Corea del Norte: ¿por qué esta escalada ahora?

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Contraviniendo la tradicional mesura y diplomacia con la que los presidentes de EEUU han hecho frente al delicadísimo problema de Corea del Norte, Donald Trump se ha enzarzado en un duelo verbal con el régimen norcoreano que mantiene en alerta a toda la comunidad internacional. La advertencia de Trump de que desencadenará “un mar de furia y fuego jamás visto” ha exaltado al líder norcoreano, ya de por sí persona de comportamiento errático y bastante fácil de excitar.

 El pasado 4 de julio, día de la Independencia americana, Kim Jong-Un, líder norcoreano, anunció un “regalo para los bastardos norteamericanos”: el ejército norcoreano probó con éxito un misil intercontinental capaz de alcanzar el territorio de los EEUU, y así lo anunció el pasado martes la televisión estatal norcoreana (KCNA), que informó de que Kim Jong-un presenció el lanzamiento. Desde entonces se han sucedido las provocaciones y las advertencias de un bando a otro, como si fuera una carrera por pronunciar la última palabra, cada vez más fuerte y agresiva. La estrategia de Trump de mantener la máxima tensión, quizá como la forma de sacar a China de la inacción con Pyongyang, se muestra cada vez más singular. En medio de la escalada de tensión entre EEUU y Corea del Norte, el presidente Donald Trump recuperó su retórica bélica y redobló el tono de sus amenazas contra el régimen de Pyongyang: “Deberían estar muy, muy nerviosos.

Como broche final, el “amado líder” del último régimen estalinista del planeta, Kim Jong-Un, hizo pública su intención de lanzar un ataque contra la isla de Guam, isla arrebatada por los EEUU a España en 1898 y donde EEUU mantiene un contingente de más de 3000 soldados. El “amado líder” norcoreano no se limitó solamente a anunciar sus pretensiones, sino que presentó un exhaustivo plan militar en el que se detallaban todos los pormenores del hipotético ataque. Echaba de este modo más leña al fuego de su choque verbal sin precedentes con los EEUU. Corea del Norte amenazó con “un mar de fuego” a Washington por las duras sanciones económicas en su contra aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Por primera vez en mucho tiempo, los mercados internacionales dan signos de preocupación por la escalada de la amenaza norcoreana. Aunque el equilibrio de tensión ha alcanzado un punto no visto nunca antes, muchos expertos dudan de que efectivamente vaya a desencadenarse un conflicto militar que no beneficiaría a ninguna de las partes. Para Corea del Norte una guerra contra EEUU equivaldría a firmar su desaparición como país. Para EEUU supondría un gravísimo deterioro de las relaciones con sus aliados en Asia, fundamentalmente Japón y Corea del Sur, que serían quienes lo pagarían muy caro en vidas humanas. Parece que el régimen de Kim Jong-un se ha instalado en una huida hacia adelante tan alocada, como es el talante de su “amado líder”, que le impide calibrar hasta dónde puede tensar la cuerda sin provocar una catástrofe. No ya sólo por estas amenazas tan directas a EEUU, de producirse un ataque a su territorio, se desataría una guerra instantánea que supondría el final del régimen estalinista y hereditario de los Kim, pero que causaría muchas víctimas en países vecinos y aliados como Corea del Sur o Japón.

 Durante años, la Casa Blanca ha tratado de distender la tensión, impulsando vías de negociación a varias bandas, aunque sin éxito, en honor a la verdad, e instando a China a ejercer su influencia sobre Pyongyang. Las sanciones que se le venían imponiendo al régimen eran relativamente limitadas y Washington aplacaba el temor de sus socios en la región, Seúl y Tokio, reforzando las alianzas militares y los sistemas de defensa. Pero la Administración Trump parece decidida a ir más lejos.

Corea del Norte ha realizado cinco ensayos nucleares. Eso es realmente mucho. Algunos analistas expertos en Corea del Norte como Jeffrey Lewis de Foreign Policy, asegura que “algunos de mis colegas todavía piensan que Estados Unidos podría persuadir a Corea del Norte a abandonar, o al menos congelar, sus programas nucleares y de misiles. No estoy seguro. Sospecho que podríamos tener que conformarnos con tratar de reducir las tensiones para que vivamos el tiempo suficiente para resolver este problema. Pero sólo hay una manera de averiguar quién tiene razón: Hablar con los norcoreanos. No hay alternativa. Las otras opciones son básicamente terribles.”

La suerte que tenemos es que las amenazas no son para sus adversarios sino para sus seguidores, lo que garantiza la paz. Siempre me ha fascinado ese mundo cerrado de los Kim, ya que todo me parece aberrante. Tipos capaces de creer que Kim Jong Il, padre de Kim Jong-un, nunca defecó, como afirma su biografía. O que era capaz de hacer once hoyos de golf de un solo golpe, o que publicó 1.500 libros y las tres mejores óperas del mundo en tres años. Pero lo cierto es que una dictadura no es un lugar en el que el pueblo se cree un montón de estupideces, sino en el que no puedes decir que no te las crees. Está claro que el hermetismo que se le atribuye a Corea del Norte contrasta con tantos detalles ridículos que nos dan los biógrafos sobre sus líderes.

A pesar del desastroso estado en que se encuentra la economía norcoreana, algo mejor que en los años 90, cuando el país llegó a sufrir una terrible hambruna, el régimen utiliza ampliamente la propaganda militar y explota su papel de víctima para enmascarar la miseria, las violaciones continuas de los derechos humanos y la falta de libertades de la población. Y las autoridades norcoreanas son conscientes de que las armas nucleares son la única opción que tiene el país para contrarrestar la asimétrica relación con sus rivales.

Mientras crece la preocupación por un posible conflicto bélico sin precedentes, que alinea a las principales potencias entre las críticas con el lenguaje de Trump, como Alemania, con la canciller Merkel al frente, y las que le apoyan, como el Reino Unido, la anteriormente española isla de Guam, se sitúa en el peor de los supuestos. Aunque de momento, como ha dicho el secretario de estado norteamericano, Rex Tillerson, dado su talante menos provocador, y basándose en los analistas expertos, “los americanos pueden dormir tranquilos”.

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