Y la siguiente es Francia

Marine Le Pen tiene dos semanas para intentar su milagro. Los sondeos le auguran una derrota el 7 de mayo contra Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Diferentes sondeos señalan una clara victoria de su rival, en torno al 62% contra un 38%. Macron parece destinado a ser el próximo presidente de Francia sin siquiera haberse definido políticamente. No tiene ningún partido político y nunca ha ocupado cargos electivos, pero es uno de los dos candidatos a la presidencia francesa. Hay algo magníficamente personal, además, en el caso de Macron. Nada importante de lo que de él se sabe parece alineado estrictamente en la simetría de la vida. Ambos candidatos están fuera del tradicional paradigma político francés por primera vez desde la segunda guerra mundial. No pertenecen a los partidos tradicionales que han formado gobierno desde entonces, ni son republicanos ni socialdemócratas. El repliegue socialdemócrata es otro asunto preocupante que habrá que analizar en otro momento. No sólo en Francia, sino en toda Europa.

Marine Le Pen es una mujer con muchas aristas: para vislumbrarla hay que referirse a unas declaraciones que realizó antes de las elecciones, a 12 días antes de la primera vuelta, sobre la redada del Velódrome, conocida en todos los manuales de historia como ‘La rafle du Vél d’Hiv’ y que han sido muy mal encajadas por parte de la opinión pública francesa pero sobre todo fuera de Francia: ha negado la responsabilidad de Francia, de sus gobernantes, de su policía, de su diplomacia y servicios de seguridad en la más famosa de las redadas de judíos para ser deportados en la Segunda Guerra Mundial, desenterrando siniestros fantasmas nacionales. Para entender estas declaraciones hay que ubicarlas en un contexto muy francés, el de la dificultad con la que ese país ha gestionado la idealización de la Resistencia francesa, la omisión del colaboracionismo y, en definitiva, todos los acontecimientos derivados de la ocupación nazi que, a partir de Vichy y del llamamiento de De Gaulle del 18 de junio, partió Francia en dos mitades que se disputaban la legitimidad oficialista. La realidad fue que la mayoría de la población fue indiferente o colaboracionista con el régimen de Vichy. Son historias ya antiguas, cierto. De hecho, la reflexión de Le Pen, aunque deshonesta, es típicamente gaullista, característica del gaullismo fundacional, cuando el general, obligado por la tarea de construir una república nueva sobre los escombros, los resentimientos y las derrotas de la anterior, exageró la narrativa del buen francés resistente y atribuyó a su pueblo una pureza moral necesaria para potenciar el orgullo de pertenencia. La reflexión de Le Pen es un anacronismo sin fundamento histórico en la que se inventa una Francia hipotética que no existió, la que ella querría recrear si gana las elecciones.

Por otro lado, está su reciente visita al Kremlin: cuando el presidente ruso Vladimir Putin se sentó a la mesa con la candidata ultraderechista francesa, y se le rompió el traje de adalid antifascista eslavo. Lo que la Segunda Guerra Mundial separó, lo empieza a unir los ataques yihadistas, así como el anhelo de Putin y Le Pen de ver una Europa dividida. Le Pen se ha convertido de manera oficiosa en la candidata favorita del Kremlin. Su partido recibió un préstamo de nueve millones de dólares del First Czech-Russian Bank, con sede en Moscú, cuando todas las entidades europeas le daban la espalda. El Frente Nacional (FN) se opuso siempre a las sanciones contra Rusia por su injerencia en Ucrania. Moscú lamenta los males que afectan a la UE, pero los efectos secundarios del ‘medicamento’ del FN son los que mejor vienen. Le Pen es escéptica sobre la OTAN y ha prometido un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE. Lo mismo que todos los populistas proponen, nada nuevo. Un ‘Frexit‘ dejaría desarbolado el poder político de la UE. Tal vez por eso el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, definió a Le Pen como “realista, o antiglobalista si lo prefieren“, un piropo que hizo extensible a Donald Trump, y a todos los miembros de dicho club. Anti-UE, anti-Euro, anti-OTAN, contra las élites, contra el mundo de las finanzas, por las nacionalizaciones, contra los acuerdos de liberalización del comercio internacional…Si es escogen párrafos de los programas de las formaciones populistas, muchos votantes no sabrían diferenciarlos ni a qué país se están refiriendo.

Marine Le Pen tiene quince días para intentar captar a los cabreados franceses. Ya tiene su eslogan para la segunda vuelta: “Yo soy la candidata del pueblo“. Nada original y típicamente populista. Sabe que debe ir a por todas e intensificar los ataques que ya viene lanzando contra Macron desde hace meses: ‘la candidata del pueblo’ contra el favorito de las finanzas, de los bancos, del CAC 40, de la prensa, del ‘establishment’… La jefa del Frente Nacional FN no puede rendirse sin intentar todavía un nuevo ‘efecto Trump’. El FN ha obtenido más de siete millones de votos en la primera vuelta. Es el partido que posee la base de votantes fieles más sólida. La volatilidad no es una enfermedad que afecte a Le Pen.

 Para Marine, como le gusta que le llamen, el enfrentamiento con Macron opondrá al menos argumentos bien diferenciados: nación contra Unión Europea; protección contra liberalismo; patriotismo contra internacionalismo; identidad contra diversidad; el pueblo contra las élites. Al igual que Donald Trump, la líder del Frente Nacional (FN) ha encontrado el cauce perfecto para llegar al gran público, para transmitir sus mensajes y consignas políticas y, al mismo tiempo, esquivar las críticas y ataques que lanzan contra ella numerosos periódicos y cadenas de televisión. Su arma secreta son las redes sociales. Los medios tradicionales, también en la muy cívica y culta Francia, se enfrentan a un desprestigio cada vez mayor.

La derecha y la izquierda tradicionales, viejas y sarnosas, de Fillón y Jean-Luc Mélenchon, se han quedado esta vez fuera.  Se han quedado compartiendo la representación de una ciudadanía melancólica que reniega del riesgo, la duda y las fricciones de una sociedad abierta. Le Pen piensa que ella es otra cosa. Voto desencantado, voto cabreado, es a lo que el FN puede aspirar. Marine Le Pen puede haber agotado el voto de adhesión en la primera vuelta. Ni el ‘efecto Trump’ ni la ayuda moral de Putin parecen suficientes para vencer a Emmanuel Macron. La destrucción del viejo paradigma político acaba de empezar y, por descontado, la renovación no será fácil.

Turquía: Se consumó el golpe

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha felicitado este martes a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, por su “pírrica victoria” en el referéndum del pasado domingo pese a las críticas de los observadores internacionales. Los turcos aprobaron el domingo por la mínima victoria una reforma constitucional impulsada por Erdogan que le permitirá extender su mandato hasta 2034 y sustituirá el sistema parlamentario que ha caracterizado la democracia turca por uno presidencialista. Las grandes ciudades como Estambul, Ankara, Bursa, Izmir rechazaron la reforma de forma contundente, que fue más apoyada en las zonas rurales, donde se prefería ‘un liderazgo fuerte’.

Esta cita electoral ha sido la gran ocasión del presidente Recep Tayyip Erdogan durante años, era para él posibilidad de hacerse con un poder tan grande como desconocido en Turquía desde los tiempos del mitificado fundador de la República, Mustafá Kemal Atatürk. Erdogan dispuso todo a su favor no solo para conseguir la aprobación de su reforma constitucional, sino también para lograrlo con un gran resultado. La seriedad de su rostro durante la primera intervención pública tras conocerse los resultados no dejaba lugar a la duda. “El referéndum se ha ganado, pero no se ha obtenido ninguna victoria”, escribía ayer Abdulkadir Selvi en el diario «Hürriyet», columnista muy cercano al Gobierno del islamista AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo). Y no ha sido por falta de recursos. Erdogan ha explotado hasta la saciedad el pasado intento de golpe de Estado: Las masivas purgas posteriores, con cerca de 50.000 encarcelados, parecían allanarle el camino hacia la victoria absoluta.

El Partido Republicano del Pueblo (CHP), la principal formación opositora de Turquía, de ideología socialdemócrata, ha anunciado este lunes que pedirá la anulación del referéndum del domingo, en el que un 51,4 por ciento de los votantes dijo «Sí». El analista político Semih Idiz ha declarado, que “Al final Erdogan se ha salido con la suya y ha conseguido el sistema que quería, pero no es la victoria que esperaba. Erdogan pedía un apoyo al sí de al menos un 60% durante la campaña, lo que habría dado legitimidad a su presidencia ejecutiva”. Al final se ha quedado en el 51,41%, y la oposición no ha reconocido los datos y ha anunciado que los impugnarán ante el Tribunal Constitucional.

El referéndum sobre la reforma constitucional en Turquía ha desencadenado además una oleada de reacciones en toda Europa. La idea de que Erdogan camina en dirección contraria a los valores europeos es la tesis más repetida y aunque en esta reforma no aparece nada referido al re-establecimiento de la pena de muerte, que es el límite que todos los países e instituciones han señalado como infranqueable, la forma en la que se ha llevado a cabo el referéndum y las consecuencias políticas que se desprenden del resultado son vistas desde Europa con mucho escepticismo, como un mal asunto. El síntoma más evidente ha sido la conclusión de los observadores electorales de la OSCE y del Consejo de Europa, que han señalado formalmente que el referéndum que ha decidido el reforzamiento de los poderes del presidente Erdogan, no ha tenido lugar bajo condiciones de la requerida imparcialidad democrática. No es frecuente que una misión de observadores electorales haga un señalamiento tan drástico sobre un proceso electoral, sobre todo tratándose de un país miembro del Consejo de Europa, como Turquía.

Desde países como Bélgica y Holanda se han lanzado ya advertencias a Erdogan sobre el uso que pueda llegar a hacer del resultado y se han empezado a pensar en la posibilidad de limitar la posibilidad de mantener la nacionalidad turca a los emigrantes que han adquirido la de los países donde ahora residen: deberán renunciar a la nacionalidad turca o perderían la nacionalidad adquirida, es decir, la belga o la holandesa. Por si no fuera suficiente, Erdogan se refirió a la posibilidad de convocar un referéndum sobre la adhesión de Turquía a la UE con la evidente intención de pedir a los turcos que voten en contra. Además de la idea de otra votación sobre el restablecimiento de la pena de muerte

 Recep Tayyip Erdogan se quitó la máscara democrática y desde el fallido ‘golpe’ o mejor, ‘auto-golpe’, asistimos al espectáculo de una Turquía autocrática y amenazante. Empezó chantajeando a la Unión Europea con la crisis de los refugiados, mientras se abrazaba ante las cámaras con otros líderes autocráticos o dictadores. Desde entonces miles de personas fueron detenidas, cesadas y expulsadas de sus trabajos por su presunta implicación, sin aportar ni una sola prueba. Toda una purga para afianzar el poder de Erdogan. Las luces rojas de la alarma hace tiempo que se encendieron alrededor de Erdogan, especialmente después de los incidentes con las autoridades de los Países Bajos y Alemania el pasado mes de marzo. Con esta nueva vuelta de tuerca autoritaria, el presidente de Turquía ha consumado la traición a quienes lo eligieron a través de las urnas y a los miles de ciudadanos que se lanzaron en su día a las calles para preservar el orden democrático.

Erdogan planea desmontar el régimen democrático y toda la pluralidad que había alcanzado la nación transcontinental, y reducir al mínimo la oposición. Quiere una Turquía Islamista solo para él: un país al que pueda manejar como ese imperio otomano con el que lleva soñando toda su vida. Bye-bye Atatürk!

 

Brexit & Gibraltar

Tras la toma de posiciones de Reino Unido, de las otras 27 capitales y del Consejo Europeo, la Euro cámara ha impuesto sus propias condiciones y exigencias de cara a la negociación del Brexit. Una lista de condiciones entre las que destaca la ausencia de cualquier referencia a Gibraltar. Es más, la Unión Europea determina que el futuro estatus de Gibraltar ha de ser acordado entre el Reino Unido y España. Y no es una casualidad. En el del borrador de las directrices del Consejo Europeo, la ya famosa cláusula 22 que dice que “ningún acuerdo entre la UE y Reino Unido podrá ser aplicado en el territorio de Gibraltar sin un acuerdo entre España y Reino Unido“. El discurso de líderes como Manfred Weber, ha recordado una y otra vez que los intereses de España son los de la UE en esta disputa. Por fin han admitido un hecho cierto: el Peñón es una posesión inglesa de ultramar y su estatus ha de ser negociado entre la potencia colonial, el Reino Unido, y la colonizada, España.

La roca fue ocupada por tropas del Reino Unido el 4 de agosto de 1704, cuando una flota angloholandesa mandada por el almirante George Rooke se apoderó del peñón. Rooke, consciente de la importancia estratégica del istmo, mandó izar la bandera inglesa. La conquista fue ‘legalizada’ por el Tratado de Utrecht. El documento, firmado por Ana Estuardo, reina de Inglaterra, y Felipe V rey de España, establece: «El Rey Católico, por sí y por todos sus sucesores, cede por este tratado a la Corona de Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, y las defensas y fortalezas que le pertenecen».

El Tratado de Utrecht no hace ninguna referencia a los límites fronterizos ni a las aguas jurisdiccionales. Sólo concedió a Inglaterra el poblado de Gibraltar y los fuertes españoles construidos para su defensa. Los ingleses expulsaron a la población local que se refugiaron en las inmediaciones, formando los que hoy es el pueblo de San Roque. Y repoblaron posteriormente el peñón con personas traídas de Malta, Chipre y norte de África. En 1830 Inglaterra concedió unilateralmente a Gibraltar el estatuto de colonia de la Corona. Hoy, Gibraltar es casi el único símbolo colonial del antiguo Imperio británico. A juicio de la ONU, la situación colonial de Gibraltar destruye la unidad y la integridad territorial de España, y su mantenimiento es contrario a la Carta de Naciones Unidas. Por eso ha instado en repetidas ocasiones al Reino Unido a poner fin a su presencia en el peñón.

Me extraña el asombro inglés ante todas estas circunstancias, incluido el del progresista diario ‘The Guardian’, tras la decisión europea de reconocer algo tan elemental como que Gibraltar es una colonia. Esto no lo dice España sino el propio Reino Unido, ya que por acta del Parlamento, la soberanía del Peñón está en Westminster y su condición jurídica es la de ‘overseas territory’, algo similar a otros pequeños territorios bajo soberanía inglesa dispersos por el mundo, sin más diferencia que la cláusula de reversión de Gibraltar a España, prevista en el Tratado de Utrecht. Lo dice también la ONU, que coloca a Gibraltar entre los territorios a descolonizar, lo que no ocurre con Ceuta ni con Melilla, por ejemplo.

El periódico tabloide ‘The Sun’, haciendo gala de la xenofobia hija del Brexit, ha decidido lanzar su vomitiva campaña en defensa de Gibraltar, pintando en portada el Peñón con la Union Jack y regalando en el interior un póster bilingüe donde señala “Hands off Our Rock/Nuestra Roca no se Toca”. Su columnista Kelvin Mackenzie ha llamado “follaburros” a los españoles, incitando a sus compatriotas a prepararse para una buena vieja lucha y se atrevió a sugerir la expulsión de los españoles residentes en el Reino Unido (“Say adiós, Manuel”). La portada del martes recoge el testigo con un provocador titular a toda página: “Up yours senors!”, que se puede traducir como “A tomar por culo, señores” dirigido a los “entrometidos líderes” españoles y europeos ante el futuro de Gibraltar. Mackenzie parece haber olvidado que en España residen más de 300.000 ciudadanos británicos. Absolutamente lamentable, especialmente viniendo de un pueblo que se cree tan civilizado.

 Gibraltar era una de las múltiples razones por las que el Reino Unido no debía abandonar la UE. Cabría esperar de un país maduro y responsable que, en lugar de alimentar el populismo, tanto de Gibraltar como de la opinión pública, recordase estas evidencias. Gibraltar es un contencioso tan viejo como enrevesado que tiene que resolverse por negociaciones hispano-británicas. Está claro que los gibraltareños están muy nerviosos, mientras la vieja guardia tory redobla los tambores de guerra. Pero la posición de Theresa May es débil. Se comprende su nerviosismo, como el belicismo de la vieja guardia tory, que sueña con revivir las glorias imperiales enviando la Navy a Gibraltar, como hicieron en las Malvinas.

A Gibraltar no hay que invadirla, ni siquiera cerrar la verja. Bastará con aplicar las normas que le corresponden ya que, según las ventajas que Londres le negoció, no está incluido en el Tratado de Schengen como fronteras interiores dentro de la UE, lo que le ha permitido tener la cuarta renta per cápita del mundo y ser como el resto de las colonias británicas, auténticos paraísos fiscales. Bastaría la estricta aplicación de ese tratado para que tales ventajas desapareciesen. Falta que Reino Unido asuma esta evidencia. No debería de ser difícil en un país que tuvo imperio tan inmenso. Al fin y al cabo, si pudo devolver India a los indios bien podría devolver Gibraltar a los españoles. Que los gibraltareños quieran mantener eternamente una colonia inglesa sobre territorio español es comprensible, les va en ello un nivel de vida privilegiado. Pero que Europa aceptase y defendiese el mantenimiento de un orden colonial sobre el territorio de un país miembro resultaba inaceptable y ofensivo.

Los gibraltareños dicen que quieren ser británicos y europeos. Hasta ahora fue posible. Ahora deberán elegir. Respecto a los ingleses, sabemos que, para ellos, lo único que cuenta son sus intereses, y eso es precisamente lo que más temen los gibraltareños. Aunque ahora no les valdrá la xenofobia, ni sus insultos abyectos, ni sus amenazas ridículas, ni su pretendida superioridad ante el resto del mundo. En lo que a mi respecta, ¡viva el Brexit!

Autogolpe de Estado en Venezuela

La decisión del Supremo venezolano de usurpar las competencias del Parlamento y otorgar poderes extraordinarios a Nicolás Maduro es un hecho, sin precedentes, que constituye un golpe de Estado real. Según dicha decisión, siete magistrados nombrados a dedo por el chavismo sustituirán a los 167 diputados elegidos en las elecciones de diciembre de 2015. Además, a los diputados se les retira cualquier inmunidad parlamentaria.

Los diputados de la Asamblea nacional coinciden en calificar la sentencia 156 del Tribunal Supremo de Justicia como un golpe de estado que ha dado el régimen de Nicolás Maduro para consolidar la dictadura chavista. El Tribunal Supremo de Justicia es el brazo jurídico de Maduro que se ha dedicado a boicotear todas las decisiones emanadas del parlamento. Ha dictado unas 46 sentencias contra todos los actos legislativos emitidos por los representantes de la soberanía popular. Mientras ayer, el chavismo en las calles cantaba un grito de guerra: “¡Y va a caer, y va a caer, esta Asamblea va a caer!”.

Juan Miguel Matheus, representante del partido ‘Primero Justicia’, manifestó que “frente a la ficción jurídica y arbitraria del Supremo tribunal, está el pueblo de Venezuela y la Asamblea Nacional como representantes del verdadero poder real de la nación.” El opositor venezolano Leopoldo López, encarcelado desde hace varios años en un juicio farsa, como confirmó desde el exilio el juez que dirigió al tribunal que le juzgó, ha opinado que lo sucedido es la formalización de una dictadura, “Hoy, a través de una sentencia ilegal e ilegítima, el Tribunal Superior de Justicia decretó formalmente la dictadura que desde 2014 hemos denunciado en Venezuela.

La Organización de Estados Americanos, OEA, ha empezado ya a intervenir en la búsqueda de una salida que acorte la agonía del chavismo y reduzca los daños para los venezolanos y, todos los gobiernos democráticos, desde la UE, EEUU, Argentina, Perú, que incluso ha retirado a su embajador en Caracas, han condenado el autogolpe que constituye un paso más de la deriva autoritaria que ha convertido Venezuela en una tiranía. El secretario general de la OEA, Luis Almagro reiteró que el hecho de que el TSJ se atribuyese las funciones del Legislativo es “un procedimiento que no conoce de ninguna de las más elementales garantías de un debido proceso“. Como era de esperar, la respuesta de Nicolás Maduro fue como siempre la del ataque y el insulto. Por supuesto, el oficialismo cubano apoya a Maduro, manifestando que “se ha afianzado la legalidad”. Ridículo.

El golpe de Maduro contra el parlamento venezolano es una sentencia que marca un punto de no retorno de la dictadura que requiere del pueblo venezolano, de la sociedad civil, los partidos y sobre todo los diputados de la Asamblea, iniciar un nuevo proceso de movilización y resistencia democrática y cívica para enfrentar este golpe y recuperar la soberanía nacional.  Si no existe Parlamento no hay soberanía popular y tampoco república. Ayer decretaron la muerte del Congreso, pero en los últimos meses han ido cerrando medios de comunicación, universidades, comercios, partidos políticos y sindicatos.

El chavismo está viviendo sus últimos momentos, con la economía paralizada y la estructura institucional devastada por la corrupción, pero en la agonía es cuando un animal mortalmente herido se vuelve mas peligroso. Venezuela es una narcodictadura inquietante, una organización criminal que oprime y castiga al pueblo venezolano. Su líder no está preparado ni ética, política ni intelectualmente para dirigir las riendas del otrora rico país latinoamericano. Es urgente poner fin a la tiranía, a un régimen indecente, una farsa política que no conducirá a ninguna parte, salvo a la catástrofe más devastadora para los venezolanos.

¿Que pasa con los paises del sur de Europa?

Una de las características que debe tener cualquier político que presida un organismo intergubernamental es la capacidad para llevarse bien con todos los países a los que representa. Algo que, al presidente del Eurogrupo el holandés Jeroen Dijsselbloem, se le ha olvidado en los últimos días. Dijssembloem se olvidó del carácter institucional de su cargo cuando, con la mayor seriedad y sin atisbo de ironía, apuntó durante una entrevista en el Frankfurter Allgemeine a propósito de los países del sur de Europa, que “los países del norte de Europa han sido solidarios con los países afectados por la crisis del Euro“, mientras que los del sur se gastaban el dinero que les llegaba en copas y mujeres. Un comentario cargado de estereotipos y prejuicios impropio de un cargo de esa importancia entre los países del euro.

No es mala comparación para un ciudadano de los Países Bajos, donde se fuma marihuana en los coffee-shops y los escaparates de los burdeles de Ámsterdam son un reclamo turístico de acuerdo con su vieja tradición portuaria. Pero sobre todo constituye una expresiva muestra de solidaridad muy poco apropiada para un militante socialdemócrata. Dijsselbloem es miembro del PvDA, el Partido Laborista, que ha sido vapuleado en las recientes elecciones holandesas. Es un político de izquierdas. Y además es el responsable de una institución europea.

Dijsselbloem agravó su error en el Parlamento europeo al día siguiente, cuando se negó a pedir disculpas por esas frases insultantes, como le exigieron algunos eurodiputados. La presión sobre el holandés se incrementó y se extendió, como no podía ser de otra forma, a todos los gobiernos del sur de Europa. El ex primer ministro italiano, Mateo Renzi calificó de “estúpidas” sus palabras y pidió su dimisión inmediata. El primer ministro de Portugal, Antonio Costa, se sumó a las críticas y calificó sus palabras de “racistas, sexistas y xenófobas. El señor Dijssselbloem debe desaparecer. Hasta su familia política comunitaria, los socialdemócratas, han renegado de un “neoliberal con camiseta de socialista, machista y racista“. La lluvia de insultos cogió completamente desprevenido y muy tocado a uno de los políticos con más peso y proyección en la UE, al austero y riguroso moralista que desde 2013 ha llevado las riendas de la zona euro.

En su país están sorprendidos por la frase de Dijsselbloem, pero también por las reacciones. Creen que las acusaciones de racista y sobre todo de machista están fuera de lugar. Defienden que es una persona íntegra y uno de los políticos más decentes, acostumbrado a decir la verdad a la cara. “Lamento si alguien se ofendió por mi comentario. Fue directo y puede ser explicado por la estricta cultura calvinista holandesa. Sé que no es algo que siempre se entiende y se aprecia bien en toda Europa“, dijo esta semana en un forzado amago de disculpa.

El mensaje y la superioridad moral no son algo nuevo, algo que sorprenda. Yo misma lo he oído varias veces. Desde el inicio de esa crisis, los dirigentes de media docena de países que tienen tatuado en su ADN La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, hacen continuamente comparaciones y chistes de dudoso gusto sobre los perezosos vecinos del sur que se gastan el dinero de los sufridos ahorradores bávaros o zelandeses en fiesta y sin trabajar. Aunque después no dudan en vacacionar en esos perezosos países del sur, fascinados por su belleza artística y de su naturaleza, su clima, sus mares limpios y azules, su comida y su estilo de vida, donde a veces asombran a los lugareños con su comportamiento, muy lejos de ser lo edificante y mesurado que pretenden proyectar.

La peligrosa presión del populismo está quebrando el principio de cohesión y replanteando el sentido de la solidaridad al entenderla como un problema: Trump en los EEUU con sus restricciones migratorias y la obligación a las compañías estadounidenses de invertir de los EEUU; el Brexit que ha empezado oficialmente hoy; el populista Wilders que estuvo a punto de ganar las elecciones en Holanda recientemente, quieren abandonar la UE para redistribuir la renta entre sus nacionales de origen, de tres o más generaciones. El pensamiento se ha contagiado también a la izquierda populista del sur de Europa: un falso progresismo populista que sólo admite la redistribución dentro de los límites de su aldea. En Italia, Beppe Grillo quiere abandonar la UE, también Marine Le Pen en Francia. En España, los independentistas catalanes se declaran cansados de financiar los subsidios de los vagos andaluces para que se pasen el día al sol y cantando flamenco, en sus romerías y ferias, como todo el mundo sabe.

Hace tiempo que Dijsselbloem tiene el cargo en peligro, aunque ha aguantado bien, sostenido por los equilibrios de la ‘partitocracia’ de Bruselas. En el ambiente comunitario su mentalidad cuenta con bastantes adeptos y de hecho es un importante lobby ideológico. Aunque eso no le ha servido para que setenta eurodiputados, principalmente del Grupo Popular Europeo, han enviado una carta pidiendo su dimisión por los comentarios racistas y sexistas. Dijsselbloem no debe permanecer ni un día más en la presidencia del Eurogrupo. Se niega a dimitir y ha justificado sus palabras por la “forma de hablar directa” de los holandeses, mientras que los eurodiputados consideran que “la cultura calvinista nada tiene que ver con menospreciar a otras personas. Respetar valores como la igualdad debe ser la primera obligación de cualquier líder europeo.” Es cierto que los holandeses son muy directos, pero eso no significa que sean ofensivos. De hecho, suelen ser muy tolerantes y políticamente correctos, quizás demasiado, y quizás con quien no deberían…

El Chavismo o como morir matando

 

El actual régimen político en Venezuela, el chavismo, está en su última fase. Pero si bien agoniza, está poniendo en peligro la salud e incluso la vida de muchos de sus ciudadanos. A finales de 2013 los venezolanos comenzaron a experimentar los problemas de desabastecimiento y escasez de productos básicos, con las consiguientes colas formadas en las puertas de los supermercados para conseguir comida. Ahora, la situación ha emperorado muchisimo. Según uno de los principales asesores económicos e ideólogo de Hugo Chávez, Heinz Dieterich Steffan, “La crisis económica se ha convertido en una crisis política terminal para Maduro. En menos de dos años, una troika de ineptos y prepotentes ha despilfarrado la herencia de lucha popular, desprestigiando la alternativa del socialismo del siglo XXI“. Dieterich fue el creador precisamente de ese concepto que Hugo Chávez utilizó para su causa.

En un reciente reportaje de la agencia francesa AFP, se refleja la desesperación que padece un creciente número de venezolanos para poder llevarse algo a la boca, teniendo que recurrir a la basura para comer. Miles de personas, un 10% de la población según la oposición, han encontrado en la basura su despensa para combatir el hambre y la miseria. El 81,8% de los hogares venezolanos viven en pobreza y el 51,5% lo hacen en pobreza extrema, según las conclusiones de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, elaboradas a partir de las encuestas de varias prestigiosas universidades.. Una de las economías más miserables del planeta, según el ránking de Bloomberg. Y también la de mayor inflación y mayor recesión, tan pronunciadas que al 93% de los venezolanos no le alcanza su sueldo para comprar  la comida necesaria.

Para la cúpula bolivariana nada de lo  señalado está sucediendo: “Hay más dinero disponible, es una democratización del acceso al consumo. Ahora la gente puede consumir más“. El chavismo utiliza este argumento, para sorpresa y conmoción de muchos venezolanos: el diputado oficialista Mario Arias afirmó que el grave desabastecimiento generalizado que sufre el país se debe a que “hay más demanda. Es evidente. Si una persona está haciendo cola para comprar es porque tiene plata en el bolsillo. Mientras haya cola en los supermercados y en los abastos es porque la gente tiene dinero y, en consecuencia, hay un incremento de la demanda“.

Negando la situación el régimen bolivariano de Nicolás Maduro, lejos de cambiar la situación, la agrava. Mantiene los estrictos controles de precios, la nacionalización de empresas y sectores productivos, así como la intervención y el racionamiento de alimentos, cuya aplicación está empeorando aún más los problemas de escasez, hiperinflación y caída de la producción. El Gobierno chavista está utilizando el caos para implantar nuevas medidas de control social y económico, como el nuevo “Carnet patriótico”, una cartilla de racionamiento con la que aspira a identificar a la población que apoya o no al régimen, como han denunciado algunos miembros de la oposición. El control sobre los ciudadanos, obligados a comprar según su número de identificación es una versión moderna de la famosa libreta cubana. Según Dieterich, ideólogo de Chávez y una persona conocida por sus posiciones de izquierda, “Al obligar al ciudadano a presentar documentos de identidad, someterse a controles biométricos y conculcarle sus derechos civiles, están humillando a los ciudadanos. Muestran que su modelo económico es inviable y exhiben la cara policíaca del Estado“, sentencia Dieterich.

La imagen de niños, jóvenes o padres de familia hurgando en las bolsas de basura tiradas en las calles de Caracas es lo que mejor ilustra el legado económico de casi dos décadas de chavismo. A la continua vulneración de derechos y libertades en Venezuela que tantas veces he denunciado, se ha unido en los últimos tiempos el hambre. Un drama que afecta ya a miles de venezolanos mientras el Gobierno de Nicolás Maduro trata de quitar importancia, llegando incluso a bromear en público con la escasez de comida.

El caso de Venezuela no es el único en el que una nación, una tierra inmensamente rica gracias a sus recursos naturales, es habitada por una población pobre. Pero Venezuela antes no tenía esa pobreza, de hecho, recibía a muchos inmigrantes. Fuera de cualquier lógica, el régimen chavista ha llevado a Venezuela a esta situación extrema, en un país en el que había una amplia clase media. Esa escasez se ha cobrado la vida de decenas de niños en lo que va de año.

El gobierno de Maduro ha tratado por todos los medios de ocultar al exterior esta información, así como silenciar a la prensa.  Los ciudadanos, haciendo uso de las redes sociales, han estado apoyando a los periodistas venezolanos. La labor que realizan, además de respeto, merece ser proyectada dentro y fuera del país. El esfuerzo conjunto de los profesionales del periodismo y de los reporteros ciudadanos han conseguido que la crisis venezolana despierte la conciencia y la acción de los demócratas del planeta.

La historia juzga a los regímenes por sus hechos. En el ámbito político, el encarcelamiento con el que el chavismo castiga a sus opositores encarna la ausencia de libertades, así como la permanente vulneración de los derechos civiles de los venezolanos. Y en el terreno económico, la desnutrición de los niños y las fotografías que muestran la hambruna de la población hablan por sí solas. El chavismo está ya en fase terminal. Pero es intolerable que, en su huida hacia delante, el régimen siga castigando al pueblo venezolano. Está es la situación y el mundo debe saberlo.

Holanda, ese país fascista

Europa se juega mucho este año electoral. Un año cargado de citas electorales que pueden alterar el curso de la UE, en un momento clave para decidir su futuro. Las primeras elecciones serán en Holanda, el próximo miércoles día 15 de marzo. A dos días de estas elecciones, cualquier gesto que se pudiera interpretar por parte de la población como una cesión, tendría un grave coste electoral para el Primer Ministro Mark Rutte, del partido Liberal (VVD), el único candidato que puede mantener la disputa con el populista Geert Wilders. Los partidos holandeses han mostrado firmeza contra el empeño absurdo del gobierno turco de celebrar una serie de mítines en territorio holandés, mítines a los que ya, debido a problemas de seguridad entre partidarios y detractores del gobierno autoritario de Erdogán, el gobierno de los Países Bajos había denegado su autorización. El Gobierno holandés afirma que había pedido a Ankara que limitase sus planes a una reunión en el consulado turco y la respuesta fue amenazar con sanciones. Holanda, descartó cualquier entendimiento y advirtió que no permitiría ni siquiera el aterrizaje del avión oficial del ministro de Exteriores, Mevlüt Çavusoglu. El episodio terminó con la expulsión de la ministra de Familia y Asuntos Sociales, Fatma Betül Sayan Kaya.

Rutte ya ha demostrado en los pasados meses posiciones de firmeza e incluso hartazgo hacia sectores turcos que destacan por sus pretensiones insaciables. Para un creciente número de holandeses, los límites de la tolerancia han sido ya superados en varias ocasiones. Para Rutte ahora mismo hay más presión de sus electores sobre mantener una posición apaciguadora con Turquía que las amenazas y chantajes del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan quien ha auto invitado a la campaña electoral holandesa, para añadir leña al fuego al ya muy delicado debate sobre la identidad del país y la convivencia con los inmigrantes que se está produciendo en esta campaña.

Erdogán ha provocado un gravísimo incidente diplomático al acusar a los holandeses de nazis y fascistas. El primer ministro turco, Binali Yildirim también arremetió contra las autoridades holandesas por el veto a la entrada de los dos ministros turcos para hacer campaña a favor de Erdogan en el referéndum que se celebrará en Turquía en abril, para darle todavía más poder a Erdogan.  Yildrim ha asegurado que “se tomarán fuertes represalias contra Holanda, ya que este episodio esun gran escándalo diplomático.”  El ministro turco de asuntos exteriores, ha ido más allá, y ha calificado como ´totalmente fascismo´ la actuación de las autoridades holandesas, escribiendo en su cuenta de twitter que “El fascismo ha despertado en Holanda y se ha apoderado del escenario. Todos los verdaderos demócratas del mundo deben reaccionar a esto, intolerable en un mundo libre. El primer ministro holandés se ha convertido en portavoz de una mentalidad oscura y racista que llevó a la Segunda Guerra Mundial.” Siguiendo con la escalada, el ministro turco de Asuntos Europeos, Omer Celik, propone “reconsiderar” el acuerdo migratorio entre su país y la UE, por el que Turquía mantiene a los migrantes fuera de Europa.

Mientras tanto y aprovechando la coyuntura, Wilders ha intentado acentuar la tensión, manifestándose personalmente frente al consulado turco y pidiendo que se expulse ipso facto al embajador de Ankara por injerencia en la política interior de Holanda. “En estas elecciones el debate está centrado en la integración y en la identidad nacional del país. Lo que queremos es que los holandeses de origen turco participen en las elecciones en clave holandesa, no pensando en la política turca”. Al populista holandés, esta crisis con un Gobierno islamista, del que siempre reniega, le ha venido como un anillo al dedo para recuperar su protagonismo público, reducido por su negativa a participar en debates y entrevistas durante la campaña electoral. Esta crisis según Wilders, ha confirmado al electorado las teorías anti-islamistas y anti-migratorias. El hecho de que miles de holandeses de origen turco se hayan manifestado en Rotterdam en defensa del presidente de Turquía en lugar de hacerlo a favor de la soberanía de Holanda, le ha dado la razón al ultraderechista, para quien los 400.000 turcos-holandeses no pertenecen a la sociedad neerlandesa.

 El premier Mark Rutte aseguró que, si Ankara insiste en escalar la tensión, Holanda responderá con las medidas adecuadas: “No vamos a ceder a los chantajes. Anoche hablé ocho veces por teléfono con mi homólogo turco para buscar una solución dialogada. Fue imposible”, lamentó Rutte. Holanda, invadido por la Alemania del III Reich, es un país extremadamente sensible a la cuestión del Holocausto y recuerda con especial dolor aquella etapa de sufrimiento de su historia. Este episodio no se va a dejar pasar así como así.

La mayoría de los homólogos europeos de Mark Rutte, han decidido también mostrar firmeza contra el actual gobierno turco. Dinamarca se unió al frente de solidaridad con Holanda ante las provocaciones de Erdogan y anunció la suspensión del viaje a Copenhague del primer ministro turco. Según el jefe de gobierno danés, Lars Rasmussen, aunque Dinamarca quiere cooperar con Turquía, esto no es posible en estos momentos por su actitud y sus ataques a Holanda. Austria y Suiza habían adoptado posturas muy similares a la de Holanda en relación con los mítines oficialistas turcos.

Merkel ha tenido una postura mucho más apaciguadora. Tanto, que ha recibido serias críticas, por más que según sondeos encargados por medios cercanos, la mayoría de los alemanes prefiere evitar la colisión frontal con Erdogán. En Alemania son muchos los políticos que exigen también a la canciller mayor contundencia hacia Erdogán. Y aunque no hubo reacción al respecto, parece que en diversos sectores holandeses se vio con desagrado que Francia permitiera al ministro de Exteriores turco dar un mitin en la ciudad de Metz y tener una nueva tribuna para arremeter con sus insultos hacia Holanda. Llamar a los holandeses “Nazis Fascistas” tampoco ayuda a Turquía en sus aspiraciones a lograr que la Unión Europea le conceda la exención de visados para sus ciudadanos.

Mientras tanto, tanto Wilders en Holanda, como Erdogan en Turquía, están intentando sacar rédito electoral de esta crisis. A Wilders no le ha beneficiado mucho la postura del premier Rutte. A Erdogan si le sirve acentuar ese sentimiento nacionalista que los turcos llevan todos a flor de piel para conseguir su deseo de convertirse en presidente omnipotente de Turquía. Pero después de esto es inevitable que lo que ocurre Turquía, el continuo auto-golpe autoritario que siguió a la intentona militar, acabe pesando también en la temperatura electoral en este país.

Los Países Bajos han sido desde hace siglos un ejemplo de libertad y derechos civiles dentro de Europa y para el mundo, mientras que Turquía de la mano de Recep Tayyip Erdogan se está paulatinamente convirtiendo en una tiranía islamista, y particularmente desde el auto golpe donde se ha aprovechado por parte del régimen para realizar una depuración sin precedentes en las instituciones civiles, académicas, policiales, los medios de comunicación, en la administración del estado, acusando a miles de personas de golpistas sin aportar ni una sola prueba. Erdogán está acostumbrado a hacer su voluntad en su país, pero eso no le da derecho a realizar sus deseos en el resto del mundo. Que el gobierno de Erdogan acuse a Holanda, a Europa, de fascista, de nazi, no provoca más que bochorno, indignación, vergüenza ajena y sonrojo.

La capitalización del descontento

Pocos términos se han repetido más en los últimos meses en Europa y al otro lado del Atlántico. ‘Populismo’ se ha convertido en uno de los términos más utilizados por la clase política. Aunque no hay una definición exacta, la mayoría de la literatura académica coincide en señalar una serie de características: no es patrimonio de la izquierda ni de la derecha, ofrece soluciones simples a problemas complejos, requiere líderes carismáticos, crea una división entre ‘el pueblo’ y la clase política, y crece en terrenos abonados por el hastío con el ‘establishment’. Precisamente, es la capitalización política de ese descontento la que permite a los movimientos populistas obtener réditos electorales que les abren las puertas de las instituciones, en aquellos periodos cuando coexisten un sistema democrático y un amplio descontento en la sociedad durante un tiempo relativamente largo.

Los postulados de diversa índole, neo marxistas, intervencionistas, o sencillamente populistas, se han extendido en los últimos años. Este es un factor muy preocupante, porque ha fraguado la idea en un amplio porcentaje de la población mundial de que el capitalismo y la globalización han sido un grave error. Además del desencanto son los detonantes en ese auge ideológico el declive económico de las clases medias, la xenofobia, la revolución tecnológica y la crisis del Estado del bienestar. El crecimiento que está experimentando a nivel mundial es una señal de que el sistema está fallando. Los determinantes que explican el apoyo a las formaciones populistas en Europa tienen que ver con la tensión que se ha generado en las sociedades por los flujos migratorios y con la crisis económica que muchos países han sufrido en los últimos años. El descontento y la ineficacia e ineficiencia de los actores tradicionales a la hora de proponer e introducir soluciones a la crisis de 2008 abrió la ventana de oportunidad para el crecimiento de estos nuevos estilos de liderazgo.

¿Es realmente el populismo la solución a las crisis de las democracias occidentales? Existen ciertas realidades que son inherentes al populismo: surge en sistemas democráticos, responde a los intereses de una minoría política, construye partidos, es un fenómeno global y encuentra acomodo tanto a la derecha como a la izquierda.  En realidad, la estrategia retórica es un recurso al que se suma hoy casi todo partido político, cualquiera que sea el espectro en el que se mueva como estrategia discursiva encaminada a convencer y obtener un rédito electoral. Es una nueva forma de demagogia, y no sólo de los partidos populistas. Otra cuestión es la creación de un régimen populista, pasando de las palabras a los hechos y que supone una tragedia para la sociedad: un sistema populista propiamente dicho, a medio camino entre una democracia y un sistema político autoritario.

Otra de las características que vertebran el populismo es la dicotomía entre el pueblo y los que no son el puebloCas Mudde, politólogo holandés, docente universitario y uno de los mayores expertos en la materia, afirma que “el populismo es una ‘ideología’ que divide a la sociedad en dos grupos antagónicos: por un lado, ‘la gente pura’ y, por otro, ‘las élites corruptas”. Parece oportuno plantear la siguiente pregunta¿Quién es la gente, el pueblo? El populismo es intolerante porque decide quién es el pueblo y quién no: Por ejemplo, para el Frente Nacional en Francia el pueblo son los franceses nacidos en Francia.

Otra característica del populismo es el proteccionismo económico que suele tener graves consecuencias e implica profundos riesgos geopolíticos. Lo más preocupante es la deriva nacionalista y proteccionista que subyace a nivel económico del discurso político mayoritario, empezando por los EEUU, debido a las medidas tomadas por el nuevo presidente Trump. De momento el mercado solo se ha quedado con las medidas positivas en el corto plazo: menores impuestos, menor regulación y un enorme estímulo fiscal. El proteccionismo económico no tiene ganadores, solo perdedores, menor crecimiento económico y mayor inflación son algunas de sus letales consecuencias a medio plazo.

Cuando el pasado mes de junio Reino Unido votó a favor del “Brexit” aunque con una exigua diferencia de votos, algo se tambaleó en el Viejo Continente. Pese a que la gran mayoría de encuestas apuntaban a una victoria de la permanencia, al final el 52% de los electores optó por abandonar el club comunitario. El proyecto común pareció empezar a romperse.  El fallido referéndum de Matteo Renzi en Italia o la escalada en las encuestas de estos partidos populistas en Francia, Holanda, Austria y España, son, para muchos, los primeros efectos de ese sentimiento nacionalista y ‘anti-establishment’ que comienza a asentarse a lo largo de todos los países occidentales.

Pese a todo, hay quien sostiene que la emergencia de estas opciones políticas puede resultar beneficiosa. Para Mudde, un punto a favor de los populismos es “que pueden servir de acicate para incluir en la agenda política asuntos que interesan al electorado pero que muchas veces se esquivan por su carácter controvertido tales como la inmigración o la austeridad”. De acuerdo a lo expuesto por Mudde en sus investigaciones: “El populismo puede permitir la participación de gente que antes estaba excluida y no tenía voz”, señala citando el ejemplo de los indígenas en Latinoamérica. “También puede servir para la re-moralización de la vida pública. Hasta hace unos años nadie decía nada cuando había imputados en las listas electorales. Ahora eso ha cambiado“.

El populismo tiene una antigua tradición que se presenta en la sociedad de forma cíclica, aunque nunca alcanzó la magnitud actual. Una de las dificultades mayores para combatirlo es que apela a los instintos más exacerbados de los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, la ignorancia, como ha apuntado el nobel de literatura hispano-peruano Mario Vargas-Llosa. Al despertar de bruces a la realidad, se verá el fracaso de unas políticas irresponsables que no habrán solucionado ninguno de los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron al hechizo populista.

¿Es Venezuela un narco estado?

 

 

En la actualidad Venezuela vive una crisis terminal; de gobierno, de régimen y de Estado al mismo tiempo. “Crisis orgánica”, que se diría en el lenguaje neo-marxista. Es decir, que afecta las instituciones que sostienen el orden político y legal. No necesariamente la sociedad está en permanente movilización, como ocurrió en 2014 y en 2016 pero la crisis es igualmente indetenible. Se esparce desde las propias entrañas del poder. Por ello evoca la implosión de los países socialistas de fines de los ochenta en la Europa de este, si bien en un grado de descomposición diferente y peor, con una nomenclatura más corrupta y criminal que aquella.

Antes del gobierno de Chávez, las instituciones venezolanas se regían bajo reglas democráticas y de separación de poderes. Pero el régimen de libertades y democracia del que disfrutaron los venezolanos durante más de 50 años quedó para la historia después que el comandante Hugo Chávez asumiera el poder en 1999. Durante sus primeros 16 años reinó la hegemonía chavista en la Asamblea Nacional hasta que perdió en las legislativas de diciembre de 2015. El voto popular castigó a Maduro por llevar a la más profunda crisis económica de desabastecimiento de alimentos y medicinas que el país haya conocido. El aumento de la pobreza y la miseria, la violencia y la criminalidad, son los signos más visibles de su fracasado modelo socialista Siglo XXI. El año 2016 fue un año terrible y de oscuridad para Venezuela que cerró con una contracción económica de 18% y una inflación de 800%, según cifras extraoficiales del Banco Central divulgadas por la agencia Reuters. Pero para el parlamento venezolano, con una mayoría actual opositora al régimen, fue un año de luz, de esperanza y combatividad para recuperar la democracia.

La situación se halla completamente fuera de control, debido a la irresponsabilidad del gobierno chavista, el hundimiento de los ingresos petroleros y la oposición de la oligarquía bolivariana a recortar el gasto estatal han terminado disparando el déficit público del país hasta niveles cercanos al 25% del PIB.

Pero los problemas nunca vienen sólos. La acusación de narcotráfico que hizo el Departamento del Tesoro de Estados Unidos contra al vicepresidente venezolano, Tareck El Aissami, junto a su testaferro Samark López, puede ser contagiosa. La inclusión de El Aissami en esa lista de la ignominia se suma a una decena de personas vinculadas al poder en Venezuela, todo lo cual apoya la acusación de que se trata de un narco-estado. El diario ‘The Wall Street Journal’ ya había citado en mayo de 2015 fuentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que acusaban a El Aissami de recibir sobornos para facilitar el tráfico de drogas.

Por si fuera poco, un documento de la Fiscalía del distrito sur de Nueva York revela que los condenados Efraín Campo Flores y Franqui Francisco Flores De Freitas, los narco-sobrinos de la pareja presidencial venezolana, negociaban la liberación de Hermágoras González, uno de los jefes del cartel de La Guajira. Ese nombre aparece también relacionado a El Aissami, según el Tesoro norteamericano.

Al Gobierno de Maduro en Venezuela le gustaría que el mundo dejase de opinar sobre el escándalo de narcotráfico que azota de forma directa al vicepresidente del país, después de que EE.UU. les haya impuesto sanciones por su vínculo con el narcotráfico. Maduro habría deseado que en Washington no se conociera ni el lugar de Venezuela en el globo terráqueo. Comenzó con el reportaje de investigación de CNN sobre tráfico de pasaportes y visas, según el cual una red criminal con base en la embajada de Venezuela en Bagdad vendía documentos de identidad. Los mismos que llegaron a manos de narcotraficantes y terroristas.

Ello coincidió con la visita a Washington de Mitzy Ledezma y Lilian Tintori, las esposas de los presos políticos y opositores al régimen chavista Antonio Ledezma y Leopoldo López, respectivamente, para mantener reuniones en la Cámara de Representantes, el Senado y la Casa Blanca. Por twitter, como es su costumbre, Trump exigió al gobierno de Venezuela la liberación de los presos políticos. Acorralado por los acontecimientos, Maduro respondió censurando a CNN en toda Venezuela, para posteriormente expulsarles de Venezuela por un reportaje que involucró a El Aissami con la emisión de pasaportes falsos para terroristas islámicos.

Maduro con su habitual torpeza, también censuró a TV Azteca. Toda una invitación a Peña Nieto para endurecer su posición frente a Venezuela. Maduro le está haciendo un favor al presidente mexicano: le pasa en bandeja a Peña Nieto una causa común y conjunta con Trump. Si la usan bien, podría servirles a ambos para encontrar el espacio para una relación de más cooperación, en vez de la actual.

Pero Maduro no quiere enemistarse con Trump: sostiene que a Donald Trump el Departamento del Tesoro y la cadena CNN le quieren “imponer” una agenda contra Venezuela, que le están predisponiendo en contra. Mientras el presidente republicano “ha manifestado su preocupación por Venezuela” al hablar con presidentes de Perú, Colombia y Argentina, y el miércoles exigió desde el despacho oval la libertad del opositor Leopoldo López, mientras estaba acompañado por la esposa de este, Lilian Tintori.

A pesar de esto, Maduro no quiere disgustar al nuevo presidente norteamericano y lo trata con guante blanco ya que lo considera de los suyos, pues ambos odian a la prensa que los critica.

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¿Fraude electoral en Ecuador?

 

 

Tras diez años de Rafael Correa como presidente del Ecuador será difícil volver a ejercer el poder como él, de una manera que bien podría definirse como omnipresente. En la década de 2007-2017, el actual mandatario se involucró en casi todo asunto que generara interés en el país, fuera político, social, económico, religioso o deportivo, personalmente o a través de Twitter, su red social preferida. Correo creó un movimiento muy personalista en lugar de generar un partido socialista de contenido ideológico y su política ha sido de desmantelamiento social, combatiendo el sindicalismo negándoles la representatividad social, atomizado al movimiento indígena y ha atropellado a muchos colectivos, como el sanitario y las fuerzas armadas.

Para sus críticos, los representantes de la vieja política, banqueros de la “larga noche neoliberal”, periodistas “sicarios de la tinta“, como el Propio Correa los denomina, o aquellos que se fueron desencantando en el camino, su omnipresencia se volvió omnipotencia. Tanto poder acumulado ha hecho que los ecuatorianos, de la costa o de la sierra, de Quito o Guayaquil, llegasen al 19 de febrero vestidos casi exclusivamente con dos camisetas: correístas y anticorreístas.

Ni el candidato correista Lenin Moreno, ni su gran rival Guillermo Lasso han obtenido de momento los votos necesarios para proclamarse presidente sin recurrir al ballotage. En un recuento que sigue manteniendo la emoción de los ecuatorianos, el candidato oficialista Moreno no ha conseguido superar la barrera del 40% de sufragios necesarios para ganar en primera vuelta. De momento se queda a las puertas del Palacio de gobierno con un 39,11% de apoyo. Lasso, líder de CREO-SUMA con un 28,31% de votos, sigue esperando conseguir su objetivo, llegar a la segunda vuelta el 2 de abril.

Desde hace diez años, los ecuatorianos se habían acostumbrado a vivir las elecciones sin grandes incertidumbres. El nombre de la persona que se sentaría en el sillón presidencial era una apuesta segura. Pero tras una década con Rafael Correa, la duda no era sólo quién será el próximo presidente sino cómo se resolverá la crisis económica que vive el país.

Los ecuatorianos tenían que decidir de nuevo entre el cambio o cuatro años más de Revolución Ciudadana con el candidato de Alianza PAIS (AP), Lenin Moreno, al frente.

Guillermo Lasso de ‘Alianza PAIS’ es el candidato opositor por excelencia desde las elecciones de 2013, que perdió contra Rafael Correa en primera vuelta. Asegura que su presidencia es el cambio que Ecuador necesita para acabar con el proyecto híper-presidencialista de Correa, perteneciente a la Alianza ALBA, fundada por Hugo Chávez y denominado “Socialismo del siglo XXI”. Es un hombre hecho a sí mismo. A los 15 años tuvo su primer trabajo para contribuir a la economía familiar. Ahí comenzó su carrera en el sector bancario. Sin haber cursado estudios universitarios, fue presidente ejecutivo del Banco de Guayaquil, del cual es aún uno de sus principales accionistas.

Lenin Moreno, candidato oficialista de ‘Alianza PAIS’ representa la continuidad del legado de Correa, aunque asegura que lo hará con su propio estilo. Moreno rehúye la confrontación y apuesta por el diálogo para hacer política de una forma más digna. Maestro e hijo de maestros, dejó las aulas para crear su empresa de promoción turística. En 1998, un atraco cambió su vida. Un disparo a la salida de una panadería le dejó sin movilidad en las piernas. Desde su silla de ruedas, decidió convertirse en Coach profesional usando el humor como herramienta, una visión que desarrolló en ocho libros.

Su salto a la vida pública fue como vicepresidente de Correa entre 2007 y 2013. La visibilidad de las discapacidades y sus políticas sociales en Ecuador le llevaron a la ONU a Suiza cuando fue nombrado Enviado Especial del Secretario General en Discapacidad y Accesibilidad.

Moreno, el candidato oficialista designado por Correa, llegó a las elecciones como el mejor posicionado, aunque parece que todo el misterio de las elecciones no gira alrededor de quién será el ganador sino de si habrá o no segunda vuelta. Algunos vaticinan que Correa seguirá gobernando en las sombras si gana su candidato y otros que especulan que volverá con más fuerza en algunos años si este domingo gana la oposición. No falta quien teme que en su ausencia se esfumen logros sociales alcanzados en su presidencia y, quienes sólo le desean un triste y solitario final. Pero nadie después de sus 10 años de presidencia ha quedado indiferente a la suerte de Rafael Correa, ése es el gran legado de su omnipresencia.

Ecuador aún no tiene presidente, pero ya tiene su Asamblea Nacional. Y en ella la amplia mayoría de que gozaba el partido de Correa ha quedado drásticamente reducida en las elecciones de este domingo. Alianza PAIS (AP), que contaba con 100 de los 137 puestos de la cámara, ha bajado a unos 67 diputados, frente a los 64 de la oposición, de acuerdo con el recuento realizado por la plataforma ‘Participación Ciudadana’. La distorsión de las circunscripciones explicaría que AP tenga la mitad de los diputados, cuando en el voto para presidente el oficialista Lenin Moreno logró provisionalmente un 39,1 por ciento, frente al 51,4 por ciento que sumaron los tres principales candidatos de la oposición.

La lentitud con que el Consejo Nacional Electoral, controlado por el correísmo, ofreció el resultado se interpretó como un intento de esperar a que Moreno sumara el 40 por ciento requerido para evitar una segunda vuelta. Pierda o no la presidencia, AP ya no dispondrá de la amplia mayoría de la que gozó desde 2009 y que le permitió a Rafael Correa el efectivo control del poder judicial, y del electoral, así como el desmantelamiento de los medios de comunicación independientes, de acuerdo con el modelo bolivariano del llamado Socialismo del Siglo XXI. El ‘Socialismo del siglo XXI’ ya perdió a dos de sus aliados con el cambio de gobierno que hubo en Argentina y la inhabilitación de Dilma Rousseff en Brasil. Puede que pierda a un tercero.

En cualquier caso, el pueblo ecuatoriano está en la calle defendiendo su voto. La última hora sobre Ecuador es que les retiran las credenciales a los voluntarios de los partidos opositores para que no sean testigos del final del recuento de votos. Algo empieza a oler mal.