¿Impredecible o equivocado?

Me temo que este va a ser un artículo incendiario. De los que seguro recibiré algún que otro improperio. Visto lo ocurrido en los últimos días en los Estados Unidos, me parece bastante evidente que en pocas naciones occidentales sigue, por desgracia, tan presente la lacra del racismo como en EEUU. Los historiadores destacan que no es sólo un aberrante sentimiento compartido por algunos segmentos de la población, sino que ha sido un factor estructural en la formación económico-social del país desde antes incluso de su fundación, que hoy aún se manifiesta, aunque sea bajo formas muy distintas. El propio Obama, hasta ahora único presidente afroamericano de EEUU, acabó su mandato expresando su impotencia por lo poco que durante el mismo se había avanzado para reducir la brecha de la desigualdad y el odio racial.

Los EEUU constituyen hoy día una sociedad crecientemente polarizada, con el peligro que ello representa. Aunque en el país hoy todas las leyes consagren la igualdad y, desde las grandes luchas de los años 60 se hayan producido extraordinarios avances en el campo de los derechos civiles, el racismo y la discriminación siguen siendo heridas abiertas. Los EEUU tiene un serio problema con el auge de los movimientos supremacistas de ultraderecha. Y por ello es muy lamentable la ambigüedad con la que Trump condenó lo sucedido, atribuyendo la culpa “a muchas partes”, sin apuntar directamente a los supremacistas blancos. El presidente ha enfurecido por igual a republicanos y demócratas. Y vuelve a demostrar su incapacidad para ejercer el liderazgo moral que corresponde a su cargo.

Después de estos acontecimientos y tras tan sólo siete meses de mandato, la brecha entre los republicanos y su presidente empieza a ser insalvable. La rectificación de Donald Trump al valorar los disturbios de Charlottesville, con un nuevo guiño a los supremacistas blancos, sólo minutos después de haber arremetido contra ellos, ha tenido aún más impacto que su equidistante reparto de culpas entre extrema derecha y extrema izquierda la noche de los enfrentamientos racistas. Los dos expresidentes Bush, George H. W. y George W., salieron al paso de la rectificación con un comunicado conjunto: “América debe rechazar siempre el fanatismo racial, el antisemitismo y toda forma de odio”. El rechazo de los senadores es absoluto, incluidos los que más han apoyado a Trump, a quien reprochan una falta de liderazgo moral, “está dividiendo a los americanos, en lugar de unirlos”, como denunció el senador Lindsey Graham. La frase del presidente “también hay gente buena entre los supremacistas blancos ha resultado demoledora para el Partido Republicano.

Trump está perjudicando a la Casa Blanca: ha provocado la desbandada en bloque de las compañías que integran el consejo industrial asesor, quien se vio forzado ayer a su disolución. El impacto del inédito comportamiento de un presidente frente a los grupos racistas de Estados Unidos amenaza directamente a su propia agenda. La enorme distancia entre la Casa Blanca y los congresistas republicanos hace cada vez más difícil que las iniciativas del presidente puedan salir adelante en el legislativo. El fracaso con el Obamacare fue el primer aviso. El empeño de Trump en ser conciliador con los racistas amenaza sus propuestas de reducción de impuestos y el plan de infraestructura que acaba de remitir.

La tragedia ha colocado a Trump ante un espejo incómodo. La idea de una América post-racial, que se acarició cuando por primera vez un afroamericano llamado Barack Obama llegó a la Casa Blanca, la de una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se ha desvanecido. El presidente Trump ha enfatizado repetidamente el valor de ser “impredecible”, y ha establecido un patrón de realizar comentarios que le hacen parecer a veces desquiciado. Él parece creer que este comportamiento va a persuadir tanto a los aliados como a los adversarios, quienes harán lo que él pide o necesite, por temor a que este hombre irracional e impulsivo haga algo terrible. Está equivocado. Con estas actuaciones puede llegar a ser un presidente fallido. El fuego y la furia es un boomerang que arrasa con todo y con todos.

Corea del Norte: ¿por qué esta escalada ahora?

Contraviniendo la tradicional mesura y diplomacia con la que los presidentes de EEUU han hecho frente al delicadísimo problema de Corea del Norte, Donald Trump se ha enzarzado en un duelo verbal con el régimen norcoreano que mantiene en alerta a toda la comunidad internacional. La advertencia de Trump de que desencadenará “un mar de furia y fuego jamás visto” ha exaltado al líder norcoreano, ya de por sí persona de comportamiento errático y bastante fácil de excitar.

 El pasado 4 de julio, día de la Independencia americana, Kim Jong-Un, líder norcoreano, anunció un “regalo para los bastardos norteamericanos”: el ejército norcoreano probó con éxito un misil intercontinental capaz de alcanzar el territorio de los EEUU, y así lo anunció el pasado martes la televisión estatal norcoreana (KCNA), que informó de que Kim Jong-un presenció el lanzamiento. Desde entonces se han sucedido las provocaciones y las advertencias de un bando a otro, como si fuera una carrera por pronunciar la última palabra, cada vez más fuerte y agresiva. La estrategia de Trump de mantener la máxima tensión, quizá como la forma de sacar a China de la inacción con Pyongyang, se muestra cada vez más singular. En medio de la escalada de tensión entre EEUU y Corea del Norte, el presidente Donald Trump recuperó su retórica bélica y redobló el tono de sus amenazas contra el régimen de Pyongyang: “Deberían estar muy, muy nerviosos.

Como broche final, el “amado líder” del último régimen estalinista del planeta, Kim Jong-Un, hizo pública su intención de lanzar un ataque contra la isla de Guam, isla arrebatada por los EEUU a España en 1898 y donde EEUU mantiene un contingente de más de 3000 soldados. El “amado líder” norcoreano no se limitó solamente a anunciar sus pretensiones, sino que presentó un exhaustivo plan militar en el que se detallaban todos los pormenores del hipotético ataque. Echaba de este modo más leña al fuego de su choque verbal sin precedentes con los EEUU. Corea del Norte amenazó con “un mar de fuego” a Washington por las duras sanciones económicas en su contra aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Por primera vez en mucho tiempo, los mercados internacionales dan signos de preocupación por la escalada de la amenaza norcoreana. Aunque el equilibrio de tensión ha alcanzado un punto no visto nunca antes, muchos expertos dudan de que efectivamente vaya a desencadenarse un conflicto militar que no beneficiaría a ninguna de las partes. Para Corea del Norte una guerra contra EEUU equivaldría a firmar su desaparición como país. Para EEUU supondría un gravísimo deterioro de las relaciones con sus aliados en Asia, fundamentalmente Japón y Corea del Sur, que serían quienes lo pagarían muy caro en vidas humanas. Parece que el régimen de Kim Jong-un se ha instalado en una huida hacia adelante tan alocada, como es el talante de su “amado líder”, que le impide calibrar hasta dónde puede tensar la cuerda sin provocar una catástrofe. No ya sólo por estas amenazas tan directas a EEUU, de producirse un ataque a su territorio, se desataría una guerra instantánea que supondría el final del régimen estalinista y hereditario de los Kim, pero que causaría muchas víctimas en países vecinos y aliados como Corea del Sur o Japón.

 Durante años, la Casa Blanca ha tratado de distender la tensión, impulsando vías de negociación a varias bandas, aunque sin éxito, en honor a la verdad, e instando a China a ejercer su influencia sobre Pyongyang. Las sanciones que se le venían imponiendo al régimen eran relativamente limitadas y Washington aplacaba el temor de sus socios en la región, Seúl y Tokio, reforzando las alianzas militares y los sistemas de defensa. Pero la Administración Trump parece decidida a ir más lejos.

Corea del Norte ha realizado cinco ensayos nucleares. Eso es realmente mucho. Algunos analistas expertos en Corea del Norte como Jeffrey Lewis de Foreign Policy, asegura que “algunos de mis colegas todavía piensan que Estados Unidos podría persuadir a Corea del Norte a abandonar, o al menos congelar, sus programas nucleares y de misiles. No estoy seguro. Sospecho que podríamos tener que conformarnos con tratar de reducir las tensiones para que vivamos el tiempo suficiente para resolver este problema. Pero sólo hay una manera de averiguar quién tiene razón: Hablar con los norcoreanos. No hay alternativa. Las otras opciones son básicamente terribles.”

La suerte que tenemos es que las amenazas no son para sus adversarios sino para sus seguidores, lo que garantiza la paz. Siempre me ha fascinado ese mundo cerrado de los Kim, ya que todo me parece aberrante. Tipos capaces de creer que Kim Jong Il, padre de Kim Jong-un, nunca defecó, como afirma su biografía. O que era capaz de hacer once hoyos de golf de un solo golpe, o que publicó 1.500 libros y las tres mejores óperas del mundo en tres años. Pero lo cierto es que una dictadura no es un lugar en el que el pueblo se cree un montón de estupideces, sino en el que no puedes decir que no te las crees. Está claro que el hermetismo que se le atribuye a Corea del Norte contrasta con tantos detalles ridículos que nos dan los biógrafos sobre sus líderes.

A pesar del desastroso estado en que se encuentra la economía norcoreana, algo mejor que en los años 90, cuando el país llegó a sufrir una terrible hambruna, el régimen utiliza ampliamente la propaganda militar y explota su papel de víctima para enmascarar la miseria, las violaciones continuas de los derechos humanos y la falta de libertades de la población. Y las autoridades norcoreanas son conscientes de que las armas nucleares son la única opción que tiene el país para contrarrestar la asimétrica relación con sus rivales.

Mientras crece la preocupación por un posible conflicto bélico sin precedentes, que alinea a las principales potencias entre las críticas con el lenguaje de Trump, como Alemania, con la canciller Merkel al frente, y las que le apoyan, como el Reino Unido, la anteriormente española isla de Guam, se sitúa en el peor de los supuestos. Aunque de momento, como ha dicho el secretario de estado norteamericano, Rex Tillerson, dado su talante menos provocador, y basándose en los analistas expertos, “los americanos pueden dormir tranquilos”.

Horas críticas en Venezuela

 

La descomposición del chavismo avanza a pasos de gigante. En estas últimas horas, la dictadura cleptocrática que encabeza Nicolás Maduro suma el descrédito al más grande los ridículos: la revelación de que el recuento de los votos a la Asamblea Constituyente fue manipulado deja al régimen en una situación insostenible. Lo que pretendía ser el principal argumento para legitimar su mantenimiento en el poder se ha convertido ya en la demostración indiscutible de que no puede permanecer al frente de Venezuela ni un minuto más. Si la comunidad internacional había optado por no reconocer los resultados de las elecciones al ser claramente inconstitucional lo que se estaba aprobando, el anuncio de que el escrutinio fue alterado, declarado nada menos que por la compañía encargada de supervisarlo, arruina todos los planes del tirano para aferrarse al poder. Al contrario, acumula un delito más a la lista de crímenes por los que merecería responder ante un tribunal internacional.

Las cifras de participación en las elecciones de la Asamblea Constituyente de Venezuela fueron manipuladas por al menos un millón de votos, según informó Smartmatic, la empresa que trabaja desde 2004 en el país observando los procesos electorales: “Sabemos, sin ninguna duda, que el dato de participación de las recientes elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente fue manipulado”, dijo el CEO de Smartmatic, Antonio Múgica en una rueda de prensa en Londres: “Estimamos que la diferencia entre la participación real y la anunciada por las autoridades es de al menos un millón de votos”.

Esa misma mañana, la agencia Reuters ya había dado la voz de alarma sobre la disparidad en el dato de participación: según datos internos del Consejo Electoral a los que había tenido acceso, sólo 3,7 millones de personas habían votado a las 5:30pm en las controvertidas elecciones a la Asamblea Constituyente de Venezuela. Según el gobierno de Maduro, fueron en total 8,1 millones de personas los que acudieron a las urnas.

Nicolás Maduro y sus seguidores más radicales amenazaban antes de la Constituyente del domingo con aplastar a la oposición y eliminar la inmunidad parlamentaria. Dicho y hecho. Tan solo unas horas después de consumar su golpe a la Asamblea Nacional, agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) irrumpieron en los domicilios de dos de los principales líderes opositores, Leopoldo López, líder de Voluntad Popular, y Antonio Ledezma, alcalde de Caracas, para revocar su arresto domiciliario y llevarlos de vuelta a una prisión. Hasta ahora no se sabe dónde están. Ledezma es una de las personalidades más críticas con el régimen de Maduro.

Como denunció en el diario español ABC la esposa del dirigente opositor Antonio Ledezma, a Nicolás Maduro no le queda ya más argumento que la fuerza, la cruda represión contra la inmensa mayoría de los ciudadanos de Venezuela, que han hecho todo lo posible, dentro de los estrechos márgenes que les dejaba la dictadura, para reclamar pacíficamente sus ideas. Después de la ruptura del orden constitucional, el dictador no tiene defensa posible. Las palabras de condena y de rechazo del mundo entero contra sus intentos de subvertir la legalidad para aferrarse cínicamente al poder no son sino la constatación de lo que los venezolanos llevan denunciando y padeciendo desde hace más de una década. El chavismo, el socialismo bolivariano, o como quiera que se llame el proyecto revolucionario que se ha estado perpetrando allí, no era más que una carretera de dirección única hacia el totalitarismo, de modo que finalmente el país entra, de manera oficial, en la dictadura que ya venía siendo de facto. Ya no hay, pues, votos con los que se pueda lograr el cambio político que la mayoría de venezolanos sigue reclamando en las calles, con más de 120 muertos como resultado de las protestas. Solo cabe ya una salida a la fuerza.

Ya se ha puesto de manifiesto, sin ningún disfraz, de forma definitiva, de qué trataba la utopía que ha arruinado uno de los países más ricos del mundo y que en sus últimos momentos se resume en el patético escenario de un dictador empeñado en mantenerse en el poder por la fuerza, aplastando a los ciudadanos y deteniendo a los líderes opositores. El Castrochavismo será recordado como autor de un milagro económico a la inversa: convertir en miserable al país más rico de América no es hazaña de todos los días. Ha creado tanta pobreza que a diario tiene que pelear la gente a dentelladas, por una bolsa de leche, por un kilo harina o por un pedazo de carne. En esa frenética carrera hacia el desastre, el gobierno Castrochavista tuvo que proceder a la eliminación paulatina de todas las libertades, del pensamiento y la conciencia, a la ruina de las instituciones, del periodismo, de los partidos, de la universidad, de los sindicatos. Pues todo se ha cumplido tras el designio implacable de los ancianos inspiradores del sistema, Fidel y Raúl Castro, que una vez más han demostrado su audacia, su carencia total de consideración y respeto por los valores más importantes de la especie humana, pero también su falta absoluta de talento.

Nicolás Maduro tiene poca inteligencia y un pobre talento político que muestra en cualquiera de sus discursos. Pero a fin de cuentas es un pobre rehén de los intereses inconfesables de la clase corrupta que ha llevado a Venezuela a su perdición, liederada por los Castro y el narco Diosdado Cabello. Si ese títere fuera libre, hasta de sus menguadas condiciones de estadista pudiera esperarse algún acto de rectificación, algún gesto de apaciguamiento, alguna voluntad de comprender el desastre y de corregirlo. Pero Maduro es el primer esclavo de los saqueadores de esa gran nación, que no están dispuestos al menor cambio. El régimen de Venezuela se va a caer, porque se tiene que caer. No podría subsistir sino amordazando totalmente al pueblo, imponiendo cartillas de racionamiento, levantando un paredón. Y no se dan las condiciones para que el mundo soporte estas afrentas. Una Cuba es suficiente para América.

El pueblo está en las calles, dispuesto a hacerse matar. Y lo están matando. La juventud estudiantil, que sabe que no tiene futuro, no tiene miedo y no va a permitir el continuismo cobarde. Los empresarios lo perdieron todo hace rato. Y los paniaguados del sistema ven con horror que el sistema ya no tiene mercados para comprar sus conciencias. Para aquellos cómplices con esta ignominia que establecen una torpe equidistancia con los gobiernos que antecedieron al chavismo no tienen más que contemplar el escenario devastador de un país cuya economía ha sido consumida por una fiebre corrupta mil veces más perversa que la registrada en los peores tiempos del régimen anterior. Y ante los que insisten en advertir de que las sanciones no tendrán ningún efecto que no sea perjudicar a los ciudadanos, cabe recordar que lo que piden los manifestantes no es solo libertad, sino también comida y bienes de consumo básicos, que han desaparecido del comercio, y no a causa de las sanciones, sino de la catastrófica gestión de este narco régimen y sus cómplices cubanos. El régimen corrupto y asesino Castrochavista ha demostrado que está dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder y eso significa que asesinará a más personas. El mundo debe hacer todo lo posible para acabar cuanto antes con Maduro.