España y la deslealtad catalana

 

Hoy voy a escribir sobre mi país. Recientemente ha visitado Madrid el ministro de Arte y Cultura de Sudáfrica, Nathi Mthethwa. El objetivo de esa visita ha sido preparar una exposición de artistas sudafricanos que tendrá lugar próximamente en el Museo de arte contemporáneo Reina Sofía, reunirse con el gobierno español y participar en un homenaje a Nelson Mandela, que se celebra en Madrid. Mthethwa ha declarado, “Queremos aprender de los españoles, quienes han logrado que su cultura sea una marca reconocible en todo el mundo, la cultura española es mundialmente conocida y reconocida. Nosotros queremos conseguir lo mismo.”

Mientras desde fuera admiran nuestra cultura y herencia histórica, en España seguimos a vueltas con la cuestión catalana. Mientras la causa del denominado “Proceso para la independencia” cuenta con el apoyo de Yoko Ono, !gran personaje!, quien así lo ha manifestado recientemente, un número importante de intelectuales y artistas catalanes se manifestaron en los últimos días sobre el Proceso. Todos ellos han tenido una gran influencia en la literatura, la música o el teatro español de las últimas décadasy por lo tanto gozan de una gran influencia social. Es interesante conocer lo que dicen, porque ayuda a comprender las razones de que en España esté a punto de desencadenarse una grave crisis institucional y civil. De las 15 personas entrevistadas, solo la escritora Núria Amat alude correctamente al nacionalismo, a su capacidad de manipulación y a sus mentiras, y a su tóxica responsabilidad. Los demás eluden su señalamiento.

También el actor y dramaturgo catalán, Albert Boadella, ha escrito un interesante artículo sobre esta cuestión esta misma semana. En dicho artículo manifiesta como en España desde los 80 se había iniciado un proceso descentralizador único en Europa. La Constitución española ha estructurado el Estado en forma de Autonomías y concretamente Cataluña, tiene traspasadas la mayoría de competencias del Estado. Un Estado que declara el catalán como lengua oficial de Cataluña, marginando al español y a la cultura española y la dota de parlamento propio con las atribuciones de enseñanza, policía, sanidad, obras públicas, urbanismo, radio, televisión, entre otras. El Gobierno nacionalista catalán ha utilizado sus atribuciones en materia educativa para adoctrinar a dos generaciones de jóvenes en el odio a todo lo español. Bajo la tergiversación de la historia y la exaltación de la superioridad catalana frente a España, se ha inculcado desde la infancia el virus de la xenofobia. El dinero público se ha manejado también para subvencionar los medios de comunicación privados catalanes con la finalidad de obtener su adhesión a la causa nacionalista.

El nacionalismo crece siempre creando un enemigo común. Su propagación se realiza mediante la creación de una paranoia general, en este caso, contra España. También lo hace contra el disidente interior que rápidamente es acusado de traición. Esta persistente política de enfrentamiento, ha provocado además la división entre la propia sociedad catalana en la que una parte de ésta desprecia y margina a los que se atreven a manifestarse contrarios a la deriva separatista. La discordia entre organizaciones, familias o amistades, se ha convertido en algo común durante los últimos tiempos.

Es casi un lugar común de los constitucionalistas catalanes y del resto del España la acusación a los dos grandes partidos españoles, tanto de izquierda como de derecha, por no haber afrontado desde hace años, un combate intelectual y político de deslegitimación del nacionalismo. Desde luego.  ¿Pero qué decir de la ´intelligentsia´ más directamente afectada por él? Lo que hoy hacen algunos de los intelectuales es lo que han hecho siempre: contemporizar con una ideología siniestra, justificarla de alguna manera. Lo que la gran mayoría de ellos no quiere advertir en el Proceso es, justamente, esta elementalidad radical: una parte considerable de los catalanes, liderados por un gobierno moralmente corrompido, han elegido el camino xenófobo y se niegan a convivir con el resto de españoles. Es probable, además, que el hecho de reconocer la implícita xenofobia nacionalista les obligaría a dejar de ser equidistantes.

El presidente francés Mitterrand afirmó que el nacionalismo es la guerra. Lo describía así porque Europa ha conocido en su propia carne las trágicas consecuencias de instigar este impulso alienta la insolidaridad, la xenofobia y la destrucción den contrario. La Unión Europea nació para evitar en el futuro los brotes disgregadores que acaban conduciendo irreversiblemente al enfrentamiento. En los últimos tiempos, la extrema derecha europea reaparece bajo la incitación ultranacionalista que impulsa cerrar las fronteras propias para filtrar cualquier intrusión foránea. En este sentido, el nacionalismo catalán se equipara con esta extrema derecha emergente: es la región rica que no quiere el lastre de territorios españoles menos prósperos. Ese es el núcleo de sus objetivos, el separatismo insolidario y disgregador intentando romper y poner fronteras a una España democrática organizada bajo un sólido principio de libertades.

Nuestra joven democracia española ha tenido que soportar el lastre del nacionalismo vasco y catalán a lo largo de su camino de progreso y libertad. Un lastre teñido de mucha sangre y dolor, y de la presión constante para sacrificar la igualdad de los españoles en aras de unas falsas diferencias étnicas. Aunque en el trasfondo planea siempre la sombra del chantaje para la obtención de privilegios económicos, en realidad lo único que les importa.

Prohibido olvidar

 

Los venezolanos demostraron de forma masiva el domingo pasado al presidente Nicolás Maduro que no es posible solucionar el desastre económico e institucional que vive el país si no es mediante una solución dialogada que pase por el respeto a la legalidad. Que más de 7,5 millones de personas vencieran el miedo a la violencia y volvieran a convertir las calles en una manifestación contra el régimen es una señal clara del momento que se atraviesa. La oposición a Maduro anunció la creación de un gobierno paralelo de Unidad Nacional y una huelga general que se está celebrando en el día de hoy y que está paralizando el país

Desgraciadamente hay que contabilizar otras dos víctimas mortales que cayeron cerca de un centro de votación por disparos de escuadrones paramilitares. Estos operan habitualmente en el entorno del chavismo. Las dos personas fallecidas acercan a 100 el número de muertos desde que comenzaran las protestas diarias contra Maduro y su gobierno por su decisión de convocar elecciones para crear una asamblea que, dado el sistema de candidaturas y de designación, sería completamente dócil al gobernante chavista y acabaría de una forma definitiva con cualquier atisbo de democracia.

Mientras tanto, es una alegría haber conocido que un centenar de congresistas colombianos y chilenos han presentado esta semana ante la Corte Penal Internacional con sede en La Haya, una denuncia contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro.  El Tribunal de La Haya juzga delitos que afectan a la comunidad internacional: genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

El escrito, dirigido a la fiscal Fatou Bensouda, se basa en informes de organismos internacionales, entre los que se encuentran algunas agencias de Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, informes de varias ONG e información oficial de la propia Venezuela. Dicho informe aporta pruebas que acusan al sucesor de Hugo Chávez de haber sido partícipe de graves violaciones al derecho internacional a partir de 2008, cuando era ministro de Exteriores del gobierno de Hugo Chávez. Se le atribuye también la comisión de crímenes de derecho internacional más concretos, desde que fue elegido en 2013. La iniciativa ha sido respaldada por representantes de formaciones de distintos colores políticos y busca que la Fiscalía de La Haya abra en primer lugar, una observación en Venezuela. Venezuela firmó el Estatuto de Roma en 1998 y por tanto acepta la jurisdicción de la CPI.

Las acusaciones que formula la denuncia son ocho:  En primer lugar, el crimen de asesinato por instigación directa e indirecta: “Entre los años 2013 y 2017, se ha dado muerte en Venezuela a personas que se manifestaron en situaciones concretas, o mediante el ejercicio de sus derechos humanos, en contra de políticas, medidas u omisiones imputables al gobierno venezolano”.  En segundo lugar, los denunciantes le imputan una “imposición de ciertas condiciones de vida, entre otras la privación del acceso a alimentos o medicinas, con la intención de causar la destrucción de parte de una población”. Un delito que califican como exterminio y que entienden “estrechamente relacionado con el genocidio, ya que ambos se dirigen contra un gran número de personas”.

En tercer lugar, deportación o traslado forzoso de población, llegando a utilizar la fuerza física o a través de amenazas. Los otros cargos recogidos en el escrito de 56 páginas, sin incluir los documentos aportados para la prueba, son encarcelación de opositores; tortura; persecución de un grupo o colectividad con identidad propia, en referencia a los críticos con el chavismo; desaparición forzada de personas e incluso el crimen de apartheid, es decir, actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión contra una parte de la población.

La crisis institucional y humanitaria que atraviesa el país, se recrudeció cuando el Tribunal Supremo de Justicia suspendió a finales de marzo de forma arbitraria y propia de una dictadura que es lo que se ha convertido prácticamente ya Venezuela, las competencias del Parlamento, de mayoría opositora. Ese parlamento fue fruto de la última ocasión en que se ejerció la democracia en Venezuela. Esa decisión originó una ola de protestas que aún no se ha detenido. En los últimos tres meses y medio han fallecido alrededor de cien personas, ha aumentado la presión de la comunidad internacional, el chavismo está dividido, la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, se ha convertido en un símbolo de la resistencia al Gobierno. Pero Maduro no está dispuesto a renunciar a las elecciones de una Asamblea Nacional Constituyente, convocadas para el 30 de julio con unas reglas del juego arbitrarias que, ideadas y organizadas por la inteligencia cubana, favorecen al oficialismo. Todo lo que sucede en Venezuela tienen origen e inteligencia en La Habana. Y Venezuela se convertirá en otra Cuba sino se detiene a su todavía presidente.

Los hechos que están ocurriendo en Venezuela espero que obliguen a la Fiscalía de la Corte Penal Internacional a poner a Venezuela en observación. El segundo objetivo es que la fiscalía pueda abrir una investigación formal a Nicolás Maduro. Los Gobiernos de América Latina se han quedado en las formas de condena multilaterales, pero ninguno ha realizado ninguna acción para acabar con la situación, de hecho, algunos países han apoyado a Maduro, véase Cuba, Nicaragua, Bolivia, Argentina durante el gobierno de los Kirchner, o Ecuador.

Hay que hacerle saber a Maduro que, si sigue adelante, su régimen sufrirá sanciones internacionales. No debe ser el pueblo venezolano el único que pague los platos rotos. Como dijo recientemente en Madrid el cantante y político panameño Rubén Blades, ¡Venezuela no olvidará!

La grieta se agranda

La reunión que mantuvieron en junio de 2016 el hijo mayor de Donald con una abogada rusa que le prometió información tóxica sobre Hillary Clinton vino marcada por el mismo Kremlin. En un correo electrónico, el hijo mayor del entonces todavía candidato republicano fue informado de que el material que se le iba a proporcionar formaba parte de un esfuerzo del Gobierno ruso para apoyar a Trump. La revelación, adelantada por el New York Times y sostenida por tres otras fuentes, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú.

Esta supuesta colusión es la piedra de toque de la investigación que encabezan el FBI y el fiscal especial Robert Mueller. Su base es el informe elaborado por las tres principales agencias de inteligencia de los EEUU (CIA, FBI y NSA), informe que establece que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó a su servicio secreto una operación para interferir en los comicios estadounidenses, dañar la imagen de Clinton y facilitar el triunfo de Trump. El ataque supuso el saqueo de los ordenadores del Partido Demócrata y de los correos del jefe de campaña de Clinton. El material fue posteriormente filtrado a WikiLeaks.

La reunión con la abogada rusa se celebró cinco meses antes de las elecciones, justo en el apogeo de ataque ruso. Trump Jr. mantiene que su padre jamás fue informado de la reunión, pese a que asistieron en plena contienda electoral su hijo mayor, su yerno y su jefe de campaña. También levanta sospechas la facilidad con la que decidieron recibir información tóxica del Kremlin contra un rival. Trump Jr. ha intentado salvar este escollo señalando que actuó como cualquier político en campaña.

Mientras tanto, la semana pasada durante la cumbre del G-20, la cumbre del jueves entre Donald Trump y Vladimir Putin en el G-20 tuvo el mismo sentido desde el punto de vista económico que si el presidente de Estados Unidos se hubiera reunido durante dos horas y 16 minutos con el presidente de Bolivia. Ósea, ninguno. Una superpotencia militar con un país de economía tercermundista. Eso es Rusia.  Y sus perspectivas económicas son muy malas porque su estructura económica es la de un país del Tercer Mundo. Exporta petróleo, gas natural y otras materias primas, e importa todo lo demás. Lo único que rompe esa dinámica son las ventas al exterior de material militar, en gran parte heredado de la industria de la antigua Unión Soviética, por lo que cada vez tiene menos mercados y depende de compradores menos fiables que estén interesados en sus antiguallas. Ahora venden mucho en Nicaragua, por ejemplo.

Que un país con la esperanza de vida de Bolivia y la riqueza por habitante de Grecia juegue el papel de Rusia en el mundo debería ser motivo de tesis doctorales. Porque la comunidad internacional sigue aceptando a Rusia como una gran potencia, heredera de la Unión Soviética. La influencia de Moscú se debe precisamente a esa herencia de la URSS. Una herencia que incluye un formidable aparato de defensa, espionaje y seguridad, en el que Vladimir Putin hizo su carrera. El resto, es prácticamente nada. Sin esa militarización de la economía, ese país es etéreo, como el gas natural que exporta. Rusia es hoy un país en vías de desarrollo, armado hasta los dientes, y con un Gobierno de ideología ultranacionalista. Un país con 7.000 bombas atómicas que combina el hipernacionalismo político y tercermundización económica es, claramente, un peligro. Y lo es porque los tres factores se retroalimentan. Sin nacionalismo, el status quo económico y el militarismo no tienen sentido. Pero sin embargo Trump le da importancia, la que no tiene.

El encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump, que iba a durar media hora, duró dos horas y media y no hubo ninguna queja estadunidense por la intervención rusa en las elecciones de noviembre. No se esperaba otra cosa a ese respecto. Importante es el acuerdo de alto al fuego en Siria que los demás miembros del resto del G20 no saben en qué consiste ya que no fueron informados; también decidieron crear una suerte de nube protectora en el ciberespacio que le da a Putin un enorme triunfo político, ante el desconcierto europeo general. En la declaración final sobre medio ambiente, la votación fue de 19 a uno: todos difirieron de los Estados Unidos respecto al calentamiento global. En temas comerciales, Trump se mostró el más proteccionista de todos los demás participantes. Mientras se reunía el pleno del G20, Trump se levantó una y otra vez de la mesa y su lugar no lo ocupó el secretario de estado, Rex Tillerson, sino su hija Ivanka, que no tiene ninguna función de representatividad gubernamental: es una grosería y una falta de sentido diplomático, político y de respeto a los demás participantes.

Por el momento no existe un análisis demasiado sofisticado de qué es la administración Trump, de sus usos y costumbres para hacer política. No lo comprendemos, como tampoco entendemos los intereses que están detrás de ella. Se puede intuir que las provocaciones y tuits de Trump sirven para su agenda interna, para ajustar cuentas personales y para ocultar sus verdaderas políticas. Dejarse guiar por los tuits y los excesos es un error y es, paradójicamente, lo que más conviene a los intereses que lo llevaron a la Casa Blanca. Pero seguimos sin entender lo que ocurre entre Trump y Putin, y lo que vamos sabiendo no huele bien. Lo ocurrido con su hijo, la reunión larguísima con Putin, estrecha aún más la sospecha de connivencia entre el equipo electoral republicano y Moscú. La grieta se agranda, así como el escándalo.

LOS AMIGOS SE VISITAN

 

Cuando el 23 de junio de 2016 los británicos decidieron apoyar el Brexit y dar la espalda al proyecto europeo, Donald Trump vio respaldada su iniciativa proteccionista en el momento más conveniente durante su campaña electoral.  En plena euforia, el primer candidato anti-establishment de la historia reciente norteamericana pronosticó que otros países europeos seguirían la estela del Reino Unido. A su entender, estábamos asistiendo al proceso de desintegración de la Unión Europea. Idénticos sentimientos que comparte con el presidente ruso, Vladimir Putin.

Puede que Trump confundiera entonces el deseo con la realidad, pero, cuatro meses y medio después de llegar a la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos dio un giro a la tradicional política exterior norteamericana intentando poco a poco deshilachar los principales lazos trasatlánticos. Pura continuidad de lo que se proponía en campaña. Primero fue el puñetazo en la mesa de la OTAN: cuestionó su sentido actual y exigió a los aliados que cumplieran con su obligación de aportar el 2% de su PIB al gasto militar. El neo nacionalismo estadounidense, alimentado por el extremista diario digital Breitbart News propiedad del asesor de Trump y hombre de confianza, Stephen Bannon, ha respaldado las opciones populistas europeas que podrían haber contribuido a poner patas arriba el orden establecido, apoyando a la francesa Marine Le Pen y al holandés Geert Wilders. Igual que su amigo Putin, que incluso los ha apoyado económicamente.

Después vino el carpetazo a las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y la UE que produjo de una manera casi natural. Por último, la salida del Acuerdo del Clima de París ratificó el alejamiento de Trump de cualquier colaboración multinacional. El acuerdo de París, o COP21, fue firmado en diciembre de 2015 tras décadas de negociaciones. Técnicamente no es un tratado vinculante, precisamente por la cerrada oposición del gobierno estadounidense (entre otros) a que fuese de obligado cumplimiento: según el acuerdo los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero son establecidos por cada país de forma independiente.  Según las estipulaciones firmadas sólo puede iniciarse el proceso de salir del acuerdo en noviembre de 2019 y el proceso incluye un año de demora, por lo que la salida no será efectiva antes de 2020.

Trump se ha planteado desde el principio sustituir los grandes pactos transnacionales en los que participa Estados Unidos por acuerdos bilaterales, con el objetivo de rebañar el mayor beneficio a cada uno de ellos.  Ya lo ha intentado con Theresa May, y hasta se lo propuso a Merkel, quien lo rechazó, lo que le valió algún que otro improperio.

Donald Trump y Vladimir Putin mantendrán esta semana una reunión bilateral durante la cumbre del G-20 de Hamburgo. Al final los amigos se verán las caras.  El momento tenía que llegar. Parece que comparten muchos intereses y tienen muchas cosas en común. Habrá bastante tiempo para la conversación y discusión. Nunca se han visto y entre ellos fluye una electricidad insólita, casi mutua fascinación. Un encuentro que en cualquier otro caso entraría en la normalidad diplomática, pero que ante los dos machos alfa de la política mundial adquiere aires inquietantes.

El cara a cara con Putin ha sido desaconsejado por los asesores. El poderoso sector militar de la Casa Blanca desconfía abiertamente de Rusia. Y los servicios de inteligencia consideran sin asomo de duda que el Kremlin es un enemigo hostil que orquestó una campaña de desprestigio contra Hillary Clinton durante las elecciones. Una injerencia destinada a favorecer a Trump y que alimenta hasta la actualidad un gran escándalo en Washington: la trama rusa.  Trump, ya mostró eufórico esa debilidad, comunicando al ministro ruso de exteriores información secreta sobre terrorismo durante su visita en mayo. El desliz no se ha olvidado y es por ello que la Casa Blanca teme el espinoso escándalo ruso.

Para el presidente Trump, el punto neurálgico debería ser Siria y la lucha contra el terrorismo del Daesh. Ahí espera lograr avances. A su favor juega que los rusos buscan un diálogo estable e insisten en que se les retiren las sanciones, incluidas las impuestas por Obama por injerencia electoral. No es algo que esté en manos de Trump después de la decisión casi unánime del Senado de blindarlas. Pero no cabe duda de que a Putin le conviene tener acceso a un personaje que públicamente le ha manifestado su admiración. Alguien que en plena campaña electoral pidió que continuara jaqueando los correos de su rival. En Hamburgo, frente a frente, lo podrán recordar divertidos.

Parece que por ahora se les resiste el objetivo europeo, aunque hayan logrado convencer a la mayoría de su electorado que la UE es algo negativo para los intereses de los EEUU.  Detrás de la aspiración antieuropea del presidente norteamericano, Donald Trump, que desafía décadas de alianza y fiel colaboración surgida del status quo tras la II Guerra Mundial, han estado siempre presentes la estrategia y la ideología: el presidente desea dirigir el país como una empresa, y para ello aplica el mismo criterio en política que en la culminación de un buen negocio: debilitar y dividir, para después vencer. Igual que su amigo Putin.

REGREXIT

 

 

Todo son ‘incendios’ alrededor de Theresa May.  Jeremy Corbyn ha aumentado la presión sobre la Premier en un momento especialmente crítico, durante el inicio de las negociaciones del Brexit. Por otro lado, Gerry Adams, líder histórico de Sinn Féin, visitó recientemente Downing Street, por primera vez en una década y acusó directamente a May de violar el Acuerdo del Viernes Santo. Según Adams, la posibilidad de un pacto entre el Partido Conservador y el DUP (partido Unionista de Irlanda del Norte) para lograr una mayoría en el Parlamento británico, supone una ruptura del papel de del Gobierno británico como garante del proceso de paz en Irlanda del Norte. Eso sin mencionar el desempeño que ha tenido la policía británica en la cuestión terrorista o en el reciente incendio en la torre Grenfell que ha sido considerado por un diputado laborista como ‘negligencia criminal.’ Tras dos atentados terroristas en menos de tres meses, la capital británica revivió la pesadilla con el aterrador incendio de la torre Grenfell en mitad de la noche.

 El pasado 22 de junio se cumplió un año del triunfo del Brexit, que se impuso en el referéndum con tan sólo un 3,7% de ventaja. La herida que abrió el debate europeo en el Reino Unido dista de haberse cerrado. Así lo reconoció ayer la máxima autoridad religiosa de la Iglesia de Inglaterra, Justin Welby, de 61 años, arzobispo de Canterburyque desde 2013. Welby reconoce que la situación política creada tras las últimas elecciones, sin una mayoría absoluta de Gobierno, “ha creado una tentación comprensible de convertir cada diferencia en un voto de confianza.” Welby demanda a los políticos británicos que busquen la unidad y eviten “la tentación de tomar ventajas domésticas a costa de estos acontecimientos” y ha propuesto a la primera ministra que auspicie una comisión bajo el paraguas del Parlamento, de la que formen parte todos los partidos para conseguir una posición común ante el Brexit. El órgano lo presidiría un político veterano, de prestigio y alejado de las actuales luchas partidistas. Algunos diputados laboristas habían abogado ya por una comisión como la que propone el arzobispo. Sin embargo, es dudoso que su idea agrade al sector brexitero duro del Partido Conservador.

Lo cierto es que una vez ya iniciadas las negociaciones para llevar a cabo el Brexit, en Inglaterra se escucha cada vez más una nueva palabra: ‘Regretxit’, que une el término Brexit con el verbo ‘Regret’ (arrepentirse). La compañía de sondeos YouGov, que acertó en su proyección de escaños que May perdería la mayoría absoluta, ha hecho una encuesta de satisfacción sobre el Brexit, encuesta en la que ya va en cabeza el ‘Regrexit’.  Hay que recordar que en el referéndum sobre esta cuestión se impuso la salida de la UE por 51,8% frente al 48,1% (17,4 millones de votos contra 16,1). Un año después, un 45% de los encuestados creen que la salida de la UE, será un error histórico, con lo que superan al 44% que todavía creen que el Brexit fue acertado: Un 40% cree que el país estará peor sin los que eran sus socios desde 1973 y un 25% prevén que mejor.

El principal motivo por el que se votó el Brexit fue recuperar soberanía, que las decisiones británicas las tomen los británicos. El segundo motivo es el control de la inmigración. La encuesta de ahora de YouGov para el ‘Times’, revela que el bolsillo vuelve a importar más que la inmigración: un 58% de los británicos dicen que en las negociaciones con la UE debe primar lograr un buen acceso el libre mercado europeo.

Los hechos son los siguientes: Los hogares británicos han perdido poder adquisitivo, la crisis política es palpable con un Gobierno muy débil tras las últimas elecciones. La posición negociadora británica es muy frágil y confusa y se espera una oleada de deslocalizaciones a medida que se avance en la ruptura. La aventura híper nacionalista del Brexit ya está castigando al Reino Unido. Además, la sociedad británica está políticamente partida en dos, dividida como nunca antes.

May adelantó las elecciones, fracasó y perdió la mayoría absoluta que le había legado Cameron. Está en minoría y muy cuestionada por su propio partido. El Gobierno británico no ha acabado nunca de definir una estrategia clara ante el Brexit, probablemente porque no la tiene. La Premier esbozó el pasado enero sus intenciones en línea para una salida dura: abandono del mercado único y la unión aduanera, control de las fronteras y fin de la libre circulación de comunitarios.

Pero todo va a depender del dolor que cause el Brexit. Los ingleses, a pesar de sus alardes de superioridad sobre el resto de Europa, suelen un pueblo práctico, que piensa mucho con el bolsillo. Si la aventura del Brexit empeora gravemente sus vidas, recularán, con aire digno e impostando que han ganado, pero al final darán un paso atrás. Si los daños son llevaderos, se buscará un acuerdo que dé cierto acceso al mercado único y se ofrecerán cuotas generosas de llegada de comunitarios. Pero desde el inicio oficial de las negociaciones en Bruselas para la salida de Gran Bretaña de la UE, al jefe negociador británico, el veterano David Davis, ministro para la Salida de la UE, fue goleado por su homólogo comunitario, el francés Michel Barnier, que le impuso calendario y modelo de negociación. Por ahora no pintan las cosas bien para la Bran Bretaña. Y el resto de la EU no lo permitirá tampoco.

Cambios para Cuba

 

Vamos a empoderar al pueblo cubano y hacer que el régimen rinda cuentas“, escribió Trump en Twitter, horas antes de dar un discurso en la Pequeña Habana, el barrio donde se concentra el exilio cubano.  Durante la carrera presidencial, Trump fue alterando el rumbo de su discurso sobre Cuba. El año pasado, durante las primarias, Trump dijo que apoyaba los esfuerzos del gobierno (de Obama) para restablecer las relaciones con la isla. Luego, en un mitin de Miami hace dos semanas, Trump afirmó que Obama debería haber asegurado mejores términos en las negociaciones con Cuba, y que “a menos que el régimen de Castro cumpla con nuestras demandas“, revertiría las órdenes ejecutivas de Obama.

Un año y tres meses después la visita de Obama a Cuba, Trump ha visitado Miami, la capital de la diáspora cubana, para reiterarle a un sector del exilio que cumplirá con una promesa de campaña que hizo a los veteranos de guerra de Bahía de Cochinos, quienes en 1961 arriesgaron sus vidas en una incursión a la isla, alentada y financiada por el Gobierno de John F. Kennedy. El presidente anunció en Miami un endurecimiento de la política hacia la isla, desmantelando una parte del legado de su antecesor. “Ahora que soy presidente expondré los crímenes de los Castro porque para Estados Unidos es mejor un continente en el que haya libertad, en Cuba, en Venezuela, para que la gente pueda vivir sus sueños”.  El presidente dijo que una de sus funciones es cambiar los malos Tratados, recordó el de Irán, y mencionó el de Cuba: “Los gobiernos anteriores aliviaron las restricciones de viaje y comercio y eso no ayuda al pueblo cubano, solamente enriquece al régimen castrista. No permaneceremos más en silencio frente a la opresión comunista“.

Sin embargo, esa ‘marcha atrás’ es parcial, no total como le hubiera gustado al exilio cubano más duro. El presidente, pese a su discurso anticastrista, mantiene muchas de las políticas de Obama hacia Cuba. Los decretos de la era Obama marcaron una diferencia más significativa en el aumento de la prestación de servicios en Cuba por parte de empresas estadounidenses: telecomunicaciones, internet, hoteles. Firmas como Airbnb anunciaron su nueva presencia en la isla. También fueron particularmente visibles en estos dos años y medio los negocios de las grandes aerolíneas y de cruceros estadounidenses que en 2016 empezaron a llegar a Cuba. Trump, quien ha seguido las directrices del senador Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, dos políticos muy influyentes en la comunidad cubanoamericana, dice lo que sucesivas administraciones de un signo u otro han venido a prometer a Miami: que más pronto que tarde Cuba será libre; que el objetivo es fomentar la autonomía de la sociedad civil y socavar a la dictadura; y que urge denunciar la violación de los derechos humanos en Cuba.

Por su parte en la isla, el ejecutivo de Raúl Castro respondió en una declaración difundida en todos los medios cubanos, “Cualquier estrategia dirigida a cambiar el sistema político, económico y social en Cuba, ya sea la que pretenda lograrlo a través de presiones e imposiciones, o empleando métodos más sutiles, estará condenada al fracaso. Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los que se están realizando ahora como parte del proceso de actualización del modelo económico y socialista de la isla, los ‘seguirá decidiendo soberanamente’ el pueblo cubano. Cuba ha protestado además ayer por la desvergüenza del presidente de Estados Unidos, al rodearse de ‘terroristas’ el viernes pasado en Miami para anunciar el endurecimiento de la política de su país hacia la isla, en un ‘grotesco espectáculo salido de la Guerra Fría’.

Pero ningún exilio es monolítico y el cubano no es una excepción. Al cabo de 59 años de destierro, hoy más que nunca los cubanoamericanos están divididos acerca de cuál es el mejor modo para propiciar una transición. Según datos de una encuesta que en 2016 publicó la Florida Internacional University, en el condado Miami Dade el 63% estaba en contra del embargo y un 57% apoyaba ampliar relaciones comerciales con Cuba. Y un sondeo publicado ayer por ‘Engage Cuba Coalition’ desmonta el estereotipo de que los republicanos se oponen a las políticas implementadas por Obama en relación con la isla. De hecho, la mayoría de los votantes republicanos quiere mantenerlas. Tampoco está claro el alcance de las medidas, en parte por la falta de transparencia de la economía cubana. Algunos expertos han criticado el endurecimiento de la política de EEUU hacia Cuba por considerarlo contraproducente. Para Jason Marczack, experto del Think Tank Atlantic Council, ha declarado que “el sistema cubano ya ha demostrado su resistencia a los intentos de aislamiento de EEUU durante las pasadas cinco décadas“.

No se va a producir un cambio hasta que los cubanos de la isla reaccionen. Como lo está haciendo el pueblo venezolano. Nada de lo que decidan gobernantes de fuera como Trump ahora, o antes Obama, va a tener una repercusión real en la vida del pueblo cubano. ¿Qué hace falta para que el pueblo de Cuba despierte, tenga fe en sí mismo, y sea capaz de revertir su historia y resucitar?, ¿Qué hace falta que pase en Cuba para que los cubanos muestren su identidad, su amor propio y saquen fuerzas para abrirse camino hacia el futuro? ¿Qué es necesario decirse entre ellos, los cubanos de a pie, de todas las edades y de todos los lugares de la isla para levantarse del largo letargo en que están sumergidos, dormidos, hipnotizados, paralizados y poner su probado ingenio y su músculo a trabajar?

Han pasado cincuenta y ocho años y el resultado es apatía, abulia y desinterés total por lograr una vida mejor. Un país decrépito, un pueblo abandonado a su suerte, sin aliciente, sin voluntad de lucha, sin metas, sin estímulo, sin sangre, dignidad ni ganas. Los once millones de cubanos querrían abandonar la isla, huir hacia otras tierras donde puedan lograr una vida más humana, más digna, más posible. Huir. Irse lejos de lo imposible. Triste realidad. Cuba, una isla que no produce, llena de personas que no trabajan y no participan. Una entelequia miserable producto de una revolución abyecta que se dedicó a demoler todo lo construido. ¡Reaccionen y luchen contra ese régimen que les ha robado todo, hasta la dignidad!

¿Porque los partidos populistas (extrema izquierda o de extrema derecha) son casi idénticos?

Contra todo pronóstico, los británicos votaban por dejar la Unión Europea, por una escasa minoría hace ahora un año. La razón fundamental, el miedo a lo que viene de fuera. Unos meses más tarde y contra todas las encuestas, los norteamericanos elegían a Donald Trump presidente, que ganó con un mensaje populista agitando el fantasma del miedo y apoyado por la ultraderecha europea. Finalmente, el próximo siete de mayo en la segunda vuelta de las presidenciales francesas Le Pen se medirá con Macron, habiendo demostrado que el Frente Nacional tiene una gran base electoral y una estructura que podría llevarle a vencer en las próximas legislativas.

En la actualidad, los partidos populistas de derecha gobiernan en Hungría y en Polonia. En otros estados europeos han conseguido ser fuerzas de gran influencia en la vida política, como Holanda y Dinamarca. Aunque no se trata de fenómenos nuevos, la crisis económica, el terrorismo islamista y las oleadas de refugiados han sido elementos que han dinamizado de forma decisiva a estos movimientos en el centro y norte de Europa en los últimos años.

Pero la extrema izquierda también gobierna: Los partidos tradicionales de la izquierda socialdemócrata se han ido desintegrando, atacados desde postulados populistas de izquierda que han alcanzado posiciones de gobierno en Grecia y en Portugal. Esto no un fenómeno nuevo: Juan Domingo Perón lo inventó en los años cuarenta en Argentina y está presente en la actualidad en Venezuela de forma dramática, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Cada cierto número de años, cuando se cumplen determinadas condiciones económicas, el populismo regresa, de una u otra forma, ya que ambas son muy similares.

El populismo de extrema derecha se asienta en las sociedades más ricas y desarrolladas y precisamente entre aquellas clases populares que se sienten discriminadas por el sistema. Este populismo se asienta básicamente sobre tres conceptos: nación, raza y religión. Según una reciente estudio de Chatham House, el prestigioso  instituto de relaciones internacionales, un 55% por ciento de los europeos no quiere más inmigración de países musulmanes, siendo más acentuada esta oposición en Polonia (71%) seguido por Austria, Alemania y Reino Unido. En ningún país europeo de los encuestados, el porcentaje ha bajado del 32%. El estudio también muestra que la oposición a la migración musulmana es particularmente intensa entre las personas mayores. También se divide por nivel educativo. Entre aquellos con educación secundaria (59% de oposición), frente a los que apoyan las políticas de freno a la inmigración musulmana entre titulados superiores (40%).

El populismo de extrema derecha pretende protegernos frente a todo lo ajeno a nuestra nación o a nuestra raza  y  los enemigos a destruir son las élites de los países que abanderan los cambios sociales y económicos producidos en las últimas décadas, representados por los partidos tradicionales.

El populismo de extrema izquierda plantea los términos más tradicionales del marxismo; los desposeídos frente a las élites económicas que manipulan la economía y la política para  sus propios intereses. Este es el fenómeno del populismo en América Latina y que teóricamente abanderan movimientos como Syriza o Podemos. Pero también en Francia, donde la candidata a la presidencia Marine Le Pen le acusó a su adversario Macron “Usted es la Francia de la sumisión” dijo Le Pen con desprecio, “En mi opinión, el señor Macron es simplemente un banquero sin corazón. Hemos visto la elección que ha hecho, las opciones cínicas, que revelan la frialdad del banquero de inversión que nunca dejó de ser“. Un mensaje que podría venir de un partido chavista, sin ir más lejos.

De cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, las similitudes entre Le Pen y el derrotado Mélenchon (un calco del español Podemos, partido fundado con dinero del régimen chavista) también resultan abrumadoras: una parte muy significativa de sus programas son absolutamente coincidentes, tanto en el fondo como en la forma. No se trata de meras semejanzas casuales y anecdóticas, sino de programas coherentes en su ruptura con un orden social moderadamente individualista e internacionalista: tanto unos como otros pretenden someter la libertad individual a la voluntad colectiva del ‘pueblo’, delegar en el Estado la administración de los designios de los ciudadanos y proteger a su país de las amenazas culturales o económicas exteriores.

Ciertamente, hay elementos clave que los separan de raíz; pero también hay otros elementos igualmente claves que objetivamente los acercan mucho más a Le Pen que a Macron. Por eso la relación es tan conflictiva: se odian, pero a la vez sus coincidencias son demasiado evidentes como para poder obviarlas.

Actualmente, el populismo está asociado tanto a la izquierda radical como a la extrema derecha. Esta última nunca ha enmascarado sus intenciones, haciendo alarde de sus convicciones anti-inmigración, anti-sistema económico liberal y en defensa de los valores tradicionales. En esa parte difieren, cierto. Pero tanto los unos como los otros, eso sí, son enemigos de las sociedades abiertas que siempre ha defendido el liberalismo: enemigos de la propiedad privada, de la igualdad universal, de la autorregulación social, de la globalización, de la libertad y responsabilidad individual. Ninguno de ellos defiende una concepción amplia de la libertad individual que constituya una frontera infranqueable frente al Estado tanto en el ámbito civil como en el económico. Ambos extremos promueven la primacía del colectivo, sobre la autonomía de la persona, si es necesario, empleando la violencia. Este populismo también se da en mundo islámico donde se está haciendo un discurso del mismo corte radical que rige en la gran mayoría de los paises musulmanes.

Ambos extremismos aportan el mismo tipo de liderazgo y de lenguaje transgresor como una herramienta esencial para diferenciarse de las élites, y lo que estas representan: Son grandes transgresores de las formas y del lenguaje y presumen de ello, ya que les reporta mucha popularidad entre su público. Esta dualidad nos conduce a considerar al populismo no como una ideología sino como una forma de representarse y de abordar el discurso político frente a unas supuestas élites incapaces de defender los intereses de ‘la gente’. Por eso, entre otras cosas, el populismo debe ser combatido intelectual y políticamente.

Y la siguiente es Francia

Marine Le Pen tiene dos semanas para intentar su milagro. Los sondeos le auguran una derrota el 7 de mayo contra Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Diferentes sondeos señalan una clara victoria de su rival, en torno al 62% contra un 38%. Macron parece destinado a ser el próximo presidente de Francia sin siquiera haberse definido políticamente. No tiene ningún partido político y nunca ha ocupado cargos electivos, pero es uno de los dos candidatos a la presidencia francesa. Hay algo magníficamente personal, además, en el caso de Macron. Nada importante de lo que de él se sabe parece alineado estrictamente en la simetría de la vida. Ambos candidatos están fuera del tradicional paradigma político francés por primera vez desde la segunda guerra mundial. No pertenecen a los partidos tradicionales que han formado gobierno desde entonces, ni son republicanos ni socialdemócratas. El repliegue socialdemócrata es otro asunto preocupante que habrá que analizar en otro momento. No sólo en Francia, sino en toda Europa.

Marine Le Pen es una mujer con muchas aristas: para vislumbrarla hay que referirse a unas declaraciones que realizó antes de las elecciones, a 12 días antes de la primera vuelta, sobre la redada del Velódrome, conocida en todos los manuales de historia como ‘La rafle du Vél d’Hiv’ y que han sido muy mal encajadas por parte de la opinión pública francesa pero sobre todo fuera de Francia: ha negado la responsabilidad de Francia, de sus gobernantes, de su policía, de su diplomacia y servicios de seguridad en la más famosa de las redadas de judíos para ser deportados en la Segunda Guerra Mundial, desenterrando siniestros fantasmas nacionales. Para entender estas declaraciones hay que ubicarlas en un contexto muy francés, el de la dificultad con la que ese país ha gestionado la idealización de la Resistencia francesa, la omisión del colaboracionismo y, en definitiva, todos los acontecimientos derivados de la ocupación nazi que, a partir de Vichy y del llamamiento de De Gaulle del 18 de junio, partió Francia en dos mitades que se disputaban la legitimidad oficialista. La realidad fue que la mayoría de la población fue indiferente o colaboracionista con el régimen de Vichy. Son historias ya antiguas, cierto. De hecho, la reflexión de Le Pen, aunque deshonesta, es típicamente gaullista, característica del gaullismo fundacional, cuando el general, obligado por la tarea de construir una república nueva sobre los escombros, los resentimientos y las derrotas de la anterior, exageró la narrativa del buen francés resistente y atribuyó a su pueblo una pureza moral necesaria para potenciar el orgullo de pertenencia. La reflexión de Le Pen es un anacronismo sin fundamento histórico en la que se inventa una Francia hipotética que no existió, la que ella querría recrear si gana las elecciones.

Por otro lado, está su reciente visita al Kremlin: cuando el presidente ruso Vladimir Putin se sentó a la mesa con la candidata ultraderechista francesa, y se le rompió el traje de adalid antifascista eslavo. Lo que la Segunda Guerra Mundial separó, lo empieza a unir los ataques yihadistas, así como el anhelo de Putin y Le Pen de ver una Europa dividida. Le Pen se ha convertido de manera oficiosa en la candidata favorita del Kremlin. Su partido recibió un préstamo de nueve millones de dólares del First Czech-Russian Bank, con sede en Moscú, cuando todas las entidades europeas le daban la espalda. El Frente Nacional (FN) se opuso siempre a las sanciones contra Rusia por su injerencia en Ucrania. Moscú lamenta los males que afectan a la UE, pero los efectos secundarios del ‘medicamento’ del FN son los que mejor vienen. Le Pen es escéptica sobre la OTAN y ha prometido un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE. Lo mismo que todos los populistas proponen, nada nuevo. Un ‘Frexit‘ dejaría desarbolado el poder político de la UE. Tal vez por eso el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, definió a Le Pen como “realista, o antiglobalista si lo prefieren“, un piropo que hizo extensible a Donald Trump, y a todos los miembros de dicho club. Anti-UE, anti-Euro, anti-OTAN, contra las élites, contra el mundo de las finanzas, por las nacionalizaciones, contra los acuerdos de liberalización del comercio internacional…Si es escogen párrafos de los programas de las formaciones populistas, muchos votantes no sabrían diferenciarlos ni a qué país se están refiriendo.

Marine Le Pen tiene quince días para intentar captar a los cabreados franceses. Ya tiene su eslogan para la segunda vuelta: “Yo soy la candidata del pueblo“. Nada original y típicamente populista. Sabe que debe ir a por todas e intensificar los ataques que ya viene lanzando contra Macron desde hace meses: ‘la candidata del pueblo’ contra el favorito de las finanzas, de los bancos, del CAC 40, de la prensa, del ‘establishment’… La jefa del Frente Nacional FN no puede rendirse sin intentar todavía un nuevo ‘efecto Trump’. El FN ha obtenido más de siete millones de votos en la primera vuelta. Es el partido que posee la base de votantes fieles más sólida. La volatilidad no es una enfermedad que afecte a Le Pen.

 Para Marine, como le gusta que le llamen, el enfrentamiento con Macron opondrá al menos argumentos bien diferenciados: nación contra Unión Europea; protección contra liberalismo; patriotismo contra internacionalismo; identidad contra diversidad; el pueblo contra las élites. Al igual que Donald Trump, la líder del Frente Nacional (FN) ha encontrado el cauce perfecto para llegar al gran público, para transmitir sus mensajes y consignas políticas y, al mismo tiempo, esquivar las críticas y ataques que lanzan contra ella numerosos periódicos y cadenas de televisión. Su arma secreta son las redes sociales. Los medios tradicionales, también en la muy cívica y culta Francia, se enfrentan a un desprestigio cada vez mayor.

La derecha y la izquierda tradicionales, viejas y sarnosas, de Fillón y Jean-Luc Mélenchon, se han quedado esta vez fuera.  Se han quedado compartiendo la representación de una ciudadanía melancólica que reniega del riesgo, la duda y las fricciones de una sociedad abierta. Le Pen piensa que ella es otra cosa. Voto desencantado, voto cabreado, es a lo que el FN puede aspirar. Marine Le Pen puede haber agotado el voto de adhesión en la primera vuelta. Ni el ‘efecto Trump’ ni la ayuda moral de Putin parecen suficientes para vencer a Emmanuel Macron. La destrucción del viejo paradigma político acaba de empezar y, por descontado, la renovación no será fácil.

Turquía: Se consumó el golpe

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha felicitado este martes a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, por su “pírrica victoria” en el referéndum del pasado domingo pese a las críticas de los observadores internacionales. Los turcos aprobaron el domingo por la mínima victoria una reforma constitucional impulsada por Erdogan que le permitirá extender su mandato hasta 2034 y sustituirá el sistema parlamentario que ha caracterizado la democracia turca por uno presidencialista. Las grandes ciudades como Estambul, Ankara, Bursa, Izmir rechazaron la reforma de forma contundente, que fue más apoyada en las zonas rurales, donde se prefería ‘un liderazgo fuerte’.

Esta cita electoral ha sido la gran ocasión del presidente Recep Tayyip Erdogan durante años, era para él posibilidad de hacerse con un poder tan grande como desconocido en Turquía desde los tiempos del mitificado fundador de la República, Mustafá Kemal Atatürk. Erdogan dispuso todo a su favor no solo para conseguir la aprobación de su reforma constitucional, sino también para lograrlo con un gran resultado. La seriedad de su rostro durante la primera intervención pública tras conocerse los resultados no dejaba lugar a la duda. “El referéndum se ha ganado, pero no se ha obtenido ninguna victoria”, escribía ayer Abdulkadir Selvi en el diario «Hürriyet», columnista muy cercano al Gobierno del islamista AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo). Y no ha sido por falta de recursos. Erdogan ha explotado hasta la saciedad el pasado intento de golpe de Estado: Las masivas purgas posteriores, con cerca de 50.000 encarcelados, parecían allanarle el camino hacia la victoria absoluta.

El Partido Republicano del Pueblo (CHP), la principal formación opositora de Turquía, de ideología socialdemócrata, ha anunciado este lunes que pedirá la anulación del referéndum del domingo, en el que un 51,4 por ciento de los votantes dijo «Sí». El analista político Semih Idiz ha declarado, que “Al final Erdogan se ha salido con la suya y ha conseguido el sistema que quería, pero no es la victoria que esperaba. Erdogan pedía un apoyo al sí de al menos un 60% durante la campaña, lo que habría dado legitimidad a su presidencia ejecutiva”. Al final se ha quedado en el 51,41%, y la oposición no ha reconocido los datos y ha anunciado que los impugnarán ante el Tribunal Constitucional.

El referéndum sobre la reforma constitucional en Turquía ha desencadenado además una oleada de reacciones en toda Europa. La idea de que Erdogan camina en dirección contraria a los valores europeos es la tesis más repetida y aunque en esta reforma no aparece nada referido al re-establecimiento de la pena de muerte, que es el límite que todos los países e instituciones han señalado como infranqueable, la forma en la que se ha llevado a cabo el referéndum y las consecuencias políticas que se desprenden del resultado son vistas desde Europa con mucho escepticismo, como un mal asunto. El síntoma más evidente ha sido la conclusión de los observadores electorales de la OSCE y del Consejo de Europa, que han señalado formalmente que el referéndum que ha decidido el reforzamiento de los poderes del presidente Erdogan, no ha tenido lugar bajo condiciones de la requerida imparcialidad democrática. No es frecuente que una misión de observadores electorales haga un señalamiento tan drástico sobre un proceso electoral, sobre todo tratándose de un país miembro del Consejo de Europa, como Turquía.

Desde países como Bélgica y Holanda se han lanzado ya advertencias a Erdogan sobre el uso que pueda llegar a hacer del resultado y se han empezado a pensar en la posibilidad de limitar la posibilidad de mantener la nacionalidad turca a los emigrantes que han adquirido la de los países donde ahora residen: deberán renunciar a la nacionalidad turca o perderían la nacionalidad adquirida, es decir, la belga o la holandesa. Por si no fuera suficiente, Erdogan se refirió a la posibilidad de convocar un referéndum sobre la adhesión de Turquía a la UE con la evidente intención de pedir a los turcos que voten en contra. Además de la idea de otra votación sobre el restablecimiento de la pena de muerte

 Recep Tayyip Erdogan se quitó la máscara democrática y desde el fallido ‘golpe’ o mejor, ‘auto-golpe’, asistimos al espectáculo de una Turquía autocrática y amenazante. Empezó chantajeando a la Unión Europea con la crisis de los refugiados, mientras se abrazaba ante las cámaras con otros líderes autocráticos o dictadores. Desde entonces miles de personas fueron detenidas, cesadas y expulsadas de sus trabajos por su presunta implicación, sin aportar ni una sola prueba. Toda una purga para afianzar el poder de Erdogan. Las luces rojas de la alarma hace tiempo que se encendieron alrededor de Erdogan, especialmente después de los incidentes con las autoridades de los Países Bajos y Alemania el pasado mes de marzo. Con esta nueva vuelta de tuerca autoritaria, el presidente de Turquía ha consumado la traición a quienes lo eligieron a través de las urnas y a los miles de ciudadanos que se lanzaron en su día a las calles para preservar el orden democrático.

Erdogan planea desmontar el régimen democrático y toda la pluralidad que había alcanzado la nación transcontinental, y reducir al mínimo la oposición. Quiere una Turquía Islamista solo para él: un país al que pueda manejar como ese imperio otomano con el que lleva soñando toda su vida. Bye-bye Atatürk!

 

Brexit & Gibraltar

Tras la toma de posiciones de Reino Unido, de las otras 27 capitales y del Consejo Europeo, la Euro cámara ha impuesto sus propias condiciones y exigencias de cara a la negociación del Brexit. Una lista de condiciones entre las que destaca la ausencia de cualquier referencia a Gibraltar. Es más, la Unión Europea determina que el futuro estatus de Gibraltar ha de ser acordado entre el Reino Unido y España. Y no es una casualidad. En el del borrador de las directrices del Consejo Europeo, la ya famosa cláusula 22 que dice que “ningún acuerdo entre la UE y Reino Unido podrá ser aplicado en el territorio de Gibraltar sin un acuerdo entre España y Reino Unido“. El discurso de líderes como Manfred Weber, ha recordado una y otra vez que los intereses de España son los de la UE en esta disputa. Por fin han admitido un hecho cierto: el Peñón es una posesión inglesa de ultramar y su estatus ha de ser negociado entre la potencia colonial, el Reino Unido, y la colonizada, España.

La roca fue ocupada por tropas del Reino Unido el 4 de agosto de 1704, cuando una flota angloholandesa mandada por el almirante George Rooke se apoderó del peñón. Rooke, consciente de la importancia estratégica del istmo, mandó izar la bandera inglesa. La conquista fue ‘legalizada’ por el Tratado de Utrecht. El documento, firmado por Ana Estuardo, reina de Inglaterra, y Felipe V rey de España, establece: «El Rey Católico, por sí y por todos sus sucesores, cede por este tratado a la Corona de Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, y las defensas y fortalezas que le pertenecen».

El Tratado de Utrecht no hace ninguna referencia a los límites fronterizos ni a las aguas jurisdiccionales. Sólo concedió a Inglaterra el poblado de Gibraltar y los fuertes españoles construidos para su defensa. Los ingleses expulsaron a la población local que se refugiaron en las inmediaciones, formando los que hoy es el pueblo de San Roque. Y repoblaron posteriormente el peñón con personas traídas de Malta, Chipre y norte de África. En 1830 Inglaterra concedió unilateralmente a Gibraltar el estatuto de colonia de la Corona. Hoy, Gibraltar es casi el único símbolo colonial del antiguo Imperio británico. A juicio de la ONU, la situación colonial de Gibraltar destruye la unidad y la integridad territorial de España, y su mantenimiento es contrario a la Carta de Naciones Unidas. Por eso ha instado en repetidas ocasiones al Reino Unido a poner fin a su presencia en el peñón.

Me extraña el asombro inglés ante todas estas circunstancias, incluido el del progresista diario ‘The Guardian’, tras la decisión europea de reconocer algo tan elemental como que Gibraltar es una colonia. Esto no lo dice España sino el propio Reino Unido, ya que por acta del Parlamento, la soberanía del Peñón está en Westminster y su condición jurídica es la de ‘overseas territory’, algo similar a otros pequeños territorios bajo soberanía inglesa dispersos por el mundo, sin más diferencia que la cláusula de reversión de Gibraltar a España, prevista en el Tratado de Utrecht. Lo dice también la ONU, que coloca a Gibraltar entre los territorios a descolonizar, lo que no ocurre con Ceuta ni con Melilla, por ejemplo.

El periódico tabloide ‘The Sun’, haciendo gala de la xenofobia hija del Brexit, ha decidido lanzar su vomitiva campaña en defensa de Gibraltar, pintando en portada el Peñón con la Union Jack y regalando en el interior un póster bilingüe donde señala “Hands off Our Rock/Nuestra Roca no se Toca”. Su columnista Kelvin Mackenzie ha llamado “follaburros” a los españoles, incitando a sus compatriotas a prepararse para una buena vieja lucha y se atrevió a sugerir la expulsión de los españoles residentes en el Reino Unido (“Say adiós, Manuel”). La portada del martes recoge el testigo con un provocador titular a toda página: “Up yours senors!”, que se puede traducir como “A tomar por culo, señores” dirigido a los “entrometidos líderes” españoles y europeos ante el futuro de Gibraltar. Mackenzie parece haber olvidado que en España residen más de 300.000 ciudadanos británicos. Absolutamente lamentable, especialmente viniendo de un pueblo que se cree tan civilizado.

 Gibraltar era una de las múltiples razones por las que el Reino Unido no debía abandonar la UE. Cabría esperar de un país maduro y responsable que, en lugar de alimentar el populismo, tanto de Gibraltar como de la opinión pública, recordase estas evidencias. Gibraltar es un contencioso tan viejo como enrevesado que tiene que resolverse por negociaciones hispano-británicas. Está claro que los gibraltareños están muy nerviosos, mientras la vieja guardia tory redobla los tambores de guerra. Pero la posición de Theresa May es débil. Se comprende su nerviosismo, como el belicismo de la vieja guardia tory, que sueña con revivir las glorias imperiales enviando la Navy a Gibraltar, como hicieron en las Malvinas.

A Gibraltar no hay que invadirla, ni siquiera cerrar la verja. Bastará con aplicar las normas que le corresponden ya que, según las ventajas que Londres le negoció, no está incluido en el Tratado de Schengen como fronteras interiores dentro de la UE, lo que le ha permitido tener la cuarta renta per cápita del mundo y ser como el resto de las colonias británicas, auténticos paraísos fiscales. Bastaría la estricta aplicación de ese tratado para que tales ventajas desapareciesen. Falta que Reino Unido asuma esta evidencia. No debería de ser difícil en un país que tuvo imperio tan inmenso. Al fin y al cabo, si pudo devolver India a los indios bien podría devolver Gibraltar a los españoles. Que los gibraltareños quieran mantener eternamente una colonia inglesa sobre territorio español es comprensible, les va en ello un nivel de vida privilegiado. Pero que Europa aceptase y defendiese el mantenimiento de un orden colonial sobre el territorio de un país miembro resultaba inaceptable y ofensivo.

Los gibraltareños dicen que quieren ser británicos y europeos. Hasta ahora fue posible. Ahora deberán elegir. Respecto a los ingleses, sabemos que, para ellos, lo único que cuenta son sus intereses, y eso es precisamente lo que más temen los gibraltareños. Aunque ahora no les valdrá la xenofobia, ni sus insultos abyectos, ni sus amenazas ridículas, ni su pretendida superioridad ante el resto del mundo. En lo que a mi respecta, ¡viva el Brexit!