La post-verdad en Cataluña

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Parece que Cataluña quiere separarse de España. Sin embargo, en época de los Reyes Católicos, Cataluña lo único que quería era estar lo más unida posible a España. Sin la unión no hubiese llegado a ser lo que Cataluña es hoy día. Al Emperador Carlos V cuando llegó por primera vez a Barcelona los aplausos le dejaron sorprendido, los catalanes veían en él la gran esperanza, el gran rey. Esto no lo cuentan en los libros de historia de las provincias catalanas: aquí tiene mucho sentido la cita de Jean François Revel (1989): “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira.

Hoy y desde hace años, al asunto más grave que tiene planteado España es Cataluña. ¡Ay! ¡Los sentimientos! Un argumento convincente e irrebatible. Como lo son la paz mundial o el cambio climático. Hay que proteger los sentimientos especiales, diferenciados y exclusivos de los catalanes.! 

En Cataluña ocurre algo similar al Brexit, al giro hacia dentro de EEUU, y al crecimiento de los partidos nacionalistas en Holanda, Francia, que desean que su país salga de la UE, son parte de un nuevo contexto en el que, vistas las desigualdades, mucha gente piensa que la identidad y la nación son los mejores instrumentos para salir bien parados en un entorno global. En Cataluña muchos lo piensan, especialmente desde las clases medias-altas, que se auto perciben como más preparadas que el resto de los españoles. Y como ocurrió en el Brexit o con Trump, las advertencias sobre las consecuencias de la separación tienden a ser negadas o ignoradas; todos los avisos acerca del caos que llegará el día después, ya no surten efecto.

Mientras tanto, el presidente de la región catalana Carles Puigdemont, ha comparecido para asegurar que el Estado “ha suspendido de facto el autogobierno y ha aplicado de facto un estado de excepción. Él sabe, como todo el que quiera saber, que también eso es mentira. Si el estado hubiera suspendido de facto el autogobierno, lo primero que habría hecho es sacarle a él de su despacho por delito de sedición.

También desde el F.C. Barcelona e incluso alguno de sus jugadores, como Gerard Piqué y el ex entrenador Pep Guardiola, ha salido en tromba a defender la “democracia”. Para la directiva del Barça la democracia debe ser la visita de los directivos que les antecedieron, en pleno y por dos veces, la última casi al final del franquismo, a rendir pleitesía a Francisco Franco en el Palacio de El Pardo. El Barsa condecoró al Generalísimo dos veces como hijo predilecto del club. Pero eso ahora da igual, porque como toda la historia de Cataluña está infestada por la mentira, nadie quiere recordarlo allí. Unos porque se avergüenzan de ello y otros por lo que les pueda suceder si se les decir la verdad.

Durante estos últimos días, los episodios de coacciones, presiones y amenazas vividas en Cataluña en las últimas horas son inadmisibles. Afortunadamente no ha surgido ningún brote de violencia dramática, pero eso no oculta el odio demostrado por miles de manifestantes separatistas a las fuerzas de orden público, la Guardia Civil, la Policía y los miembros de la administración de Justicia encargados de ejecutar órdenes con estrictos criterios de legalidad. Es evidente que al independentismo le interesa la agitación, las algaradas y la violencia como último recurso a la respuesta del Estado contra su chantaje separatista.

En Cataluña hoy día, la salvaguarda de muchos derechos y libertades es sencillamente inexistente, y si algo han ideado los actuales gobernantes regionales es un régimen autoritario basado en el odio a España. Sin ley no hay orden, y eso es exactamente lo que pretende el separatismo: que los ciudadanos asuman, protegidos en el anonimato de una multitud, que Cataluña es un territorio sin ley en el que las coacciones más cobardes y la estigmatización del discrepante son válidas. Igual que ocurría en el País Vasco durante la etapa sangrienta de nuestra historia en la que la banda terrorista ETA asesinaba: se señalaba al discrepante como objetivo criminal. Actualmente, la ley en Cataluña no tiene ningún prestigio, la idea de que no puede haber una democracia sin el amparo de la ley ha perdido cualquier batalla mediática. Y el independentismo cree que toda oposición a su voluntad es fascismo.

Como Puigdemont sabe también, si de verdad se hubiera suspendido la autonomía y el autogobierno, y algunos creemos que hace tiempo que debía haberlo sido, su llamamiento a que la gente salga a votar el 1 de octubre no tendría ningún sentido. Pero la realidad es que el Gobierno de España, encabezado por su presidente Rajoy, ha tenido una paciencia muy superior a la de muchos de nosotros y en un contexto de debilidad parlamentaria ha conseguido hasta ahora medir sus pasos e ir cercando por medio de jueces y fiscales la actuación sediciosa de la Generalidad. Suerte tienen de que la sedición ya no conlleve la pena de antaño.

Los independentistas están convencidos de que ganarán, yo pienso que la abrumadora visita de la realidad les aplastará. A partir de ahí, habría que empezar desde cero: retirar todas las competencias de autogobierno, especialmente las de Educación, Orden Público y Medios de Comunicación, que han constituido su aparato de propaganda sediciosa. Y no volverlas a entregar hasta que se demuestre lealtad a la Nación española, así como la prohibición de partidos secesionistas, como se prohíbe en los ordenamientos constitucionales de otras naciones nada sospechosas, como Francia (art. 89), Italia (art. 126), Alemania (art. 21), Noruega (art.3), Suiza (art.53), Estados Unidos (Tribunal Supremo “La Constitución, en todas sus disposiciones, vela por una Unión indestructible, compuesta de Estados indestructibles”), y muchas otras naciones como Lituania, Estonia, Brasil, Perú… España y su gobierno deberían aplicar todas estas medidas para evitar más episodios en el futuro.

 

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