, es prácticamente nada. Sin esa militarización de la economía, ese país es etéreo, como el gas natural que exporta. Rusia es hoy un país en vías de desarrollo, armado hasta los dientes, y con un Gobierno de ideología ultranacionalista. Un país con 7.000 bombas atómicas que combina el hipernacionalismo político y tercermundización económica es, claramente, un peligro. Y lo es porque los tres factores se retroalimentan. Sin nacionalismo, el status quo económico y el militarismo no tienen sentido. Pero sin embargo Trump le da importancia, la que no tiene.

El encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump, que iba a durar media hora, duró dos horas y media y no hubo ninguna queja estadunidense por la intervención rusa en las elecciones de noviembre. No se esperaba otra cosa a ese respecto. Importante es el acuerdo de alto al fuego en Siria que los demás miembros del resto del G20 no saben en qué consiste ya que no fueron informados; también decidieron crear una suerte de nube protectora en el ciberespacio que le da a Putin un enorme triunfo político, ante el desconcierto europeo general. En la declaración final sobre medio ambiente, la votación fue de 19 a uno: todos difirieron de los Estados Unidos respecto al calentamiento global. En temas comerciales, Trump se mostró el más proteccionista de todos los demás participantes. Mientras se reunía el pleno del G20, Trump se levantó una y otra vez de la mesa y su lugar no lo ocupó el secretario de estado, Rex Tillerson, sino su hija Ivanka, que no tiene ninguna función de representatividad gubernamental: es una grosería y una falta de sentido diplomático, político y de respeto a los demás participantes.

Por el momento no existe un análisis demasiado sofisticado de qué es la administración Trump, de sus usos y costumbres para hacer política. No lo comprendemos, como tampoco entendemos los intereses que están detrás de ella. Se puede intuir que las provocaciones y tuits de Trump sirven para su agenda interna, para ajustar cuentas personales y para ocultar sus verdaderas políticas. Dejarse guiar por los tuits y los excesos es un error y es, paradójicamente, lo que más conviene a los intereses que lo llevaron a la Casa Blanca. Pero seguimos sin entender lo que ocurre entre Trump y Putin, y lo que vamos sabiendo no huele bien. Lo ocurrido con su hijo, la reunión larguísima con Putin, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú. La grieta se agranda, así como el escándalo.

LOS AMIGOS SE VISITAN

 

Cuando el 23 de junio de 2016 los británicos decidieron apoyar el Brexit y dar la espalda al proyecto europeo, Donald Trump vio respaldada su iniciativa proteccionista en el momento más conveniente durante su campaña electoral.  En plena euforia, el primer candidato anti-establishment de la historia reciente norteamericana pronosticó que otros países europeos seguirían la estela del Reino Unido. A su entender, estábamos asistiendo al proceso de desintegración de la Unión Europea. Idénticos sentimientos que comparte con el presidente ruso, Vladimir Putin.

Puede que Trump confundiera entonces el deseo con la realidad, pero, cuatro meses y medio después de llegar a la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos dio un giro a la tradicional política exterior norteamericana intentando poco a poco deshilachar los principales lazos trasatlánticos. Pura continuidad de lo que se proponía en campaña. Primero fue el puñetazo en la mesa de la OTAN: cuestionó su sentido actual y exigió a los aliados que cumplieran con su obligación de aportar el 2% de su PIB al gasto militar. El neo nacionalismo estadounidense, alimentado por el extremista diario digital Breitbart News propiedad del asesor de Trump y hombre de confianza, Stephen Bannon, ha respaldado las opciones populistas europeas que podrían haber contribuido a poner patas arriba el orden establecido, apoyando a la francesa Marine Le Pen y al holandés Geert Wilders. Igual que su amigo Putin, que incluso los ha apoyado económicamente.

Después vino el carpetazo a las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y la UE que produjo de una manera casi natural. Por último, la salida del Acuerdo del Clima de París ratificó el alejamiento de Trump de cualquier colaboración multinacional. El acuerdo de París, o COP21, fue firmado en diciembre de 2015 tras décadas de negociaciones. Técnicamente no es un tratado vinculante, precisamente por la cerrada oposición del gobierno estadounidense (entre otros) a que fuese de obligado cumplimiento: según el acuerdo los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero son establecidos por cada país de forma independiente.  Según las estipulaciones firmadas sólo puede iniciarse el proceso de salir del acuerdo en noviembre de 2019 y el proceso incluye un año de demora, por lo que la salida no será efectiva antes de 2020.

Trump se ha planteado desde el principio sustituir los grandes pactos transnacionales en los que participa Estados Unidos por acuerdos bilaterales, con el objetivo de rebañar el mayor beneficio a cada uno de ellos.  Ya lo ha intentado con Theresa May, y hasta se lo propuso a Merkel, quien lo rechazó, lo que le valió algún que otro improperio.

Donald Trump y Vladimir Putin mantendrán esta semana una reunión bilateral durante la cumbre del G-20 de Hamburgo. Al final los amigos se verán las caras.  El momento tenía que llegar. Parece que comparten muchos intereses y tienen muchas cosas en común. Habrá bastante tiempo para la conversación y discusión. Nunca se han visto y entre ellos fluye una electricidad insólita, casi mutua fascinación. Un encuentro que en cualquier otro caso entraría en la normalidad diplomática, pero que ante los dos machos alfa de la política mundial adquiere aires inquietantes.

El cara a cara con Putin ha sido desaconsejado por los asesores. El poderoso sector militar de la Casa Blanca desconfía abiertamente de Rusia. Y los servicios de inteligencia consideran sin asomo de duda que el Kremlin es un enemigo hostil que orquestó una campaña de desprestigio contra Hillary Clinton durante las elecciones. Una injerencia destinada a favorecer a Trump y que alimenta hasta la actualidad un gran escándalo en Washington: la trama rusa.  Trump, ya mostró eufórico esa debilidad, comunicando al ministro ruso de exteriores información secreta sobre terrorismo durante su visita en mayo. El desliz no se ha olvidado y es por ello que la Casa Blanca teme el espinoso escándalo ruso.

Para el presidente Trump, el punto neurálgico debería ser Siria y la lucha contra el terrorismo del Daesh. Ahí espera lograr avances. A su favor juega que los rusos buscan un diálogo estable e insisten en que se les retiren las sanciones, incluidas las impuestas por Obama por injerencia electoral. No es algo que esté en manos de Trump después de la decisión casi unánime del Senado de blindarlas. Pero no cabe duda de que a Putin le conviene tener acceso a un personaje que públicamente le ha manifestado su admiración. Alguien que en plena campaña electoral pidió que continuara jaqueando los correos de su rival. En Hamburgo, frente a frente, lo podrán recordar divertidos.

Parece que por ahora se les resiste el objetivo europeo, aunque hayan logrado convencer a la mayoría de su electorado que la UE es algo negativo para los intereses de los EEUU.  Detrás de la aspiración antieuropea del presidente norteamericano, Donald Trump, que desafía décadas de alianza y fiel colaboración surgida del status quo tras la II Guerra Mundial, han estado siempre presentes la estrategia y la ideología: el presidente desea dirigir el país como una empresa, y para ello aplica el mismo criterio en política que en la culminación de un buen negocio: debilitar y dividir, para después vencer. Igual que su amigo Putin.